Estofa, curiosidades y opiniones

Un judaizante ante el cadalso de la inquisición de Logroño en 1719

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Un relato verídico, tan periodístico como notarial a mi juicio, de la ejecución de un
reo de la inquisición.  

FE DE LA EJECUCIÓN DEL CASTIGO Y DE LO QVE PASÓ EN ÉL,

Judío en la hogueraLuego incontinenti el dicho alguacil mayor, en cumplimiento de la comisión que por dicha sentencia se le da para la ejecución del castigo de dicho Lorenzo González, mandó a el ejecutor de la justicia le pusiese en el asno de albarda que tenía prevenido, y asegurase en él el dicho reo en la forma acostumbrada; lo cual ejecutó al pie del tablado, donde se hallaban muchos religiosos de los más de esta Ciudad, que estaban prevenidos para predicar a el dicho reo; quienes inmediatamente empezaron con gran fervor a predicarle y exhortarle, previniéndole el castigo tan grande que había de ejecutarse en él si no se convertía y confesaba la ley de Jesucristo que era la verdadera; y que en la que seguía, si se mantenía obstinado, se condenaría a los infiernos por toda la eternidad de Dios, y que confiando en su gran misericordia tenía tiempo para convertirse confesando a Jesucristo y a su santísima ley; y a tan soberanas palabras, llenas de fervoroso ardiente celo de la mayor honra y alabanza a Dios, se mantuvo duro y pertinaz, sin hacerle fuerza cuantos argumentos se le hacían en que se hallaba convencido.
Y viendo el poco fruto que se sacaba de su conversión, el dicho alguacil mayor dio orden al pregonero para que en altas i.e. inteligibles voces publicase el delito y obstinación de dicho reo, y al ejecutor de la justicia mandó le llevase por las calles públicas y acostumbradas al sitio señalado donde estaba el tablado para la ejecución del castigo; y hasta él fueron los dichos religiosos predicándole y exhortándole para que se convirtiese a nuestra santa fe católica; y habiendo subido al tablado, en él le exhortaron con gran fervor previniéndole el riesgo de su salvación si no se convertía de todo corazón a la fe de Jesucristo; y siempre se mantuvo el dicho reo obstinado y pertinaz.
Y al punto pasó el ejecutor de la justicia a poner al dicho reo en el banquillo que estaba en el palo para la ejecución del castigo, y a ligarle el cuerpo y manos; a cuyo tiempo llegó el Doctor Don Manuel de Samaniego, canónigo magistral en la Santa Iglesia de La Calzada; y le dijo: Lorenzo, vengo de cumplir la palabra que te di de asistirte en este último trance; y le puso a la vista un devoto Crucifijo, diciéndole:
- este Señor me han dado en el tribunal de la Inquisición donde habló a una judía pertinaz dos veces, y se convirtió a su santísima fe; y yo espero en su divina majestad que tú también te has de convertir a ella,
Y al mismo tiempo el dicho Doctor Don Manuel de Samaniego y los demás religiosos, reconociendo no le hacía fuerza milagro tan soberano, y que se iba acercando la ejecución del castigo y que estaba próxima la condenación eterna del dicho reo, con mayor esfuerzo y persuasiones cristianas le predicaron y exhortaron se convirtiese a la fe de Jesucristo; y despreciándolo todo se mantuvo obstinado y pertinaz. Y viendo el poco fruto que sacaba i e su conversión, yo el infrascrito escribano, que estaba presente a todo en el dicho tablado, ordené al ejecutor subiese una rama de ulagas encendida, y se la pasase por la cara para prevenirle el rigor del fuego y lo que había de padecer si no se convertía, lo cual ejecutó inmediatamente; y todos los religiosos en altas voces y con fervoroso espíritu, abrasados del amor de Dios y conversión de aquella alma, le predicaron con gran desengaño, previniéndole el fuego más voraz y sin consuelo de la eternidad de Dios; y a dicha experiencia no se quejó, sin embargo de haberle lastimado toda la cara.
Quema por la inquisiciónY viéndolo en aquella forma, apretaron con mayor ansia y celo al dicho reo para que se convirtiese; y estando en serenidad pacífica, dijo: yo me convertiré a la fe de Jesucristo, palabras que hasta entonces no se le había oído pronunciar; lo que alegró sumamente a todos los religiosos; y empezaron a abrazarle con amorosos tiernos afectos, y dieron infinitas gracias a Dios por haberles abierto puerta para su conversión. Y le previnieron era preciso pasara a confesar de todo corazón los misterios de nuestra santa fe católica, a que respondió que si: que él los quería confesar.
Con lo cual los dichos religiosos pasaron a la práctica de los misterios de nuestra santa fe, los cuales confesó por su boca con palabras claras y expresas. Y estando haciendo esta confesión, un religioso graduado de la Orden del seráfico Padre (San Francisco) le dijo: en qué ley mueres? Y respondió volviendo la cara y fijando en él los ojos: Padre, ya he dicho que muero en la fe de Jesucristo; lo que causó a todos gran gozo y alegría; y se levantó el dicho religioso, que estaba de rodillas, y abrazó al dicho reo; y todos los demás ejecutaron lo mismo con sumo gozo, dando gracias a la infinita bondad de Dios.
Y luego, los dichos religiosos le confortaron y ofrecieron el premio eterno de la gloria si su conversión era de corazón; y que para conseguirla era necesario confesar sus pecados, y que para ello les tenía a todos para que eligiese el que fuese de su voluntad. Y respondió que quería confesarse con el Padre portugués, religioso dominico; quien inmediatamente pasó a ejecutarle » habiendo quedado despejado el tablado; y después de haberle absuelto en voces claras e inteligibles que se percibieron de la parte de abajo, subiendo todos los dichos religiosos a consolarle y confortarle en la fe de Jesucristo, en que se mantuvieron con gran fervor un rato, previniéndole era preciso pidiese perdón a todo aquel concurso cristiano (que allí estaba) del escándalo que les había dado negando la fe de Jesucristo; a que contestó que en su nombre se le pidiese. Y en altas, claras e inteligibles voces el Padre Urquijo, de la Compañía de Jesús, dijo:
- este hombre convertido a la fe de Jesucristo me ha dicho que en su nombre pida perdón a todo este numeroso concurso del escándalo que les ha dado en no haber confesado la fe de Jesucristo.
Y habiendo precedido esta ceremonia cristiana, volvió el religioso que le había confesado a reconciliarle y absolverle nuevamente. Y estando todos los religiosos juntos le alegraron y consolaron, ratificándose que moría en la fe de Jesucristo. A cuyo tiempo vio el dicho reo al ejecutor de la justicia, que sacó la cabeza por detrás del palo, y le preguntó: porqué me dijiste antes perro} Y le respondió el ejecutor: porque negabas la fe de Jesucristo; pero ahora que la has confesado, todos somos hermanos; y si en esto te he ofendido, puesto de rodillas te pido perdón. Y con rostro alegre lo perdonó, y se abrazaron los dos; y le pidió el reo le diese buena muerte, y le ofreció hacerlo; con lo cual los dichos religiosos pasaron a predicarle y confortarle.
Y a este tiempo, entre diferentes religiosos del Padre que le había confesado hubo una conferencia, que no convenía detener mucho al reo porque padecía muchas sugestiones; y hallándome yo, el escribano, inmediato a los dichos religiosos, pude entender toda la dicha conferencia que había sido en la conversación que tuvo el dicho Padre portugués con el reo después de haberle reconciliado; y reconociendo que los dichos religiosos no podían por razón de su estado adelantar el castigo ni tampoco embarazarlo, y deseoso de que no se malograse aquella alma que había dado tantas señales de su conversión, disimuladamente di vuelta detrás del palo donde estaba el ejecutor, y le di orden para que luego inmediatamente le pusiese la argolla y diese garrote, porque importaba mucho no perder tiempo; lo cual con gran presteza lo dispuso.
Y teniéndolo en forma de dar vueltas al tornillo, le cubrió el rostro con un lienzo blanco, y pasó a darle garrote; y al mismo tiempo todos los religiosos a confortarle, predicarle y confiarle en la misericordia de Dios. Y habiendo reconocido estaba muerto, se dio orden al dicho ejecutor para que por las cuatro partes del brasero prendiese fuego a toda la leña y carbón que había en él prevenido; e inmediatamente lo ejecutó así, empezando a arder por todas partes y a subir la velocidad de la llama por todo el tablado, y a arder las tablas y vestidos; y habiéndose quemado las ligaduras con que estaba atado cayó por el escotillón, que estaba abierto, al brasero, donde se quemó todo el cuerpo y se convirtió en cenizas.
Y se reconoció diferentes veces el dicho brasero, y no se hallaron en él señales ningunas de su cuerpo; con lo cual, el dicho ejecutor esparció las cenizas al aire; y se fue, dejando concluida la ejecución del dicho castigo; y en la misma forma todos los ministros reales que asistieron a él. Todo lo cual fue y pasó con asistencia de mí, el infrascrito escribano; y de todo ello doy fe, siendo testigos Diego del Cerro, Domingo Mayor y Modesto Lumbreras, alguaciles de esta ciudad, y muchas personas que se hallaban presentes. Ante mí, Francisco Pérez de Baños.»

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