Bola de Sebo

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Bola de Sebo

Bola de Sebo, de Guy de Maupassant Boule de Suif, par Guy de Maupassant

Durante varios días los restos del ejérci­to derrotado habían cruzado la ciudad. No era tropa: eran hordas desbandadas. Los hombres tenían la barba larga y sucia, uniformes en harapos, y avanzaban con paso blando, sin bandera, sin regimiento. Todos parecían abrumados, exte­nuados, incapaces de un pensamiento o de una resolución. Caminaban únicamente por costumbre y caían de fatiga en cuanto se detenían. Sobre todo, los movilizados, gente pacífica, rentistas tranqui­los, se doblaban bajo el peso del fusil; pequeños voluntarios alertas, fáciles para el espanto y rápidos para el entusiasmo, prontos al ataque como a la huida. Luego, en medio de ellos, algunos pantalo­nes rojos, despojos de una división diezmada en una gran batalla, artilleros sombríos alineados con esos infantes diversos; y a veces, el casco brillante de un dragón de pie lerdo que seguía con dificultad la marcha más liviana de los infantes.

Legiones de francotiradores con apodos heroi­cos: "los Vengadores de la Derrota", "los Ciudada­nos de la Tumba", "los Compartidores de la muer­te", pasaban a su vez con aspecto de bandidos.

Sus jefes, antiguos comerciantes en telas o en granos, ex vendedores de sebo o de jabón, guerreros de circunstancias, ascendidos a oficiales por su peso o por el tamaño de sus bigotes, cubiertos de armas, de franela y de galones, hablaban con voz retumbante, discutían planes de campaña, y pretendían sostener, solos, la Francia agonizante sobre sus hombros de fanfarrones, pero temían a veces a sus propios solda­dos, gente de horca y cuchillo, temerarios hasta la exageración, saqueadores y libertinos.

Los prusianos iban a entrar en Rouen, se decía.

La guardia nacional, que desde hacía dos meses efectuaba reconocimientos muy prudentes en los bosques vecinos, fusilando a veces a sus propios centinelas, y preparándose al combate cuando un conejito se movía entre las malezas, ya había regre­sado a sus hogares. Sus armas, sus uniformes, todo el equipo mortífero con el cual aterrorizaban otrora a tres leguas a la redonda los límites de las rutas nacionales, había desaparecido súbitamente.

Los últimos soldados franceses acababan, en fin, de cruzar el Sena para llegar a Pont-Audemer por Saint-Sever y Bourg-Achard; y caminando a la zaga, el general desesperado, que no podía intentar nada con esos pingajos informes, desesperado él también ante la gran catástrofe de un pueblo acos­tumbrado a vencer y desastrosamente vencido a pesar de su valor legendario, se iba a pie entre dos oficiales de orden.

Luego, una paz profunda, una espera aterrada y silenciosa había caído sobre la ciudad. Muchos bur­gueses barrigones, embotados por el comercio, es­peraban ansiosamente a los vencedores, temblando de que sus asadores o sus grandes cuchillos de cocina fueran considerados como armas.

La vida parecía detenida; las tiendas estaban cerradas; la calle silenciosa. A veces un habitante, intimidado por ese silencio, se deslizaba rápidamen­te a lo largo de las paredes.

La angustia de la espera hacía desear la llegada del enemigo.

En la tarde del día que siguió a la partida de las tropas francesas, algunos ulanos salidos no se sabe de dónde atravesaron rápidamente la ciudad. Luego, un poco más tarde, una masa negra bajó de la barranca Santa Catalina, mientras otros dos ríos invasores aparecían por las rutas de Darnetal y de Boisguillaume. Justo en el mismo momento las avanzadas de tres cuerpos se unieron en la plaza de la Municipalidad, y por todas las calles cercanas llega­ba el ejército alemán, desparramando sus batallo­nes, que hacían sonar el empedrado bajo su paso rítmico y duro.

Ordenes gritadas por una voz desconocida y gutural subían a lo largo de las casas, que parecían muertas y desiertas, mientras, tras los postigos ce­rrados, los ojos espiaban a esos hombres victoriosos, dueños de la ciudad, de las fortunas y de las vidas por el "derecho de guerra". Los habitantes, en sus cuar­tos ensombrecidos, sentían el enloquecimiento que dan los cataclismos, los grandes trastornos mortífe­ros de la tierra, contra los cuales resultan inútiles toda fuerza y toda sabiduría. Pues la misma sensa­ción vuelve a aparecer cada vez que el orden estable­cido de las cosas es subvertido, que todo lo que protegían las leyes de los hombres o de la naturaleza se encuentra a la merced de una brutalidad incons­ciente y feroz. El temblor de tierra que aplasta a un pueblo entero bajo las casas derrumbadas; el río desbordado que mezcla a los campesinos ahogados con los cadáveres de bueyes y las vigas arrancadas a los techos, o el ejército victorioso que asesina a los que se defienden, lleva prisioneros a los otros, sa­quea en nombre de la espada y da gracias a Dios al son del cañón, son otras tantas plagas espantosas que desconciertan toda creencia en la justicia eterna, toda la confianza que nos ha sido enseñada en la protección del cielo y en la razón de los hombres.

Pero a cada puerta golpeaban pequeños desta­camentos y luego desaparecían en las casas. Era la ocupación después de la invasión. Empezaba para los vencidos el deber de mostrarse amables con los vencedores.

Luego de algún tiempo, una vez desaparecido el primer terror, una nueva paz se estableció. En muchas familias el oficial prusiano comía a la mesa. A veces era bien educado y por cortesía compadecía a Francia; decía su repugnancia en tomar parte en esa guerra. Le quedaban agradecidos por ese sentimien­to; además, un día u otro podían necesitar su protec­ción. Quizás halagándolo podrían alimentar a algu­nos hombres menos. ;Y por qué herir a alguien de quien se depende completamente? Obrar así no sería coraje, sino temeridad. Y la temeridad ya no es un defecto de los burgueses de Rouen, como en los tiempos de las defensas heroicas, cuando se hizo ilustre la ciudad. Se decía, por fin, razón suprema, sacada de la urbanidad francesa, que era permitido ser cortés en el interior, con tal de no mostrar familiaridades en público con el soldado extranjero. Afuera ya no se conocían, pero en la casa se conversa­ba con gusto, y el alemán permanecía mucho tiem­po, cada noche, calentándose en el hogar común.

La ciudad poco a poco recobraba su aspecto habitual. Los franceses todavía no salían, pero los soldados prusianos hormigueaban en las calles. Por otra parte, los oficiales de los húsares azules, que arrastraban con arrogancia sus grandes instrumentos mortíferos sobre el empedrado, no parecían tener mucho más desprecio por los simples ciudadanos que los oficiales de cazadores que el año anterior bebían en los mismos cafés. No obstante, había algo en el aire, algo sutil y desconocido, una intolerable atmósfera extraña, como un olor desparramado, el olor de la invasión. Llenaba las viviendas y las plazas públicas, cambiaba el gusto de los alimentos, daba la impresión de estar de viaje, muy lejos, entre tribus bárbaras y peligrosas.

Los vencedores exigían dinero; bastante dinero y los habitantes pagaban siempre. Por lo demás eran ricos. Pero cuanto más opulento es un comerciante normando, más sufre por cualquier sacrificio, por cualquier partícula de su fortuna que ve pasar a manos de otros.

Sin embargo, a dos o tres leguas de la ciudad, siguiendo el curso del arroyo hacia Croisset, Diep­pedalle o Biessart, los marineros y los pescadores sacaban a menudo del fondo del agua el cadáver de algún alemán, hinchado en su uniforme, muerto de una puñalada o de un golpe, la cabeza aplastada por una piedra o arrojado al agua de un empujón desde lo alto de un puente. El fango del río amortajaba estas oscuras venganzas, salvajes y legítimas, heroís­mos desconocidos, ataques mudos, más peligrosos que las batallas en pleno día y sin la resonancia de la gloria.

Pues el odio por el extranjero arma siempre a algunos intrépidos dispuestos a morir por una idea.      

En fin, como los invasores, aunque avasallaban la ciudad con su inflexible disciplina, no habían cometido ninguno de los horrores que la fama les hacía cometer a lo largo de su marcha triunfal, la gente empezó a animarse, y la necesidad del negocio trabajó de nuevo el magín de los comerciantes del país. Algunos tenían importantes intereses compro­metidos en El Havre, entonces ocupado por el ejér­cito francés, y resolvieron tratar de llegar a ese puerto yendo por tierra a Dieppe, en donde se embarcarían.

Emplearon la influencia de los oficiales alemanes con los cuales se habían relacionado y obtuvieron del general en jefe la autorización para partir.            

Por lo tanto, habiendo reservado una gran diligencia de cuatro caballos para el viaje, e inscrito en la cochería diez personas, se resolvió partir un martes por la mañana antes del alba para evitar cualquier aglomeración.

Hacía ya algún tiempo que la helada había endurecido la tierra, y el lunes, hacia las tres de la madrugada, llegaron unas nubes oscuras del norte trayendo nieve que cayó sin parar durante toda la tarde y noche.

A las cuatro de la mañana los viajeros se reunie­ron en el patio del hotel de Normandía, donde tomarían el coche.

Estaban aún adormilados y tiritaban de frío bajo sus mantas. Se distinguían mal en la oscuridad; y las pesadas ropas de invierno hacían que todos esos cuerpos se pareciesen a curas obesos con largas sota­nas. Pero dos hombres se reconocieron; un tercero se acercó; conversaron:

-Llevo a mi mujer.

-Y yo también.

El primero agregó:

-No volveremos a Rouen, y si los prusianos se acercan a El Havre, pasaremos a Inglaterra.

Todos tenían los mismos proyectos, pues com­partían ideas semejantes.

Sin embargo, no enganchaban el coche. Una pequeña linterna, llevada por un mozo de establo, salía de tanto en tanto de una puerta oscura para desaparecer inmediatamente en otra. Cascos de ca­ballos golpeaban la tierra, amortiguados por el es­tiércol de las pajazas, y se oía en el fondo del edificio una voz de hombre que hablaba a los animales y profería insultos. Un ligero murmullo de cascabeles anunció que movían los arneses; ese murmullo fue pronto un estremecimiento claro y continuo, ritma­do por el movimiento del animal, deteniéndose a veces, volviendo a empezar en una brusca sacudida que acompañaba el ruido sordo de una herradura que golpeaba el suelo.

La puerta se cerró súbitamente. Cesó todo ruido. Los burgueses, helados, habían callado; per­manecían inmóviles y rígidos.

Una cortina ininterrumpida de copos blancos reverberaba sin cesar, descendiendo hasta la tierra; velaba las formas, empolvaba las cosas de una espu­ma de hielo; y sólo se oía en el gran silencio de la gran ciudad apacible y amortajada bajo el invierno ese susurro vago, innombrable y flotante de la nieve que cae; más bien sensación que ruido, enlazamien­to de átomos ligeros que parecían llenar el espacio, cubrir el mundo.

El hombre reapareció con su linterna, llevando en el extremo de una cuerda a un caballo triste que no parecía seguirlo con gusto. Lo colocó contra la lanza, lo ató a los tiros, dio muchas veces vuelta a su alrededor para asegurar los arneses, pues únicamen­te podía utilizar una mano, por llevar la luz en la otra. Cuando iba en busca del segundo animal advir­tió a todos esos pasajeros inmóviles, ya blancos de nieve:

-¿Por qué no suben al coche? Por lo menos estarán al abrigo.

No habían pensado en ello, sin duda, y se apresuraron. Los tres hombres instalaron a sus muje­res en el fondo y subieron luego; después las otras formas indecisas y veladas tomaron a su vez os últimos lugares sin cambiar una palabra.

El piso estaba cubierto de paja, en la cual se hundieron los pies. Las damas del fondo, que habían traído pequeños braseros de cobre con un carbón químico, encendieron esos aparatos, y durante al­gún tiempo, en voz baja, enumeraron las ventanas, repitiéndose cosas que sabían desde hacía tiempo.

Cuando la diligencia estuvo uncida con seis caballos en lugar de cuatro, a causa del tiro más penoso, una voz preguntó desde fuera:

-¿Ha subido todo el mundo?

Una voz respondió desde adentro:

-Sí. Partieron.

El coche avanzaba lentamente, lentamente. Las ruedas se hundían en la nieve; el cofre entero gemía con sordos crujidos, y el látigo gigantesco del cochero chasqueaba sin descanso, revoloteaba por todos lados, enrollándose y desenrollándose como una serpiente delgada, y pegando bruscamente al­guna grupa rolliza que se alargaba entonces bajo un esfuerzo más violento.

Pero el día crecía imperceptiblemente. Esos copos livianos, que un viajero ruenés de pura sangre había comparado con una lluvia de algodón, ya no caían. Un resplandor sucio se filtraba a través de grandes nubes oscuras y pesadas que hacían más brillante la blancura del campo en donde aparecían, tan pronto una hilera de grandes árboles vestidos de escarcha, tan pronto un rancho con una capucha de nieve.

En el coche, la gente se miraba curiosamente bajo la triste claridad de esa aurora.      

Completamente al fondo dormitaban en los mejores asientos el señor y la señora Loiseau, comer­ciantes en vino al por mayor de la calle Grand-Pont.

Antiguo dependiente de un patrón arruinado en los negocios, Loiseau había comprado el fondo del comercio y había hecho fortuna. Vendía muy barato muy malos vinos a los vendedores minoristas del campo, y era considerado entre sus relaciones y sus amigos como un pillo astuto, un verdadero normando lleno de picardías y de jovialidad.

Su reputación de tramposo estaba tan bien establecida, que una noche en la prefectura el señor Tournel, autor de fábulas y de canciones, espíritu fino y mordaz, una gloria local, propuso a las seño­ras, que veía un poco soñolientas, jugar un partido de Loiseau vole. El chiste voló a través de los salones del prefecto; luego, introduciéndose en los de la ciudad, hizo reír durante un mes todas las mandíbu­las de la provincia.

Loiseau era célebre, además, por sus bromas de toda naturaleza, sus bromas buenas o malas; y nadie podía hablar de él sin agregar inmediatamente: "Es impagable este Loiseau...".

De estatura exigua, presentaba un vientre co­mo una pelota, dominado por un rostro rijozo entre dos patillas canosas.

Su mujer, grande, fuerte, resuelta, tenía la voz alta y la decisión rápida; era el orden y la aritmética de la casa de comercio, que él animaba con su alegre actividad.

Al lado de ellos se encontraba, más digno, pues pertenecía a una casta superior, el señor Carré­ Lamadon, hombre considerable, comerciante en al­godón, propietario de tres hilanderías, oficial de la Legión de Honor y miembro del Consejo General. Durante todo el imperio había permanecido como jefe de la benevolente oposición únicamente para hacerse pagar más caro su unión a la causa que combatía con armas corteses, según su propia expre­sión. La señora Carré-Lamadon, mucho más joven que su marido, era el consuelo de los oficiales de buena familia enviados a Rouen en guarnición.

Junto a su marido parecía muy pequeña, muy graciosa, muy bonita, apelotonada, acurrucada en sus pieles, y miraba con ojos desolados el interior lamentable del coche.

Sus vecinos, el conde y la condesa Huberto de Breville, llevaban uno de los nombres más antiguos y más nobles de Normandía. El conde, viejo gentil­hombre de gran apariencia, se esforzaba en acentuar por los artificios de su toilette su parecido natural con el rey Enrique IV, que, según una leyenda gloriosa para la familia, había dejado encinta a una señora de Breville, cuyo marido, por ese hecho, había sido conde y gobernador de provincia.

Colega del señor Carré-Lamadon en el Consejo General, el conde Huberto representaba el partido orleanista en el departamento. La historia de su casamiento con la hija de un pequeño armador de Nantes había permanecido siempre misteriosa. Pero como la condesa tenía gran apariencia, recibía mejor que nadie, y hasta pasaba por haber sido amada por uno de los hijos de Luis Felipe, toda la nobleza la agasajaba y su salón seguía siendo el primero del país, el único en donde se conservaba la vieja galan­tería y cuya entrada era difícil.

La fortuna de los Breville, toda en bienes raíces, alcanzaba, se decía, a unas quinientas mil libras de renta.

Esas seis personas formaban el fondo del coche, el lado de la sociedad rentista, serena y fuerte, de la gente honrada, autorizada, que tiene religión y principios.

Por un extraño azar, todas las mujeres estaban en el mismo banco; y la condesa tenía además por vecinas a dos hermanitas que desgranaban largos rosarios, murmurando Pater y Ave. Una era vieja y tenía el rostro comido por la viruela, como si hubie­ra recibido una descarga de metralla en plena cara. La otra, muy endeble, tenía un rostro lindo y enfer­mizo sobre un pecho de tísica carcomida por esa fe devoradora que hace mártires e iluminados.

Frente a las dos religiosas, un hombre y una mujer atraían todas las miradas.

El hombre, muy conocido, era Cornudet, el demócrata, el terror de las personas respetables. Desde hacía veinte años mojaba su gran barba roja en los bocks de todos los cafés democráticos. Habíase comido con sus hermanos y amigos una fortuna bastante abultada que le venía de su padre, ex confitero, y esperaba impacientemente la República para obtener, por fin, el lugar merecido por tantas consumiciones revolucionarias. El cuatro de sep­tiembre, a consecuencia de una broma, quizá, se había creído nombrado prefecto, pero cuando quiso entrar en funciones, los escribientes, únicos dueños del lugar, rehusaron reconocerlo, lo que lo obligó a retirarse. Muy buen muchacho, por otra parte, ino­fensivo y servicial, se había ocupado con un fervor incomparable de organizar la defensa. Había hecho cavar agujeros en las praderas, voltear todos los árboles jóvenes de los bosques vecinos, sembrar trampas en todas las rutas, y al acercarse el enemigo, satisfecho de sus preparativos, se había replegado rápidamente hacia la ciudad. Ahora pensaba ser más útil en El Havre, donde iban a ser necesarios nuevos destacamentos.

La mujer, una de esas llamadas galantes, era célebre por su precoz gordura, que le había valido el sobrenombre de Bola de Sebo. Baja, redonda por todas partes, gorda a reventar, con dedos hinchados, estrangulados en las falanges, semejantes a rosarios de pequeñas salchichas, de piel brillante y tensa, un pecho enorme que resaltaba bajo el vestido, era todavía apetitosa y buscada, pues su frescura era agradable a la vista. Su rostro era una manzana roja, un pimpollo de peonía pronto a brotar; y en todo eso se abrían, arriba, dos ojos negros. magníficos, som­breados por grandes pestañas espesas que ponían una sombra dentro de ellos. Abajo, una boca encantado­ra, angosta, húmeda para el beso, adornada por dientes brillantes y menudos. 

Poseía, además, según se decía, cualidades inapreciables.

En cuanto fue reconocida, corrieron susurros entre las mujeres honradas, y las palabras "prostitu­ta", "vergüenza pública", fueron susurradas tan alto que ella alzó la cabeza. Entonces paseó sobre sus vecinos una mirada tan provocativa y osada, que inmediatamente reinó un gran silencio y todo el mundo bajó los ojos, a excepción de Loiseau, que espiaba con aire socarrón.

 

Pendant plusieurs jours de suite des lambeaux d'armée en déroute avaient traversé la ville. Ce n'était point de la troupe, mais des hordes débandées. Les hommes avaient la barbe longue et sale, des uniformes en guenilles, et ils avançaient d'une allure molle, sans drapeau, sans régiment. Tous semblaient accablés, éreintés, incapables d'une pensée ou d'une résolution, marchant seulement par habitude, et tombant de fatigue sitôt qu'ils s'arrêtaient. On voyait surtout des mobilisés, gens pacifiques, rentiers tranquilles, pliant sous le poids du fusil; des petits moblots alertes, faciles à l'épouvante et prompts à l'enthousiasme, prêts à l'attaque comme à la fuite; puis, au milieu d'eux, quelques culottes rouges, débris d'une division moulue dans une grande bataille; des artilleurs sombres alignés avec ces fantassins divers; et, parfois, le casque brillant d'un dragon au pied pesant qui suivait avec peine la marche plus légère des lignards.

Des légions de francs-tireurs aux appellations héroïques: "les Vengeurs de la défaite - les Citoyens de la tombe - les Partageurs de la mort" - passaient à leur tour, avec des airs de bandits.

Leurs chefs, anciens commerçants en drap ou en graines, ex-marchands de suif ou de savon, guerriers de circonstance, nommés officiers pour leurs écus ou la longueur de leurs moustaches, couverts d'armes, de flanelle et de galons, parlaient d'une voix retentissante, discutaient plans de campagne , et prétendaient soutenir seuls la France agonisante sur leurs épaules de fanfarons; mais ils redoutaient parfois leurs propres soldats, gens de sac et de corde, souvent braves à outrance, pillards et débauchés.

Les Prussiens allaient entrer dans Rouen, disait-on.

La Garde nationale qui, depuis deux mois, faisait des reconnaissances très prudentes dans les bois voisins, fusillant parfois ses propres sentinelles, et se préparant au combat quand un petit lapin remuait sous des broussailles, était rentrée dans ses foyers. Ses armes, ses uniformes, tout son attirail meurtrier, dont elle épouvantait naguère les bornes des routes nationales à trois lieues à la ronde, avaient subitement disparu.

Les derniers soldats français venaient enfin de traverser la Seine pour gagner Pont-Audemer par Saint-Sever et Bourg-Achard; et, marchant après tous, le général désespéré, ne pouvant rien tenter avec ces loques disparates, éperdu lui-même dans la grande débâcle d'un peuple habitué à vaincre et désastreusement battu malgré sa bravoure légendaire, s'en allait à pied, entre deux officiers d'ordonnance.

Puis un calme profond, une attente épouvantée et silencieuse avaient plané sur la cité. Beaucoup de bourgeois bedonnants, émasculés par le commerce, attendaient anxieusement les vainqueurs, tremblant qu'on ne considérât comme une arme leurs broches à rôtir ou leurs grands couteaux de cuisine.

La vie semblait arrêtée; les boutiques étaient closes, la rue muette. Quelquefois un habitant, intimidé par ce silence, filait rapidement le long des murs.

L'angoisse de l'attente faisait désirer la venue de l'ennemi.

Dans l'après-midi du jour qui suivit le départ des troupes françaises, quelques uhlans, sortis on ne sait d'où, traversèrent la ville avec célérité. Puis, un peu plus tard, une masse noire descendit de la côte Sainte-Catherine, tandis que deux autres flots envahisseurs apparaissaient par les routes de Darnetal et de Boisguillaume. Les avant-gardes des trois corps, juste au même moment, se joignirent sur la place de l'Hôtel-de-Ville; et, par toutes les rues voisines, l'armée allemande arrivait, déroulant ses bataillons qui faisaient sonner les pavés sous leur pas dur et rythmé.

Des commandements criés d'une voix inconnue et gutturale montaient le long des maisons qui semblaient mortes et désertes, tandis que, derrière les volets fermés, des yeux guettaient ces hommes victorieux, maîtres de la cité, des fortunes et des vies, de par le "droit de guerre". Les habitants, dans leurs chambres assombries, avaient l'affolement que donnent les cataclysmes, les grands bouleversements meurtriers de la terre, contre lesquels toute sagesse et toute force sont inutiles. Car la même sensation reparaît chaque fois que l'ordre établi des choses est renversé, que la sécurité n'existe plus, que tout ce que protégeaient les lois des hommes ou celles de la nature, se trouve à la merci d'une brutalité inconsciente et féroce. Le tremblement de terre écrasant sous des maisons croulantes un peuple entier; le fleuve débordé qui roule les paysans noyés avec les cadavres des boeufs et les poutres arrachées aux toits, ou l'armée glorieuse massacrant ceux qui se défendent, emmenait les autres prisonniers, pillant au nom du Sabre et remerciant un Dieu au son du canon, sont autant de fléaux effrayants qui déconcertent toute croyance à la justice éternelle, toute la confiance qu'on nous enseigne en la protection du ciel et en la raison de l'homme.

Mais à chaque porte des petits détachements frappaient, puis disparaissaient dans les maisons. C'était l'occupation après l'invasion. Le devoir commençait pour les vaincus de se montrer gracieux envers les vainqueurs.

Au bout de quelque temps, une fois la première terreur disparue, un calme nouveau s'établit. Dans beaucoup de familles, l'officier prussien mangeait à table. Il était parfois bien élevé, et, par politesse, plaignait la France, disait sa répugnance en prenant part à cette guerre. On lui était reconnaissant de ce sentiment; puis on pouvait, un jour ou l'autre, avoir besoin de sa protection. En le ménageant on obtiendrait peut-être quelques hommes de moins à nourrir. Et pourquoi blesser quelqu'un dont on dépendait tout à fait? Agir ainsi serait moins de la bravoure que de la témérité. - Et la témérité n'est plus un défaut des bourgeois de Rouen, comme au temps des défenses héroïques où s'illustra leur cité. - On se disait enfin, raison suprême tirée de l'urbanité française, qu'il demeurait bien permis d'être poli dans son intérieur pourvu qu'on ne se montrât pas familier, en public, avec le soldat étranger. Au dehors on ne se connaissait plus, mais dans la maison on causait volontiers, et l'Allemand demeurait plus longtemps, chaque soir, à se chauffer au foyer commun.

La ville même reprenait peu à peu de son aspect ordinaire. Les Français ne sortaient guère encore, mais les soldats prussiens grouillaient dans les rues. Du reste, les officiers de hussards bleus, qui traînaient avec arrogance leurs grands outils de mort sur le pavé, ne semblaient pas avoir pour les simples citoyens énormément plus de mépris que les officiers de chasseurs, qui, l'année d'avant, buvaient aux mêmes cafés. Il y avait cependant quelque chose dans l'air, quelque chose de subtil et d'inconnu, une atmosphère étrangère intolérable, comme une odeur répandue, l'odeur de l'invasion. Elle emplissait les demeures et les places publiques, changeait le goût des aliments, donnait l'impression d'être en voyage, très loin, chez des tribus barbares et dangereuses.

Les vainqueurs exigeaient de l'argent, beaucoup d'argent. Les habitants payaient toujours; ils étaient riches d'ailleurs. Mais plus un négociant normand devient opulent et plus il souffre de tout sacrifice, de toute parcelle de sa fortune qu'il voit passer aux mains d'un autre.

Cependant, à deux ou trois lieues sous la ville, en suivant le cours de la rivière, vers Croisset, Dieppedalle ou Biessart, les mariniers et les pêcheurs ramenaient souvent du fond de l'eau quelque cadavre d'Allemand gonflé dans son uniforme, tué d'un coup de couteau ou de savate, la tête écrasée par une pierre, ou jeté à l'eau d'une poussée du haut d'un pont. Les vases du fleuve ensevelissaient ces vengeances obscures, sauvages et légitimes, héroïsmes inconnus, attaques muettes, plus périlleuses que les batailles au grand jour et sans le retentissement de la gloire.

Car la haine de l'étranger arme toujours quelques intrépides prêts à mourir pour une Idée. 

Enfin, comme les envahisseurs, bien qu'assujettissant la ville à leur inflexible discipline, n'avaient accompli aucune des horreurs que la renommée leur faisait commettre tout le long de leur marche triomphale, on s'enhardit, et le besoin du négoce travailla de nouveau le coeur des commerçants du pays. Quelques-uns avaient de gros intérêts engagés au Havre que l'armée française occupait, et ils voulurent tenter de gagner ce port en allant par terre à Dieppe où ils s'embarqueraient.

On employa l'influence des officiers allemands dont on avait fait la connaissance, et une autorisation de départ fut obtenue du général en chef.

Donc, une grande diligence à quatre chevaux ayant été retenue pour ce voyage, et dix personnes s'étant fait inscrire chez le voiturier, on résolut de partir un mardi matin, avant le jour, pour éviter tout rassemblement.

Depuis quelque temps déjà la gelée avait durci la terre, et le lundi, vers trois heures, de gros nuages noirs venant du nord apportèrent la neige qui tomba sans interruption pendant toute la soirée et toute la nuit.

A quatre heures et demie du matin, les voyageurs se réunirent dans la cour de l'hôtel de Normandie, où l'on devait monter en voiture.

Ils étaient encore pleins de sommeil, et grelottaient de froid sous leurs couvertures. On se voyait mal dans l'obscurité; et l'entassement des lourds vêtements d'hiver faisait ressembler tous ces corps à des curés obèses avec leurs longues soutanes. Mais deux hommes se reconnurent, un troisième les aborda, ils causèrent:

"J'emmène ma femme, dit l'un.

- J'en fais autant.

- Et moi aussi."

Le premier ajouta:

"Nous ne reviendrons pas à Rouen, et si les Prussiens approchent du Havre nous gagnerons l'Angleterre."

Tous avaient les mêmes projets, étant de complexion semblable.

Cependant on n'attelait pas la voiture. Une petite lanterne, que portait un valet d'écurie, sortait de temps à autre d'une porte obscure pour disparaître immédiatement dans une autre. Des pieds de chevaux frappaient la terre, amortis par le fumier des litières, et une voix d'homme parlant aux bêtes et jurant s'entendait au fond du bâtiment. Un léger murmure de grelots annonça qu'on maniait les harnais; ce murmure devint bientôt un frémissement clair et continu rythmé par le mouvement de l'animal, s'arrêtant parfois, puis reprenant dans une brusque secousse qu'accompagnait le bruit mat d'un sabot ferré battant le sol.

La porte subitement se ferma. Tout bruit cessa. Les bourgeois, gelés, s'étaient tus: ils demeuraient immobiles et roidis.

Un rideau de flocons blancs ininterrompu miroitait sans cesse en descendant vers la terre; il effaçait les formes, poudrait les choses d'une mousse de glace; et l'on n'entendait plus, dans le grand silence de la ville calme et ensevelie sous l'hiver, que ce froissement vague, innommable et flottant de la neige qui tombe, plutôt sensation que bruit , entremêlement d'atomes légers qui semblaient emplir l'espace, couvrir le monde.

L'homme reparut, avec sa lanterne, tirant au bout d'une corde un cheval triste qui ne venait pas volontiers. Il le plaça contre le timon, attacha les traits, tourna longtemps autour pour assurer les harnais, car il ne pouvait se servir que d'une main, l'autre portant sa lumière. Comme il allait chercher la seconde bête, il remarqua tous ces voyageurs immobiles, déjà blancs de neige, et leur dit:

"Pourquoi ne montez-vous pas dans la voiture? vous serez à l'abri, au moins."

Ils n'y avaient pas songé, sans doute, et ils se précipitèrent. Les trois hommes installèrent leurs femmes dans le fond, montèrent ensuite; puis les autres formes indécises et voilées prirent à leur tour les dernières places sans échanger une parole.

Le plancher était couvert de paille où les pieds s'enfoncèrent. Les dames du fond, ayant apporté des petites chaufferettes en cuivre avec un charbon chimique, allumèrent ces appareils, et, pendant quelque temps, à voix basse, elles en énumérèrent les avantages, se répétant des choses qu'elles savaient déjà depuis longtemps.

Enfin, la diligence étant attelée, avec six chevaux au lieu de quatre à cause du tirage plus pénible, une voix du dehors demanda:

"Tout le monde est-il monté?"

Une voix du dedans répondit:

"Oui." - On partit.

La voiture avançait lentement, lentement, à tout petits pas. Les roues s'enfonçaient dans la neige; le coffre entier geignait avec des craquements sourds; les bêtes glissaient, soufflaient, fumaient et le fouet gigantesque du cocher claquait sans repos, voltigeait de tous les côtés, se nouant et se déroulant comme un serpent mince, et cinglant brusquement quelque croupe rebondie qui se tendait alors sous un effort plus violent.

Mais le jour imperceptiblement grandissait. Ces flocons légers qu'un voyageur, Rouennais pur sang, avait comparés à une pluie de coton, ne tombaient plus. Une lueur sale filtrait à travers de gros nuages obscurs et lourds qui rendaient plus éclatante la blancheur de la campagne où apparaissaient tantôt une ligne de grands arbres vêtus de givre, tantôt une chaumière avec un capuchon de neige.

Dans la voiture, on se regardait curieusement, à la triste clarté de cette aurore.

Tout au fond, aux meilleures places, sommeillaient, en face l'un de l'autre, M. et Mme Loiseau, des marchands de vins en gros de la rue Grand-Pont.

Ancien commis d'un patron ruiné dans les affaires, Loiseau avait acheté le fonds et fait fortune. Il vendait à très bon marché de très mauvais vins aux petits débitants des campagnes et passait parmi ses connaissances et ses amis pour un fripon madré, un vrai Normand plein de ruses et de jovialité.

Sa réputation de filou était si bien établie, qu'un soir à la préfecture, M. Tournel, auteur de fables et de chansons, esprit mordant et fin, une gloire locale, ayant proposé aux dames qu'il voyait un peu somnolentes de faire une partie de "Loiseau vole", le mot lui-même vola à travers les salons du préfet, puis, gagnant ceux de la ville, avait fait rire pendant un mois toutes les mâchoires de la province.

Loiseau était en outre célèbre par ses farces de toute nature, ses plaisanteries bonnes ou mauvaises; et personne ne pouvait parler de lui sans ajouter immédiatement: "Il est impayable, ce Loiseau."

De taille exiguë, il présentait un ventre en ballon surmonté d'une face rougeaude entre deux favoris grisonnants.

Sa femme, grande, forte, résolue, avec la voix haute et la décision rapide, était l'ordre et l'arithmétique de la maison de commerce, qu'il animait par son activité joyeuse.

A côté d'eux se tenait, plus digne, appartenant à une caste supérieure, M. Carré-Lamadon, homme considérable, posé dans les cotons, propriétaire de trois filatures, officier de la Légion d'honneur et membre du Conseil général. Il était resté, tout le temps de l'Empire, chef de l'opposition bienveillante, uniquement pour se faire payer plus cher son ralliement à la cause qu'il combattait avec des armes courtoises, selon sa propre expression. Mme Carré-Lamadon, beaucoup plus jeune que son mari, demeurait la consolation des officiers de bonne famille envoyés à Rouen en garnison.

Elle faisait vis-à-vis à son époux, toute mignonne, toute jolie, pelotonnée dans ses fourrures, et regardait d'un air navré l'intérieur lamentable de la voiture.

Ses voisins, le comte et la comtesse Hubert de Bréville, portaient un des noms les plus anciens et les plus nobles de la Normandie . Le comte, vieux gentilhomme de grande tournure, s'efforçait d'accentuer, par les artifices de sa toilette, sa ressemblance naturelle avec le roi Henri IV, qui, suivant une légende glorieuse pour la famille, avait rendu grosse une dame de Bréville, dont le mari, pour ce fait, était devenu comte et gouverneur de province.

Collègue de M. Carré-Lamadon au Conseil général, le comte Hubert représentait le parti orléaniste dans le département. L'histoire de son mariage avec la fille d'un petit armateur de Nantes était toujours demeurée mystérieuse. Mais comme la comtesse avait grand air, recevait mieux que personne, passait même pour avoir été aimée par un des fils de Louis-Philippe, toute la noblesse lui faisait fête, et son salon demeurait le premier du pays, le seul où se conservât la vieille galanterie, et dont l'entrée fût difficile.

La fortune des Bréville, toute en biens-fonds, atteignait, disait-on, cinq cent mille livres de revenu.

Ces six personnes formaient le fond de la voiture, le côté de la société rentée, sereine et forte, des honnêtes gens autorisés qui ont de la religion et des principes.

Par un hasard étrange, toutes les femmes se trouvaient sur le même banc; et la comtesse avait encore pour voisines deux bonnes soeurs qui égrenaient de longs chapelets en marmottant des Pater et des Ave. L'une était vieille avec une face défoncée par la petite vérole comme si elle eût reçu à bout portant une bordée de mitraille en pleine figure. L'autre, très chétive, avait une tête jolie et maladive sur une poitrine de phtisique rongée par cette foi dévorante qui fait les martyrs et les illuminés.

En face des deux religieuses, un homme et une femme attiraient les regards de tous.

L'homme, bien connu, était Cornudet le démoc, la terreur des gens respectables. Depuis vingt ans, il trempait sa barbe rousse dans les bocks de tous les cafés démocratiques. Il avait mangé avec les frères et amis une assez belle fortune qu'il tenait de son père, ancien confiseur, et il attendait impatiemment la République pour obtenir enfin la place méritée par tant de consommations révolutionnaires. Au quatre septembre, par suite d'une farce peut-être, il s'était cru nommé préfet; mais quand il voulut entrer en fonctions, les garçons de bureau, demeurés seuls maîtres de la place, refusèrent de le reconnaître, ce qui le contraignit à la retraite. Fort bon garçon du reste, inoffensif et serviable, il s'était occupé avec une ardeur incomparable d'organiser la défense. Il avait fait creuser des trous dans les plaines, coucher tous les jeunes arbres des forêts voisines, semé des pièges sur toutes les routes, et, à l'approche de l'ennemi, satisfait de ses préparatifs, il s'était vivement replié vers la ville. Il pensait maintenant se rendre plus utile au Havre, où de nouveaux retranchements allaient être nécessaires.

La femme, une de celles appelées galantes, était célèbre par son embonpoint précoce qui lui avait valu le surnom de Boule de suif. Petite, ronde de partout, grasse à lard, avec des doigts bouffis, étranglés aux phalanges, pareils à des chapelets de courtes saucisses, avec une peau luisante et tendue, une gorge énorme qui saillait sous sa robe, elle restait cependant appétissante et courue, tant sa fraîcheur faisait plaisir à voir. Sa figure était une pomme rouge, un bouton de pivoine prêt à fleurir; et là-dedans s'ouvraient, en haut, deux yeux noirs magnifiques, ombragés de grands cils épais qui mettaient une ombre dedans; en bas, une bouche charmante, étroite, humide pour le baiser, meublée de quenottes luisantes et microscopiques.

Elle était de plus, disait-on, pleine de qualités inappréciables.

Aussitôt qu'elle fut reconnue, des chuchotements coururent parmi les femmes honnêtes, et les mots de "prostituée", de "honte publique" furent chuchotés si haut qu'elle leva la tête. Alors elle promena sur ses voisins un regard tellement provocant et hardi qu'un grand silence aussitôt régna, et tout le monde baissa les yeux à l'exception de Loiseau, qui la guettait d'un air émoustillé.

 

Pero pronto se reanudó la conversación entre las tres señoras súbitamente amigas, casi íntimas, por la presencia de esa mujer. Tenían que hacer, les parecía, como un haz con sus dignidades de esposas frente a esa vendida sin vergüenza, pues el amor legal siempre mira de arriba a su libre colega.

También los tres hombres, que el aspecto de Cornudet acercaba a un instinto conservador, habla ban de dinero con un cierto tono desdeñoso para los pobres. El conde Huberto decía los destrozos que le habían causado los prusianos, las pérdidas que resul tarían del ganado robado y de las cosechas perdidas, con una seguridad de gran señor diez veces millona rio a quien esos estragos molestarían apenas un año. El señor Carre-Lamadon, muy golpeado en la indus­tria algodonera, había tenido cuidado de mandar seiscientos mil francos a Inglaterra, una pequeña reserva para cualquier ocasión. En cuanto a Loiseau, se había arreglado para vender a la intendencia francesa todos los vinos comunes que le quedaban en la bodega, de manera que el Estado le debía una suma formidable que pensaba cobrar en El Havre.

Y los tres se lanzaban miradas rápidas y amis tosas. Aunque de distinta condición, se sentían hermanos por el dinero; de la masonería de los que poseen, de los que hacen sonar el oro poniendo la mano en el bolsillo del pantalón.

El coche iba tan lentamente que a las diez de la mañana no habían andado cuatro leguas. Los hom bres bajaron tres veces para subir las cuestas a pie. Empezaban a inquietarse, pues pensaban almorzar en Tótes y ya estaban perdiendo la esperanza de llegar antes de la noche. Todos acechaban para descubrir un mesón en el camino, cuando la diligen cia se empantanó en un amontonamiento de nieve y hubo que perder dos horas para sacarla.

El apetito crecía, turbaba los ánimos; y ningún boliche, ninguna venta de vino aparecía. La cercanía de los prusianos y el paso de las tropas francesas hambrientas habían asustado a los comerciantes.

Los señores corrieron a buscar provisiones a las chacras de la vera del camino, pero no encontraron ni siquiera pan, pues el campesino, desconfiado, escondía sus reservas por temor a ser saqueado por los soldados, que al no tener nada que ponerse bajo el diente tomaban por la fuerza lo que descubrían.

Hacia la una del día Loiseau anunció que deci didamente sentía un, fuerte vacío en el estómago. Desde hacía tiempo todo el mundo sufría como él; y a medida que aumentaba el violento deseo de comer, morían las conversaciones.

De cuando en cuando, alguno bostezaba; otro lo imitaba casi en seguida. Y cada uno por turno, según su carácter, su educación y su posición social, abría la boca con estruendo o modestamente, po­niendo una mano ante la entrada abierta, de la cual salía como un vapor.

Bola de Sebo, en diversas ocasiones, se había inclinado como si buscara algo bajo sus faldas. Titu beaba un minuto, miraba a sus vecinos; luego se enderezaba tranquilamente. Los rostros estaban pá lidos y crispados. Loiseau afirmó que pagaría mil francos por un jamón. Su mujer hizo un ademán como para protestar; luego se calmó. Siempre sufría cuando oía hablar de dinero despilfarrado y ni si quiera comprendía las bromas a ese respecto.

-La verdad es que no me siento bien -dijo el conde-. ¿Cómo no pensé en traer provisiones?

Cada cual se hacía el mismo reproche.

Sin embargo, Cornudet tenía una botella llena de ron. Ofreció; rechazaron fríamente. Sólo Loiseau aceptó dos gotas, y cuando devolvió la botella agra deció:

-Es bueno; calienta y engaña el apetito.

El alcohol lo puso de buen humor y propuso que se hiciera como en el pequeño navío de la canción: comer al más gordo de los viajeros. Esta alusión indirecta a Bola de Sebo chocó a la gente bien educada. Nadie contestó; sólo Cornudet esbozó una sonrisa. Las dos hermanitas habían dejado de desgranar sus rosarios, y las manos sumergidas en sus grandes mangas, permanecían inmóviles, los ojos bajos obstinadamente, ofreciendo sin duda al cielo el sufrimiento que les mandaba.

Por fin, a las tres, cuando se encontraban en medio de un valle interminable, sin un solo pueblo a la vista, Bola de Sebo, agachándose rápidamente, sacó de abajo del asiento una gran canasta cubierta por una servilleta blanca.

Sacó primeramente un plato pequeño de porce lana y un fino vaso de plata; luego una vasija, en la cual dos pollos enteros, cortados, se conservaban bajo la gelatina; además, se veían en la canasta muchas otras cosas apetecibles: pasteles, frutas, go losinas; provisiones preparadas para un viaje de tres días a fin de no tener que probar la comida de las posadas. Cuatro cuellos de botellas pasaban entre los paquetes de alimentos. Tomó un ala de pollo y delicadamente se puso a comerla con uno de esos pancitos que en Normandía se llaman "Regencia".

Todas las miradas convergían en ella. Luego el olor se desparramó, ensanchando las narices, llenan do las bocas de una saliva abundante, con una con tracción dolorosa de las mandíbulas junto a las orejas. El desprecio de las señoras por esa mujer se volvía feroz; sentían como ganas de matarla o de tirarla del coche en la nieve, a ella, su vaso, su canasto y sus provisiones.

Pero Loiseau devoraba con los ojos la cazuela de pollo. Dijo:

-Me alegro; la señora ha sido más precavida que nosotros. Hay personas que piensan siempre en todo.

Ella alzó la cabeza hacia él:

-¿Desea un bocado el señor? Es duro ayunar desde la mañana.

El saludó:

-Francamente, no digo que no; ya no puedo más. Hay que hacer de la necesidad virtud; ¿no es verdad, señora?

Y echando una mirada circular, agregó:

-En momentos como éste uno se alegra de encontrar gente servicial.

Tenía un diario que extendió para no manchar su pantalón, y con la punta de un cuchillo que llevaba en el bolsillo sacó un muslo barnizado de gelatina, lo cortó con los dientes, y luego lo masticó con una satisfacción tan evidente que hubo en el coche un gran suspiro de angustia.

Pero Bola de Sebo, con voz humilde y dulce, propuso a las dos hermanitas que compartieran su colación. Las dos aceptaron instantáneamente, y sin alzar los ojos se pusieron a comer muy rápido des pués de haber balbuceado las gracias. Cornudet tampoco rechazó los ofrecimientos de su vecina y formaron con las religiosas una sola mesa, desple gando diarios sobre las rodillas.

Las bocas se abrían y se cerraban sin cesar; tragaban, masticaban, engullían ferozmente. Loi seau, en su rincón, trabajaba firme, y en voz baja convencía a, su mujer que lo imitara. Ella resistió largo rato; luego, después de una crispación que le recorrió las entrañas, cedió. Entonces su marido, redondeando la frase, pidió a su "encantadora com pañera" que le permitiera ofrecer un pedacito a la señora Loiseau.

Ella dijo:

-Pero sí, sin duda, señor. Y con una sonrisa amable, tendió la cazuela.

Un malestar se produjo cuando descorcharon la primera botella de bordeaux: había sólo un vaso. Se lo fueron pasando después de haberlo limpiado. úni camente Cornudet, por galantería, sin duda, posó sus labios en el lugar todavía húmedo por los labios de su vecina.

Entonces, rodeados de gente que comía, sofo cados por las emanaciones de los alimentos, el conde y la condesa de Breville, así como el señor y la señora de Carré-Lamadon, sufrieron ese suplicio odioso que ha conservado el nombre de Tántalo. De pronto, la joven esposa del manufacturero lanzó un suspiro que hizo volver las cabezas; estaba blanca como la nieve de afuera; sus ojos se cerraron, su frente cayó: había perdido el conocimiento. Su marido, enloquecido, imploraba el socorro de todo el mundo. Todos per dían la cabeza, cuando la mayor de las dos hermani tas, sosteniendo la cabeza de la enferma, deslizó entre sus labios el vaso de Bola de Sebo y le hizo tragar algunas gotas de vino. La linda señora se movió, abrió los ojos, sonrió y declaró con una voz moribunda que ahora se sentía muy bien. Pero a fin de que esto no se repitiese, la monja la obligó a beber un gran vaso de bordeaux, y agregó:

-Es el hambre, nada más.

Entonces Bola de Sebo, roja y avergonzada, balbuceó, mirando a los cuatro viajeros que habían permanecido en ayunas:

-¡Dios mío, si me atreviera a ofrecerles a estos señores y a estas señoras!...

Calló, temiendo un ultraje. Loiseau tomó la palabra:

-Bueno, caramba, en casos semejantes todo el mundo es hermano y debe ayudarse. Vamos, señoras mías, nada de ceremonias; acepten, ¡qué diablos! ¿Sabemos siquiera si encontraremos una casa para pasar la noche? De la manera como vamos no estaremos en Tôtes antes de mañana a mediodía.

Titubeaban; nadie se atrevía a asumir la responsbilidad del "sí".

Pero el conde resolvió la situación. Se volvió hacia la muchacha gorda, intimidada, y tomando su gran aire de gentilhombre le dijo:

-Aceptamos con gratitud, señora.

Sólo el primer paso costaba. Una vez pasado el Rubicón se entregaron resueltamente. El canasto fue vaciado. Contenía, además, un pâté de foie. gran, un pastel de liebre, un pedazo de lengua ahumada, peras de Crassane, un Pont-l´'Evéque, acaramelados, y una taza llena de pepinos y de cebollas en vinagre. Bola de Sebo, como todas las mujeres, adoraba lo crudo.

No era posible comer las provisiones de esa muchacha sin hablarle. Por lo tanto se conversó, primeramente con reservas; luego, como ella se mantenía en su lugar, se abandonaron un poco más. Las señoras de Breville y de Carré-Lamadon, que tenían mucho mundo, fueron amables con delicade za. La condesa, sobre todo, mostró esa amable con descendencia de las señoras muy nobles que no pueden ser ensuciadas por ningún contacto, y fue encantadora. Pero la fuerte señora Loiseau, que tenía un alma de sargento, permaneció hosca hablando poco y comiendo mucho.

Se habló de la guerra, naturalmente. Contaron hechos horribles de los prusianos, rasgos de coraje de los franceses; y todas esas personas que huían rindie ron homenaje al valor de los demás. Las historias personales empezaron pronto, y Bola de Sebo contó con verdadera emoción, can ese calor en la palabra que tienen a veces las rameras para expresar sus arrebatos naturales, cómo había salido de Rouen.

-Primeramente creía que podría quedarme –decía-. Tenía mi casa llena de provisiones y prefería alimentar a algunos soldados a expatriarme no sé dónde. Pero cuando vi a esos prusianos, fue más fuerte que yo. Me hicieron hervir la sangre de rabia; y lloré de vergüenza durante todo el día. ¡Ah, si yo fuera hombre, verían! Miraba desde mi ventana a esos grandes puercos con sus cascos en punta, y mi criada me sujetaba las manos para impedirme que les arrojara los muebles encima. Luego vinieron algunos para hospedarse en casa; entonces salté sobre el primero. ¡No son más difíciles de estrangular que otros! Y habría muerto a ése si no me hubieran arrancado por el cabello. Después de eso fue preciso esconderme. En fin, cuando encontré una oportuni dad me fui y aquí estoy.

La felicitaron mucho. Crecía en la estima de sus compañeros, que no se habían mostrado tan valientes; y Cornudet, escuchándola, conservaba una sonrisa aprobadora y benevolente de apóstol; así escucha un sacerdote a un devoto alabar a Dios, pues los demócratas de barba larga tienen el monopolio del patriotismo, así como los hombres de sotana tienen el de la religión. Habló a su vez en tono doctrinario, con el énfasis aprendido en las procla mas que pegaban todos los días en las paredes, y acabó con un trozo de elocuencia en el cual zarandeaba magistralmente a ese "crápula de Badinguet".

Pero Bola de Sebo se enojó porque era bonapar tista. Se ponía más roja que una guinda, y tartamudeaba de indignación:

-Hubiera querido verlos en su lugar a uste des. Sí, cómo no. ¡Ustedes lo han traicionado a ese hombre! No nos quedaría más que salir de Francia si estuviéramos gobernados por pícaros como ustedes.

Cornudet, impasible, conservaba una sonrisa desdeñosa y superior; pero se presentía que iban a llegar a insultarse, cuando el conde se interpuso y calmó, no sin trabajo, a la mujer exasperada, procla­mando, con autoridad, que todas las opiniones sin ceras son respetables. No obstante, la condesa y la manufacturera, que tenían en el alma el odio irracio nal de la gente bien por la República y esa ternura instintiva que alimentan todas las mujeres por los gobiernos de galones y despóticos, se sentían a pesar de ellas, atraídas por esa prostituta llena de digni dad, cuyos sentimientos se parecían tanto a los propios.

La canasta estaba vacía. Entre diez la habían vaciado sin dificultad, lamentando que no fuera más grande. La conversación continuó algún tiempo, un poco enfriada, no obstante, desde que habían termi nado de comer.

La noche caía; poco a poco la oscuridad se hizo profunda, y el frío, más sensible durante las diges tiones, hacía estremecer a Bola de Sebo a pesar de su grasa. Entonces la señora de Breville le propuso su braserito, cuyo carbón había sido renovado varias veces desde la mañana, y la otra aceptó en seguida porque tenía los pies helados. Las señoras de Carré  Lamadon y de Loiseau dieron los suyos a las reli giosas.

El cochero había encendido los faroles. Éstos iluminaban con un vivo resplandor una nube de bruma sobre las grupas sudorosas de los caballos, y a ambos lados de la ruta de nieve parecía desenrollarse bajo el movible reflejo de las luces.

En el coche ya no se distinguía nada; pero de pronto hubo un movimiento entre Bola de Sebo y Cornudet; y Loiseau, cuyos ojos hurgaban las som bras, creyó ver al hombre de larga barba apartarse vivamente como si hubiera recibido algún buen golpe dado sin ruido.

Pequeñas puntas luminosas aparecieron ade lante, en el camino. Era Tótes. Habían andado once horas, lo cual, con las dos horas de descanso dadas en cuatro etapas a los caballos para comer avena y resollar, sumaban catorce horas. Entraron en el hur go y se detuvieron ante la Bolsa de Comercio.

La puerta se abrió. Un ruido muy conocido hizo estremecer a todos los viajeros: eran los choques de una vaina de espada contra el suelo. En seguida la voz de un alemán gritó alguna cosa.

Mais bientôt la conversation reprit entre les trois dames, que la présence de cette fille avait rendues subitement amies, presque intimes. Elles devaient faire, leur semblait-il, comme un faisceau de leurs dignités d'épouses en face de cette vendue sans vergogne; car l'amour légal le prend toujours de haut avec son libre confrère.

Les trois hommes aussi, rapprochés par un instinct de conservateurs à l'aspect de Cornudet, parlaient argent d'un certain ton dédaigneux pour les pauvres. Le comte Hubert disait les dégâts que lui avaient fait subir les Prussiens, les pertes qui résulteraient du bétail volé et des récoltes perdues, avec une assurance de grand seigneur dix fois millionnaire que ces ravages gêneraient à peine une année. M. Carré-Lamadon, fort éprouvé dans l'industrie cotonnière, avait eu soin d'envoyer six cent mille francs en Angleterre, une poire pour la soif qu'il se ménageait à toute occasion. Quant à Loiseau, il s'était arrangé pour vendre à l'Intendance française tous les vins communs qui lui restaient en cave, de sorte que l'Etat lui devait une somme formidable qu'il comptait bien toucher au Havre.

Et tous les trois se jetaient des coups d'oeil rapides et amicaux. Bien que de conditions différentes, ils se sentaient frères par l'argent, de la grande franc-maçonnerie de ceux qui possèdent, qui font sonner de l'or en mettant la main dans la poche de leur culotte.

La voiture allait si lentement qu'à dix heures du matin on n'avait pas fait quatre lieues. Les hommes descendirent trois fois pour monter des côtes à pied. On commençait à s'inquiéter, car on devait déjeuner à Tôtes et l'on désespérait maintenant d'y parvenir avant la nuit. Chacun guettait pour apercevoir un cabaret sur la route, quand la diligence sombra dans un amoncellement de neige, et il fallut deux heures pour la dégager.

L'appétit grandissait, troublait les esprits; et aucune gargote, aucun marchand de vin ne se montraient, l'approche des Prussiens et le passage des troupes françaises affamées ayant effrayé toutes les industries.

Les messieurs coururent aux provisions dans les fermes au bord du chemin, mais ils n'y trouvèrent pas même de pain, car le paysan, défiant, cachait ses réserves dans la crainte d'être pillé par les soldats qui, n'ayant rien à se mettre sous la dent, prenaient par force ce qu'ils découvraient.

Vers une heure de l'après-midi, Loiseau annonça que décidément il se sentait un rude creux dans l'estomac. Tout le monde souffrait comme lui depuis longtemps; et le violent besoin de manger, augmentant toujours, avait tué les conversations.

De temps en temps, quelqu'un bâillait; un autre presque aussitôt l'imitait; et chacun, à tour de rôle, suivant son caractère, son savoir-vivre et sa position sociale, ouvrait la bouche avec fracas ou modestement en portant vite sa main devant le trou béant d'où sortait une vapeur.

Boule de suif, à plusieurs reprises, se pencha comme si elle cherchait quelque chose sous ses jupons. Elle hésitait une seconde, regardait ses voisins, puis se redressait tranquillement. Les figures étaient pâles et crispées. Loiseau affirma qu'il payerait mille francs un jambonneau. Sa femme fit un geste comme pour protester; puis elle se calma. Elle souffrait toujours en entendant parler d'argent gaspillé, et ne comprenait même pas les plaisanteries sur ce sujet.

"Le fait est que je ne me sens pas bien, dit le comte; comment n'ai-je pas songé à apporter des provisions?"

Chacun se faisait le même reproche.

Cependant, Cornudet avait une gourde pleine de rhum; il en offrit: on refusa froidement. Loiseau seul en accepta deux gouttes, et, lorsqu'il rendit la gourde, il remercia :

"C'est bon tout de même, ça réchauffe, et ça trompe l'appétit."

L'alcool le mit en belle humeur et il proposa de faire comme sur le petit navire de la chanson: de manger le plus gras des voyageurs. Cette allusion indirecte à Boule de suif choqua les gens bien élevés. On ne répondit pas; Cornudet seul eut un sourire. Les deux bonnes soeurs avaient cessé de marmotter leur rosaire, et, les mains enfoncées dans leurs grandes manches, elles se tenaient immobiles, baissant obstinément les yeux, offrant sans doute au ciel la souffrance qu'il leur envoyait.

Enfin, à trois heures, comme on se trouvait au milieu d'une plaine interminable, sans un seul village en vue, Boule de suif, se baissant vivement, retira de sous la banquette un large panier couvert d'une serviette blanche.

Elle en sortit d'abord une petite assiette de faïence, une fine timbale en argent, puis une vaste terrine dans laquelle deux poulets entiers, tout découpés, avaient confit sous leur gelée; et l'on apercevait encore dans le panier d'autres bonnes choses enveloppées, des pâtés, des fruits, des friandises, les provisions préparées pour un voyage de trois jours, afin de ne point toucher à la cuisine des auberges. Quatre goulots de bouteilles passaient entre les paquets de nourriture. Elle prit une aile de poulet et, délicatement, se mit à la manger avec un de ces petits pains qu'on appelle "Régence" en Normandie.

Tous les regards étaient tendus vers elle. Puis l'odeur se répandit, élargissant les narines, faisant venir aux bouches une salive abondante avec une contraction douloureuse de la mâchoire sous les oreilles. Le mépris des dames pour cette fille devenait féroce, comme une envie de la tuer ou de la jeter en bas de la voiture, dans la neige, elle, sa timbale, son panier et ses provisions.

Mais Loiseau dévorait des yeux la terrine de poulet. Il dit:

"A la bonne heure, Madame a eu plus de précaution que nous. Il y a des personnes qui savent toujours penser à tout."

Elle leva la tête vers lui:

"Si vous en désirez, Monsieur? C'est dur de jeûner depuis le matin."

Il salua:

"Ma foi, franchement, je ne refuse pas, je n'en peux plus. A la guerre comme à la guerre, n'est-ce pas, Madame?"

Et, jetant un regard circulaire, il ajouta:

"Dans des moments comme celui-là, on est bien aise de trouver des gens qui vous obligent."

Il avait un journal, qu'il étendit pour ne point tacher son pantalon, et sur la pointe d'un couteau toujours logé dans sa poche, il enleva une cuisse toute vernie de gelée, la dépeça des dents, puis la mâcha avec une satisfaction si évidente qu'il y eut dans la voiture un grand soupir de détresse.

Mais Boule de suif, d'une voix humble et douce, proposa aux bonnes soeurs de partager sa collation. Elles acceptèrent toutes les deux instantanément, et, sans lever les yeux, se mirent à manger très vite après avoir balbutié des remerciements. Cornudet ne refusa pas non plus les offres de sa voisine, et l'on forma avec les religieuses une sorte de table en développant des journaux sur les genoux.

Les bouches s'ouvraient et se fermaient sans cesse, avalaient, mastiquaient, engloutissaient férocement. Loiseau, dans son coin, travaillait dur, et, à voix basse, il engageait sa femme à l'imiter. Elle résista longtemps, puis, après une crispation qui lui parcourut les entrailles, elle céda. Alors son mari, arrondissant sa phrase, demanda à leur "charmante compagne" si elle lui permettait d'offrir un petit morceau à Mme Loiseau.

Elle dit:

"Mais oui, certainement, Monsieur", avec un sourire aimable, et tendit la terrine.

Un embarras se produisit lorsqu'on eut débouché la première bouteille de bordeaux: il n'y avait qu'une timbale. On se la passa après l'avoir essuyée. Cornudet seul, par galanterie sans doute, posa ses lèvres à la place humide encore des lèvres de sa voisine.

Alors, entourés de gens qui mangeaient, suffoqués par les émanations des nourritures, le comte et la comtesse de Bréville, ainsi que M. et Mme Carré-Lamadon souffrirent ce supplice odieux qui a gardé le nom de Tantale. Tout d'un coup la jeune femme du manufacturier poussa un soupir qui fit retourner les têtes; elle était aussi blanche que la neige du dehors; ses yeux se fermèrent, son front tomba: elle avait perdu connaissance. Son mari, affolé, implorait le secours de tout le monde. Chacun perdait l'esprit, quand la plus âgée des bonnes soeurs, soutenant la tête de la malade, glissa entre ses lèvres la timbale de Boule de suif et lui fit avaler quelques gouttes de vin. La jolie dame remua, ouvrit les yeux, sourit et déclara d'une voix mourante qu'elle se sentait fort bien maintenant. Mais, afin que cela ne se renouvelât plus, la religieuse la contraignit à boire un plein verre de bordeaux, et elle ajouta:

"C'est la faim, pas autre chose."

Alors Boule de suif, rougissante et embarrassée, balbutia en regardant les quatre voyageurs restés à jeun:

"Mon Dieu, si j'osais offrir à ces messieurs et à ces dames..."

Elle se tut, craignant un outrage. Loiseau prit la parole:

"Eh, parbleu, dans des cas pareils tout le monde est frère et doit s'aider. Allons, Mesdames, pas de cérémonie, acceptez, que diable! Savons-nous si nous trouverons seulement une maison où passer la nuit? Du train dont nous allons, nous ne serons pas à Tôtes avant demain midi."

On hésitait, personne n'osant assumer la responsabilité du "oui".

Mais le comte trancha la question. Il se tourna vers la grosse fille intimidée, et, prenant son grand air de gentilhomme, il lui dit:

"Nous acceptons avec reconnaissance, Madame."

Le premier pas seul coûtait. Une fois le Rubicon passé, on s'en donna carrément. Le panier fut vidé. Il contenait encore un pâté de foie gras, un pâté de mauviettes, un morceau de langue fumée, des poires de Crassane, un pavé de Pont-l'Evêque, des petits fours et une tasse pleine de cornichons et d'oignons au vinaigre, Boule de suif, comme toutes les femmes, adorant les crudités.

On ne pouvait manger les provisions de cette fille sans lui parler. Donc on causa, avec réserve d'abord, puis, comme elle se tenait fort bien, on s'abandonna davantage. Mmes de Bréville et Carré-Lamadon, qui avaient un grand savoir-vivre, se firent gracieuses avec délicatesse. La comtesse surtout montra cette condescendance aimable des très nobles dames qu'aucun contact ne peut salir, et fut charmante. Mais la forte Mme Loiseau, qui avait une âme de gendarme, resta revêche, parlant peu et mangeant beaucoup.

On s'entretint de la guerre, naturellement. On raconta des faits horribles des Prussiens, des traits de bravoure des Français; et tous ces gens qui fuyaient rendirent hommage au courage des autres. Les histoires personnelles commencèrent bientôt, et Boule de suif raconta, avec une émotion vraie, avec cette chaleur de parole qu'ont parfois les filles pour exprimer leurs emportements naturels, comment elle avait quitté Rouen :

"J'ai cru d'abord que je pourrais rester, disait-elle. J'avais ma maison pleine de provisions, et j'aimais mieux nourrir quelques soldats que m'expatrier je ne sais où. Mais quand je les ai vus, ces Prussiens, ce fut plus fort que moi! Ils m'ont tourné le sang de colère; et j'ai pleuré de honte toute la journée. Oh! si j'étais un homme, allez! Je les regardais de ma fenêtre, ces gros porcs avec leur casque à pointe, et ma bonne me tenait les mains pour m'empêcher de leur jeter mon mobilier sur le dos. Puis il en est venu pour loger chez moi; alors j'ai sauté à la gorge du premier. Ils ne sont pas plus difficiles à étrangler que d'autres! Et je l'aurais terminé, celui-là, si l'on ne m'avait pas tirée par les cheveux. Il a fallu me cacher après ça. Enfin, quand j'ai trouvé une occasion, je suis partie, et me voici."

On la félicita beaucoup. Elle grandissait dans l'estime de ses compagnons qui ne s'étaient pas montrés si crânes; et Cornudet, en l'écoutant, gardait un sourire approbateur et bienveillant d'apôtre; de même un prêtre entend un dévot louer Dieu, car les démocrates à longue barbe ont le monopole du patriotisme comme les hommes en soutane ont celui de la religion. Il parla à son tour d'un ton doctrinaire, avec l'emphase apprise dans les proclamations qu'on collait chaque jour aux murs, et il finit par un morceau d'éloquence où il étrillait magistralement cette "crapule de Badinguet".

Mais Boule de suif aussitôt se fâcha, car elle était bonapartiste. Elle devenait plus rouge qu'une guigne, et, bégayant d'indignation:

"J'aurais bien voulu vous voir à sa place, vous autres. Ca aurait été du propre, ah oui! C'est vous qui l'avez trahi, cet homme! On n'aurait plus qu'à quitter la France si l'on était gouverné par des polissons comme vous!"

Cornudet, impassible, gardait un sourire dédaigneux et supérieur; mais on sentait que les gros mots allaient arriver quand le comte s'interposa et calma, non sans peine, la fille exaspérée, en proclamant avec autorité que toutes les opinions sincères étaient respectables. Cependant la comtesse et la manufacturière, qui avaient dans l'âme la haine irraisonnée des gens comme il faut pour la République, et cette instinctive tendresse que nourrissent toutes les femmes pour les gouvernements à panache et despotiques, se sentaient, malgré elles, attirées vers cette prostituée pleine de dignité, dont les sentiments ressemblaient si fort aux leurs.

Le panier était vide. A dix on l'avait tari sans peine, en regrettant qu'il ne fût pas plus grand. La conversation continua quelque temps, un peu refroidie néanmoins depuis qu'on avait fini de manger.

La nuit tombait, l'obscurité peu à peu devint profonde, et le froid, plus sensible pendant les digestions, faisait frissonner Boule de suif, malgré sa graisse. Alors Mme de Bréville lui proposa sa chaufferette dont le charbon, depuis le matin, avait été plusieurs fois renouvelé, et l'autre accepta tout de suite car elle se sentait les pieds gelés. Mme Carré-Lamadon et Loiseau donnèrent les leurs aux religieuses.

Le cocher avait allumé ses lanternes. Elles éclairaient d'une lueur vive un nuage de buée au-dessus de la croupe en sueur des timoniers, et, des deux côtés de la route, la neige qui semblait se dérouler sous le reflet mobile des lumières.

On ne distinguait plus rien dans la voiture; mais tout à coup un mouvement se fit entre Boule de suif et Cornudet; et Loiseau, dont l'oeil fouillait l'ombre, crut voir l'homme à la grande barbe s'écarter vivement comme s'il eût reçu quelque bon coup lancé sans bruit.

Des petits points de feu parurent en avant sur la route. C'était Tôtes. On avait marché onze heures, ce qui, avec les deux heures de repos laissées en quatre fois aux chevaux pour manger l'avoine et souffler, faisait quatorze. On entra dans le bourg, et devant l'hôtel du Commerce on s'arrêta.

La portière s'ouvrit. Un bruit bien connu fit tressaillir tous les voyageurs: c'étaient les heurts d'un fourreau de sabre sur le sol. Aussitôt la voix d'un Allemand cria quelque chose.

 Aunque la diligencia estaba inmóvil, nadie se apeaba, como si temieran ser asesinados a la salida. Entonces el conductor apareció llevando en la mano una de las linternas, que iluminó súbitamente hasta el fondo del coche las dos hileras de cabezas aterra das, cuyas bocas estaban abiertas y los ojos muy abiertos de sorpresa y de espanto.

Junto al cochero se hallaba, en plena luz un oficial alemán, un gran muchacho excesivamente delgado y rubio, apretado en su uniforme como una mujer en un corsé y llevando ladeada su gorra chata y lustrosa que lo hacía parecerse al mensajero de un hotel inglés. Su desmesurado bigote de largos pelos lacios, adelgazándose indefinidamente de cada lado y terminado por un solo hilo rubio tan delgado que no se veía el fin, parecía pesar sobre las comisuras de su boca, y estirando la mejilla imprimía a los labios una arruga en descenso.

En un francés con acento invitó a los viajeros a que salieran, diciendo en tono seco:

-¿Quieren "pajar", señores y señoras?

Las dos hermanitas fueron las primeras en obe decer con una docilidad de santas mujeres acostumbradas a todas las sumisiones. El conde y la condesa aparecieron después, seguidos por el manufacturero y su mujer; luego Loiseau, empujando ante él a su gran mitad. Éste, apeándose, dijo al oficial: "Buenos días, señor", por un sentimiento de prudencia más que por cortesía. El otro, insolente como las personas omnipotentes, lo miró sin contestar.

Bola de Sebo y Cornudet, aunque estaban cerca de la puerta, fueron los últimos en bajar, graves y altivos ante el enemigo. La muchacha gorda trataba de dominarse y de estar serena; el demócrata ator mentaba con una mano crispada y un poco temblo­rosa su larga barba rojiza. Querían conservar la dignidad, comprendiendo que en esos encuentros cada uno representa un poco a su país; e igualmen te sublevados por la flexibilidad de sus compañeros, ella intentaba mostrarse más altanera que sus veci nas, las mujeres honradas, en tanto él, sintiendo que debía dar el ejemplo, continuaba con su actitud la misión de resistencia empezada en los baches de los caminos.

Entraron en la vasta cocina de la posada, y el alemán, habiéndose hecho presentar la autorización de partida firmada por el general en jefe y en donde estaban mencionados los nombres, la filiación y la profesión de cada viajero, examinó largamente a todo ese mundo, comparando a las personas con los informes escritos.

Luego dijo bruscamente:

-Están bien. -Y desapareció.

Entonces respiraron. Todavía tenían hambre; encargaron la comida. Era necesaria una media hora para prepararla, y mientras dos sirvientas se ocupa ban de ella, fueron a visitar las habitaciones. Daban todas a un largo corredor que terminaba en una puerta con cristales marcada con un número suges tivo.

Por fin iban a sentarse a la mesa cuando apare ció el patrón de la posada. Era un antiguo vendedor de caballos, un gordo asmático que tenía siempre silbidos, ronqueras, cantos de flemas en la laringe. Su padre le había transmitido el nombre de Fo llenvie.

Preguntó:

-¿La señorita Elisabeth Rousset?

Bola de Sebo se estremeció; se volvió:

-Soy yo.

-Señorita, el oficial prusiano quiere hablarle inmediatamente.

-¿A mí?

-Sí, si usted es la señorita Elisabeth Rousset.

Ella se turbó; reflexionó un segundo; luego declaró abiertamente:

-Es posible, pero no iré.

Hubo una agitación a su alrededor. Cada cual discutía, buscaba la causa de esa orden. El conde se acercó:

-Hace mal, señora, pues su rechazo puede traer considerables dificultades, no solamente para usted, sino para todos sus compañeros. Nunca hay que oponerse a los más fuertes. Seguramente, este paso no puede entrañar ningún peligro; sin duda, es para alguna formalidad olvidada.

Todo el mundo se unió a él; le rogaron, la instaron, la sermonearon, y terminaron por convencerla, pues todos temían las complicaciones que podrían resultar de un capricho. Al fin ella dijo:

-Es por ustedes que lo hago, ¡seguro!

La condesa le tomó la mano:

-Y se lo agradecemos.

Salió. La esperaron para sentarse a la mesa.    Cada cual se desolaba de no haber sido requerido en lugar de esa muchacha violenta e irascible, y preparaba mentalmente bajezas para el caso de ser llamado a su vez.

Pero al cabo de diez minutos ella reapareció, resoplando, roja como si fuera a estallar, exasperada. Balbuceó:

-¡Oh, el canalla, el canalla!

Todos la rodearon para saber, pero ella no dijo nada; y como el conde insistía, respondió con una gran dignidad:

-No, esto no les incumbe, no puedo hablar.    

Entonces se sentaron alrededor de una gran sopera de la cual salía un aroma de repollo. A pesar de ese alerta, la comida fue alegre. Era buena la sidra que el matrimonio Loiseau y las hermanitas tomaron por economía. Los demás pidieron vino; Cornudet reclamó cerveza. Tenía una manera particular de destapar las botellas, de hacer espumar el líquido, de considerarlo inclinando el vaso, que luego levan taba entre la lámpara y sus ojos para apreciar bien el color. Cuando bebía, su gran barba, que había tomado el tono de su amado brebaje, parecía estre mecerse de ternura; sus ojos bizqueaban para no perder de vista su chop y parecía llenar la única función para la cual había nacido. Parecía que establecía en su espíritu un acercamiento, y como una afinidad entre las dos grandes pasiones que ocupa ban toda su vida: el Pale Ale y la Revolución, y seguramente no podía saborear el uno sin pensar en la otra.

El señor y la señora Follenvie comían en un extremo de la mesa. El hombre, jadeando como una locomotora gastada, tenía demasiado tiraje en el pecho para poder hablar mientras comía; pero la mujer no callaba nunca. Contó todas sus impresiones de la llegada de los prusianos, lo que hacían, lo que decían, aborreciéndolos, primeramente porque le costaban dinero, y además porque tenía dos hijos en el ejército. Se dirigía siempre a la condesa halaga da de conversar con una señora de su calidad.

Luego bajaba la voz para decir las cosas delicadas, y su marido, de tiempo en tiempo, la interrumpía:

-Harías mejor en callarte, señora Follenvie.     

Pero ella no lo tomaba en cuenta y continuaba:

-Sí, señora, esta gente no hace sino comer papas y cerdo. No hay que creer que son limpios. ¡Ah, no! Se ensucian por todos lados, perdone la palabra. Y si los viera hacer ejercicios durante horas y días... Están allí todos en un campo; y marcha adelante y marcha atrás, y vuelta para aquí y vuelta para allí. ¡Si cultivaran la tierra, al menos, o si trabajaran en los caminos de su país!... Pero, no señora, ¡estos militares no son provechosos para nadie! El pobre pueblo los alimenta para que aprendan a asesinar. Yo no soy sino una pobre mujer, una vieja sin educación, es verdad, pero al ver que se estropean el carácter en patear de la mañana a la noche, me digo: "¡Cuando hay personas que hacen tantos descubrimientos para ser útiles, es necesario que otros se den tanto trabajo para ser nocivos! Verdaderamente, ¿no es una abominación matar gente, sean prusianos, o bien ingleses, o bien polacos o franceses?" Si uno se venga de alguien que lo ha perjudicado está mal, puesto que lo condenan; pero cuando exterminan a nuestros muchachos como pre sas de caza, con fusiles, está bien, puesto que dan condecoraciones al que destruye más. No, créame usted, ¡nunca comprenderé esto!

Cornudet alzó la voz:

-La guerra es un acto de barbarie cuando se ataca a un vecino apacible; es un deber sagrado cuando se defiende a la patria.

La vieja bajó la cabeza:

-Sí, cuando uno se defiende es otra cosa, pero no sería mejor matar a todos los reyes que hacen eso por placer?

La mirada de Cornudet se inflamó.

-¡Bravo, ciudadana! -dijo.

El señor Carré-Lamadon reflexionaba profundamente. Aunque era un fanático de los ilustres capitanes, el sentido común de esa campesina le hacía pensar en la opulencia que traerían a un país tantos brazos desocupados, y por consiguiente rui nosos; tantas fuerzas que se mantienen improductivas, si se emplearan en los grandes trabajos indus triales que haría falta siglos para terminar.

El señor Loiseau, levantóse y fue a hablar en voz baja con el posadero. El gordo reía, tosía, escupía; su enorme abdomen saltaba de alegría al oír las bromas de su vecino y le compró seis toneles de bordeaux para la primavera cuando los prusianos ya se hubiesen ido.

En cuanto hubieron terminado de comer, como estaban rendidos de cansancio, se acostaron. Sin embargo, Loiseau, que había observado las cosas, mandó a su mujer a la cama, y luego pegó, ora una oreja, ora un ojo, al agujero de la cerradura para tratar de descubrir lo que él llamaba "el misterio del corredor".

Al cabo de una hora, más o menos, oyó un crujido, miró rápidamente y vio a Bola de Sebo, que parecía más gorda todavía bajo su batón de casimir azul ribeteado de puntillas blancas. Llevaba un can delero en la mano y se dirigía hacia el gran número al fondo del corredor. Pero una puerta, al lado, se entreabrió, y cuando ella volvió al cabo de algunos minutos, Cornudet, en camiseta, la seguía. Habla ban en voz baja; luego se detuvieron, Bola de Sebo parecía defender la entrada de su cuarto con energía. Loiseau, desgraciadamente, no oía las palabras, pero al fin, como alzaban la voz, pudo atrapar algunas. Cornudet insistía con vivacidad. Decía:

-Vamos, no sea tonta; ;qué le importa?

Ella parecía indignada, y contestó:

-No, hijo; hay momentos en que esas cosas no se hacen; y además, aquí sería una vergüenza.

Él no comprendía, sin duda, y preguntó por qué. Entonces ella se enojó, alzando aún más el tono:

-¿Por qué? ¿No comprende por qué? ¿Cuándo hay prusianos en la casa, en el cuarto de al lado, quizá?

Él se calló. Ese pudor patriótico de ramera que no se dejaba acariciar cerca del enemigo; debió de despertar en su corazón la dignidad desfalleciente, pues después de haberla besado, volvió a su cuarto de puntillas.

Loiseau, muy encendido, se alejó de la cerradu ra, hizo una cabriola en su cuarto; se puso su madrás, alzó la sábana bajo la cual yacía el duro esqueleto de su compañera, a quien despertó con un beso, y murmuró:

-¿Me quieres, querida?

Entonces toda la casa quedó silenciosa. Pero pronto se alzó en algún lado, en una dirección indeterminada que podía ser lo mismo la bodega que el altillo, un ronquido poderoso, monótono, regular, un ruido sordo y prolongado con temblores de caldera con presión. El señor Follenvie dormía.

Como había quedado decidido que saldrían al día siguiente a las ocho, todo el mundo se juntó en la cocina; pero el coche, cuya capota tenía un estrato de nieve, se erguía solitario en medio del patio, sin caballos y sin conductor. Buscaron en vano a este último en las caballerizas, en los forrajes, en las cocheras. Entonces todos los hombres resolvieron hacer una batida por el pueblo y salieron. Se encon traron en la plaza con la iglesia al fondo, y de ambos lados, casas bajas donde se veían soldados prusianos. El primero que vieron pelaba papas. El segundo, más lejos, lavaba el negocio de un peluquero. Otro barbudo hasta los ojos, besaba a un chiquilín que lloraba y lo acunaba sobre sus rodillas para tratar de calmarlo; y las fornidas campesinas, cuyos hombres estaban en "el ejército de la guerra", indicaban por señales a sus obedientes vencedores el trabajo que debían comenzar: cortar madera, preparar la sopa, moler el café; uno de ellos lavaba la ropa de la dueña de casa, una vieja inválida.

El conde, asombrado, interrogó al bedel, que salía del presbiterio. El viejo guardián de la iglesia le contestó:

-¡Ah, éstos no son malos, no son prusianos!, según se dice. Son de más lejos; no sé bien de dónde, y todos han dejado una mujer y chicos en su país; no les divierte la guerra, ¡vaya! Estoy seguro de que allá también se llora por los hombres; y esto traerá una linda miseria allá como entre nosotros. Aquí no somos muy desgraciados por el momento, porque no nos hacen ningún mal y trabajan como si estuvie ran en sus casas. ¿Comprende, señor? Entre los pobres hay que ayudarse... Son los poderosos quie nes hacen la guerra.

Cornudet, indignado por el entendimiento cordial establecido entre los vencedores y los vencidos, se retiró, prefiriendo encerrarse en la posada.

Loiseau dijo una palabra chistosa: "Repueblan". El señor Carré-Lamadon dijo una palabra grave: "Re-paran". Pero no encontraban al cochero. Por fin, lo descubrieron en el café del pueblo, sentado frater nalmente a una mesa con el ordenanza del oficial. El conde le interpeló:

-¿No le habían dado orden de enganchar para las ocho?

-Ah, sí, claro, pero me dieron otra después.

-¿Cuál?

-La de no enganchar.

-¿Quién le ha dado esa orden?

-El comandante prusiano.

-¿Por qué?

-No sé nada. Vaya a preguntárselo. Me prohíben enganchar, yo no engancho. Ya está.         

-¿Él mismo le ha dicho eso?

-No, señor, es el hotelero que me ha dado la orden de su parte.

-¿Cuándo?

-Anoche, cuando iba a acostarme.

Los tres hombres volvieron muy inquietos.      

Mandaron llamar al señor Follenvie, pero la sirvienta contestó que el señor, a causa de su asma, no se levantaba nunca antes de las diez. Había prohibido formalmente que se le despertara más temprano, excepto en caso de incendio.

Quisieron ver al oficial, pero eso era absoluta mente imposible, aunque vivía en la posada. Sola mente el señor Follenvie estaba autorizado a hablarle para los asuntos civiles. Entonces esperaron. Las mujeres subieron a sus cuartos y se ocuparon en futilezas.

Cornudet se instaló junto a la alta chimenea de la cocina, donde ardía un gran fuego. Se hizo traer allí una de las mesillas del café, una copa, y sacó su pipa, que gozaba entre los demócratas de una cons deración casi igual a la suya, como si sirviera a la patria, sirviendo a Carnudet. Era una espléndida pipa de espuma admirablemente curada, tan negra como los dientes de su dueño, pero perfumada, curva, reluciente, acostumbrada a su mano y com­plemento de su fisonomía. Permaneció inmóvil, los ojos fijos tan pronto en la llama del hogar, tan pronto en la espuma que coronaba su chop; y cada vez que había bebido pasaba con un aire satisfecho sus largos dedos flacos por sus largos cabellos grasientos mientras chupaba sus bigotes ribeteados de espuma.

Loiseau, bajo el pretexto de estirar las piernas, fue a colocar sus vinos entre los compradores del país. El conde y el manufacturero se pusieron a hablar de política. Preveían el porvenir de Francia. El uno creía en los Orleáns; el otro en un salvador desconocido, un héroe que se revelaría cuando todo pareciera desesperado: ¿un du Guesclín, una Juana de Arco, quizá? ¿U otro Napoleón I? ¡Ah, si el príncipe imperial no fuera tan joven!... Cornudet, escuchándolo, sonreía como hombre que sabe la palabra del destino. Su pipa perfumaba la cocina.

Al dar las diez, el señor Follenvie apareció. Lo interrogaron bien pronto; pero sólo pudo repetir dos o tres veces, sin una variante, estas palabras:

-El oficial me dijo así: "Señor Follenvie, usted prohibirá que enganchen mañana el coche de esos viajeros. No quiero que salgan sin mi orden. ¿Oye? Esto basta".

Entonces quisieron ver al oficial. El conde le mandó su tarjeta en la cual el señor Carré-Lamadon agregó su nombre y todos sus títulos. El prusiano mandó contestar que aceptaría hablar con esos dos hombres luego de haber almorzado, es decir, alrede dor de la una.

Las señoras reaparecieron y comieron un poco a pesar de la inquietud. Bola de Sebo parecía enferma y visiblemente turbada.

Acababan de tomar el café cuando el ordenanza vino a buscar a los señores.

 Bien que la diligence fût immobile, personne ne descendait, comme si l'on se fût attendu à être massacré à la sortie. Alors le conducteur apparut, tenant à la main une de ses lanternes, qui éclaira subitement jusqu'au fond de la voiture les deux rangs de têtes effarées, dont les bouches étaient ouvertes et les yeux écarquillés de surprise et d'épouvante.

A côté du cocher se tenait, en pleine lumière, un officier allemand, un grand jeune homme excessivement mince et blond, serré dans son uniforme comme une fille en son corset, et portant sur le côté sa casquette plate et cirée qui le faisait ressembler au chasseur d'un hôtel anglais. Sa moustache démesurée, à longs poils droits, s'amincissant indéfiniment de chaque côté et terminée par un seul fil blond, si mince qu'on n'en apercevait pas la fin, semblait peser sur les coins de sa bouche, et, tirant la joue, imprimait aux lèvres un pli tombant.

Il invita en français d'Alsacien les voyageurs à sortir, disant d'un ton raide:

"Foulez-vous descendre, Messieurs et Dames?"

Les deux bonnes soeurs obéirent les premières avec une docilité de saintes filles habituées à toutes les soumissions. Le comte et la comtesse parurent ensuite, suivis du manufacturier et de sa femme, puis de Loiseau poussant devant lui sa grande moitié. Celui-ci, en mettant pied à terre, dit à l'officier: "Bonjour, Monsieur", par un sentiment de prudence bien plus que de politesse. L'autre, insolent comme les gens tout-puissants, le regarda sans répondre.

Boule de suif et Cornudet, bien que près de la portière, descendirent les derniers, graves et hautains devant l'ennemi. La grosse fille tâchait de se dominer et d'être calme: le démoc tourmentait d'une main tragique et un peu tremblante sa longue barbe roussâtre. Ils voulaient garder de la dignité, comprenant qu'en ces rencontres-là chacun représente un peu son pays; et, pareillement révoltés par la souplesse de leurs compagnons, elle tâchait de se montrer plus fière que ses voisines, les femmes honnêtes, tandis que lui, sentant bien qu'il devait l'exemple, continuait en toute son attitude sa mission de résistance commencée au défoncement des routes.

On entra dans la vaste cuisine de l'auberge, et l'Allemand, s'étant fait présenter l'autorisation de départ signée par le général en chef et où étaient mentionnés les noms, le signalement et la profession de chaque voyageur, examina longuement tout ce monde, comparant les personnes aux renseignements écrits.

Puis il dit brusquement:

"C'est pien", et il disparut.

Alors on respira. On avait faim encore; le souper fut commandé. Une demi-heure était nécessaire pour l'apprêter; et, pendant que deux servantes avaient l'air de s'en occuper, on alla visiter les chambres. Elles se trouvaient toutes dans un long couloir que terminait une porte vitrée marquée d'un numéro parlant.

Enfin on allait se mettre à table, quand le patron de l'auberge parut lui-même. C'était un ancien marchand de chevaux, un gros homme asthmatique qui avait toujours des sifflements, des enrouements, des chants de glaires dans le larynx. Son père lui avait transmis le nom de Follenvie.

Il demanda:

"Mademoiselle Elisabeth Rousset?"

Boule de suif tressaillit, se retourna:

"C'est moi.

- Mademoiselle, l'officier prussien veut vous parler immédiatement.

- A moi?

- Oui, si vous êtes bien Mlle Elisabeth Rousset."

Elle se troubla, réfléchit une seconde, puis déclara carrément:

"C'est possible, mais je n'irai pas."

Un mouvement se fit autour d'elle; chacun discutait, cherchait la cause de cet ordre. Le comte s'approcha:

"Vous avez tort, Madame, car votre refus peut amener des difficultés considérables, non seulement pour vous, mais même pour tous vos compagnons. Il ne faut jamais résister aux gens qui sont les plus forts. Cette démarche assurément ne peut présenter aucun danger: c'est sans doute pour quelque formalité oubliée."

Tout le monde se joignit à lui, on la pria, on la pressa, on la sermonna, et l'on finit par la convaincre; car tous redoutaient les complications qui pourraient résulter d'un coup de tête. Elle dit enfin:

"C'est pour vous que je le fais, bien sûr!"

La comtesse lui prit la main:

"Et nous vous en remercions."

Elle sortit. On l'attendit pour se mettre à table. Chacun se désolait de n'avoir pas été demandé à la place de cette fille violente et irascible, et préparait mentalement des platitudes pour le cas où on l'appellerait à son tour.

Mais au bout de dix minutes elle reparut, soufflant, rouge à suffoquer, exaspérée. Elle balbutiait:

"Oh la canaille! la canaille!"

Tous s'empressaient pour savoir, mais elle ne dit rien; et, comme le comte insistait, elle répondit avec une grande dignité:

"Non, cela ne vous regarde pas, je ne peux pas parler."

Alors on s'assit autour d'une haute soupière d'où sortait un parfum de choux. Malgré cette alerte, le souper fut gai. Le cidre était bon, le ménage Loiseau et les bonnes soeurs en prirent, par économie. Les autres demandèrent du vin; Cornudet réclama de la bière. Il avait une façon particulière de déboucher la bouteille, de faire mousser le liquide, de le considérer en penchant le verre, qu'il élevait ensuite entre la lampe et son oeil pour bien apprécier la couleur. Quand il buvait, sa grande barbe, qui avait gardé la nuance de son breuvage aimé, semblait tressaillir de tendresse; ses yeux louchaient pour ne point perdre de vue sa chope, et il avait l'air de remplir l'unique fonction pour laquelle il était né. On eût dit qu'il établissait en son esprit un rapprochement et comme une affinité entre les deux grandes passions qui occupaient toute sa vie: le Pale-Ale et la Révolution; et assurément il ne pouvait déguster l'un sans songer à l'autre.

M. et Mme Follenvie dînaient tout au bout de la table. L'homme, râlant comme une locomotive crevée, avait trop de tirage dans la poitrine pour pouvoir parler en mangeant; mais la femme ne se taisait jamais. Elle raconta toutes ses impressions à l'arrivée des Prussiens, ce qu'ils faisaient. ce qu'ils disaient, les exécrant, d'abord, parce qu'ils lui coûtaient de l'argent, et, ensuite, parce qu'elle avait deux fils à l'armée. Elle s'adressait surtout à la comtesse, flattée de causer avec une dame de qualité.

Puis elle baissait la voix pour dire les choses délicates, et son mari de temps en temps, l'interrompait:

"Tu ferais mieux de te taire, madame Follenvie."

Mais elle n'en tenait aucun compte, et continuait:

"Oui, Madame, ces gens-là, ça ne fait que manger des pommes de terre et du cochon, et puis du cochon et des pommes de terre. Et il ne faut pas croire qu'ils sont propres. Oh non! Ils ordurent partout, sauf le respect que je vous dois. Et si vous les voyiez faire l'exercice pendant des heures et des jours; ils sont là tous dans un champ: Et marche en avant, et marche en arrière, et tourne par-ci, et tourne par-là. S'ils cultivaient la terre au moins, ou s'ils travaillaient aux routes dans leur pays! Mais non, Madame, ces militaires, ça n'est profitable à personne! Faut-il que le pauvre peuple les nourrisse pour n'apprendre rien qu'à massacrer! Je ne suis qu'une vieille femme sans éducation, c'est vrai, mais en les voyant qui s'esquintent le tempérament à piétiner du matin au soir, je me dis: Quand il y a des gens qui font tant de découvertes pour être utiles, faut-il que d'autres se donnent tant de mal pour être nuisibles! Vraiment, n'est-ce pas une abomination de tuer des gens, qu'ils soient prussiens, ou bien anglais, ou bien polonais, ou bien français? Si l'on se revenge sur quelqu'un qui vous a fait tort, c'est mal, puisqu'on vous condamne; mais quand on extermine nos garçons comme du gibier, avec des fusils, c'est donc bien, puisqu'on donne des décorations à celui qui en détruit le plus? Non, voyez-vous, je ne comprendrai jamais ça!"

Cornudet éleva la voix:

"La guerre est une barbarie quand on attaque un voisin paisible; c'est un devoir sacré quand on défend la patrie."

La vieille femme baissa la tête:

"Oui, quand on se défend, c'est autre chose; mais si l'on ne devrait pas plutôt tuer tous les rois qui font ça pour leur plaisir?"

L'oeil de Cornudet s'enflamma:

"Bravo, citoyenne", dit-il.

M. Carré-Lamadon réfléchissait profondément. Bien qu'il fût fanatique des illustres capitaines, le bon sens de cette paysanne le faisait songer à l'opulence qu'apporteraient dans un pays tant de bras inoccupés et par conséquent ruineux, tant de forces qu'on entretient improductives, si on les employait aux grands travaux industriels qu'il faudra des siècles pour achever.

Mais Loiseau, quittant sa place, alla causer tout bas avec l'aubergiste. Le gros homme riait, toussait, crachait; son énorme ventre sautillait de joie aux plaisanteries de son voisin, et il lui acheta six feuillettes de bordeaux pour le printemps, quand les Prussiens seraient partis.

Le souper à peine achevé, comme on était brisé de fatigue, on se coucha. Cependant Loiseau, qui avait observé les choses, fit mettre au lit son épouse, puis colla tantôt son oreille et tantôt son oeil au trou de la serrure, pour tâcher de découvrir ce qu'il appelait: "les mystères du corridor".

Au bout d'une heure environ, il entendit un frôlement, regarda bien vite, et aperçut Boule de suif qui paraissait plus replète encore sous un peignoir de cachemire bleu, bordé de dentelles blanches. Elle tenait un bougeoir à la main et se dirigeait vers le gros numéro tout au fond du couloir. Mais une porte, à côté, s'entrouvrit, et, quand elle revint au bout de quelques minutes, Cornudet, en bretelles, la suivait. Ils parlaient bas, puis ils s'arrêtèrent. Boule de suif semblait défendre l'entrée de sa chambre avec énergie. Loiseau, malheureusement, n'entendait pas les paroles, mais, à la fin, comme ils élevaient la voix, il put en saisir quelques-unes. Cornudet insistait avec vivacité. Il disait:

"Voyons, vous êtes bête, qu'est-ce que ça vous fait?"

Elle avait l'air indigné et répondit:

"Non, mon cher, il y a des moments où ces choses-là ne se font pas; et puis, ici, ce serait une honte."

Il ne comprenait point, sans doute, et demanda pourquoi. Alors elle s'emporta, élevant encore le ton:

"Pourquoi? Vous ne comprenez pas pourquoi? Quand il y a des Prussiens dans la maison, dans la chambre à côté peut-être?"

Il se tut. Cette pudeur patriotique de catin qui ne se laissait point caresser près de l'ennemi dut réveiller en son coeur sa dignité défaillante, car, après l'avoir seulement embrassée, il regagna sa porte à pas de loup.

Loiseau, très allumé, quitta la serrure, battit un entrechat dans sa chambre, mit son madras, souleva le drap sous lequel gisait la dure carcasse de sa compagne qu'il réveilla d'un baiser en murmurant :

"M'aimes-tu, chérie?"

Alors toute la maison devint silencieuse. Mais bientôt s'éleva quelque part, dans une direction indéterminée qui pouvait être la cave aussi bien que le grenier, un ronflement puissant, monotone, régulier, un bruit sourd et prolongé, avec des tremblements de chaudière sous pression. M. Follenvie dormait.

Comme on avait décidé qu'on partirait à huit heures le lendemain, tout le monde se trouva dans la cuisine; mais la voiture, dont la bâche avait un toit de neige, se dressait solitaire au milieu de la cour, sans chevaux et sans conducteur. On chercha en vain celui-ci dans les écuries, dans les fourrages, dans les remises. Alors tous les hommes se résolurent à battre le pays et ils sortirent. Ils se trouvèrent sur la place, avec l'église au fond et, des deux côtés, des maisons basses où l'on apercevait des soldats prussiens. Le premier qu'ils virent épluchait des pommes de terre. Le second, plus loin, lavait la boutique du coiffeur. Un autre, barbu jusqu'aux yeux, embrassait un mioche qui pleurait et le berçait sur ses genoux pour tâcher de l'apaiser; et les grosses paysannes dont les hommes étaient à "l'armée de la guerre", indiquaient par signes à leurs vainqueurs obéissants le travail qu'il fallait entreprendre: fendre du bois, tremper la soupe, moudre le café; un d'eux même lavait le linge de son hôtesse, une aïeule tout impotente.

Le comte, étonné, interrogea le bedeau qui sortait du presbytère. Le vieux rat d'église lui répondit:

"Oh! ceux-là ne sont pas méchants: c'est pas des Prussiens à ce qu'on dit. Ils sont de plus loin, je ne sais pas bien d'où; et ils ont tous laissé une femme et des enfants au pays; ça ne les amuse pas, la guerre, allez! Je suis sûr qu'on pleure bien aussi là-bas après les hommes; et ça fournira une fameuse misère chez eux comme chez nous. Ici, encore, on n'est pas trop malheureux pour le moment, parce qu'ils ne font pas de mal et qu'ils travaillent comme s'ils étaient dans leurs maisons. Voyez-vous, Monsieur, entre pauvres gens, faut bien qu'on s'aide... C'est les grands qui font la guerre."

Cornudet, indigné de l'entente cordiale établie entre les vainqueurs et les vaincus, se retira, préférant s'enfermer dans 1'auberge.

Loiseau eut un mot pour rire: "Ils repeuplent." M. Carré-Lamadon eut un mot grave: "Ils réparent." Mais on ne trouvait pas le cocher. A la fin on le découvrit dans le café du village attablé fraternellement avec l'ordonnance de l'officier. Le comte l'interpella:

"Ne vous avait-on pas donné l'ordre d'atteler pour huit heures?

- Ah bien oui, mais on m'en a donné un autre depuis.

- Lequel?

- De ne pas atteler du tout.

- Qui vous a donné cet ordre?

- Ma foi! le commandant prussien.

- Pourquoi?

- Je n'en sais rien. Allez lui demander. On me défend d'atteler, moi je n'attelle pas. Voilà.

- C'est lui-même qui vous a dit cela?

- Non, Monsieur: c'est l'aubergiste qui m'a donné l'ordre de sa part.

- Quand ça?

- Hier soir, comme j'allais me coucher."

Les trois hommes rentrèrent fort inquiets.

On demanda M. Follenvie, mais la servante répondit que Monsieur, à cause de son asthme, ne se levait jamais avant dix heures. Il avait même formellement défendu de le réveiller plus tôt, excepté en cas d'incendie.

On voulut voir l'officier, mais cela était impossible absolument, bien qu'il logeât dans l'auberge. M. Follenvie seul était autorisé à lui parler pour les affaires civiles. Alors on attendit. Les femmes remontèrent dans leurs chambres, et des futilités les occupèrent.

Cornudet s'installa sous la haute cheminée de la cuisine, où flambait un grand feu. Il se fit apporter là une des petites tables du café, une canette, et il tira sa pipe qui jouissait parmi les démocrates d'une considération presque égale à la sienne, comme si elle avait servi la patrie en servant à Cornudet. C'était une superbe pipe en écume admirablement culottée, aussi noire que les dents de son maître, mais parfumée, recourbée, luisante, familière à sa main, et complétant sa physionomie. Et il demeura immobile, les yeux tantôt fixés sur la flamme du foyer, tantôt sur la mousse qui couronnait sa chope; et chaque fois qu'il avait bu, il passait d'un air satisfait ses longs doigts maigres dans ses longs cheveux gras, pendant qu'il humait sa moustache frangée d'écume.

Loiseau, sous prétexte de se dégourdir les jambes, alla placer du vin aux débitants du pays. Le comte et le manufacturier se mirent à causer politique. Ils prévoyaient l'avenir de la France. L'un croyait aux d'Orléans, l'autre à un sauveur inconnu, un héros qui se révélerait quand tout serait désespéré: un Du Guesclin, une Jeanne d'Arc peut-être? ou un autre Napoléon Ier? Ah! si le prince impérial n'était pas si jeune! Cornudet, les écoutant, souriait en homme qui sait le mot des destinées. Sa pipe embaumait la cuisine.

Comme dix heures sonnaient, M. Follenvie parut. On l'interrogea bien vite; mais il ne put que répéter deux ou trois fois, sans une variante, ces paroles:

"L'officier m'a dit comme ça: "Monsieur Follenvie, vous défendrez qu'on attelle demain la voiture de ces voyageurs. Je ne veux pas qu'ils partent sans mon ordre. Vous entendez. Ca suffit."

Alors on voulut voir l'officier. Le comte lui envoya sa carte où M. Carré-Lamadon ajouta son nom et tous ses titres. Le Prussien fit répondre qu'il admettrait ces deux hommes à lui parler quand il aurait déjeuné, c'est-à-dire vers une heure.

Les dames reparurent et l'on mangea quelque peu, malgré l'inquiétude. Boule de suif semblait malade et prodigieusement troublée.

On achevait le café quand l'ordonnance vint chercher ces messieurs.

 Loiseau se unió a los dos primeros; pero como intentaban arrastrar a Cornudet para dar más solemnidad a la entrevista, éste declaró altivamente que esperaba no tener nunca cuestiones con los alema­nes. Y volvió a su chimenea pidiendo otra cerveza.

Los tres hombres subieron y fueron introduci dos en la más hermosa habitación de la posada, donde los recibió el oficial, tendido en un diván, fumando en una larga pipa de porcelana y envuelto en una bata llameante, escamoteada sin duda en la vivienda abandonada de algún burgués de mal gus to. No se levantó, no los saludó ni siquiera los miró. Era una magnífica muestra de la grosería natural del militar victorioso.

Por fin, al cabo de algunos instantes, dijo:

-¿Qué "quierren"?

El conde tomó la palabra:

-Deseamos partir, señor.

-No.

-¿Osaré preguntarle la causa de esa negativa?

-Porque no "quierro".

-Le haré observar respetuosamente, señor, que su general en jefe nos ha otorgado permiso de partida para llegar a Dieppe; y pienso que nada hemos hecho para merecer sus rigores.

-No "quierro"... Esto es todo... Pueden  “pajar".

Los tres se retiraron, después de haberse incli nado. La tarde fue lamentable. No comprendían el capricho del alemán; y las ideas más extrañas turba ban las cabezas. Todo el mundo estaba en la cocina y se discutía sin cesar, imaginando cosas inverosímiles. Tal vez querían guardarlos como rehenes-pero ¿con qué fin?- o llevarlos prisioneros. ¿O más bien pedirles un rescate considerable? Al pensar en esto, fueron presa de pánico. Los más ricos eran los más aterrados; ya se veían obligados para rescatar sus vidas a volcar bolsas llenas de oro entre las manos de ese soldado insolente. Se devanaban los sesos para descubrir mentiras aceptables, disimular sus rique zas, hacerse pasar por pobres, por muy pobres. Loiseau sacó la cadena de su reloj y la escondió en su bolsillo. La noche que caía aumentó las aprensiones. La lámpara fue encendida, y como aún quedaban dos horas antes de comer, la señora Loiseau propuso una partida de treinta y uno. Sería una distracción. Aceptaron. Hasta Cornudet, que había apagado su pipa por cortesía, tomó parte en ella.

El conde mezcló las barajas. Dio. Bola de Sebo tenía treinta y uno de un golpe; y pronto el interés del partido aplacó el temor que llenaba los espíritus. Pero Cornudet se dio cuenta de que el matrimonio Loiseau se entendía para hacer trampa.

Cuando iban a sentarse a la mesa, el señor Follenvie apareció; y con su voz cascada pronunció:

-El oficial prusiano manda preguntar a la señorita Elisabeth Rousset si aún no ha cambiado de opinión.

Bola de Sebo permaneció de pie, muy pálida. Luego, volviéndose súbitamente escarlata, tuvo tal ahogo de rabia que ya no podía hablar. Por fin estalló:

-¡Le dirá a ese crápula, a ese cochino, a esa carroña de prusiano, que nunca querré! ¿Entiende bien?, ¡jamás, jamás, jamás!

El macizo posadero salió. Entonces Bola de Sebo fue rodeada, interrogada, solicitada por todo el mundo para que revelara el misterio de su visita. Ella se resistió al principio: pero pronto la exaspera ción venció:

-¡Lo que quiere?... ¿Lo que quiere? ¡Quiere acostarse conmigo! -gritó.

A nadie le chocó esa palabra, a tal punto fue la indignación. Cornudet rompió su chop al colocarlo violentamente sobre la mesa. Era un clamor de reprobación contra ese soldado innoble, un soplo de ira, una unión de todos para la resistencia, como si le hubieran pedido a cada uno una parte del sacrificio exigido de ella. El conde declaró con asco que esas gentes se conducían a la manera de los antiguos bárbaros. Las mujeres, sobre todo, demostraron a Bola de Sebo una conmiseración enérgica y acariciadora. Las hermanitas, que sólo aparecían para las comidas, habían bajado la cabeza y no decían nada.

No obstante, cuando se aplacó el primer furor, comieron; pero hablaban poco; pensaban.

Las señoras se retiraron temprano; y los hombres, fumando, organizaron un écarté al cual fue convidado el señor Follenvie, pues tenían la intención de interrogarlo hábilmente sobre los medios que emplear para vencer la resistencia del oficial.

Pero sólo pensaba en sus cartas, sin escuchar nada, sin contestar nada; y repetía sin cesar: "Al juego, señores, al juego". Su atención estaba tan tensa que se olvidaba de escupir, lo que le ponía a veces notas de órgano en el pecho. Sus pulmones silbantes da ban toda la gama del asma, desde las notas graves y profundas hasta los ronquidos agudos de los jóvenes gallos que intentan cantar.

Hasta rehusó subir cuando su mujer, que se caía de sueño, vino a buscarlo. Entonces ella se fue sola, pues era de "la mañana", siempre levantada antes que el sol, mientras su hombre era de "la noche", siempre listo a pasar la noche con amigos. Él le gritó:

-¡Coloca mi caldo de gallina sobre el fuego!     Y volvió a su partida.

Cuando se dieron cuenta de que no podrían sacarle nada, declararon que era hora de irse y cada cual se fue a su cama.

Se levantaron también bastante temprano al día siguiente con una esperanza indeterminada, un deseo más grande de irse, un terror del día que habría que pasar en esa horrible posada.

¡Ay!, los caballos permanecían en la caballeri za, el cochero continuaba invisible. Fueron, por desocupación, a dar vueltas alrededor del coche.

El almuerzo fue muy triste; se había producido como un enfriamiento con respecto a Bola de Sebo, pues la noche, que trae consejo, había modificado un poco los juicios. Estaban casi resentidos ahora con esa muchacha, por no haber ido a buscar secretamente al prusiano a fin de prepararles al despertar una buena sorpresa a sus compañeros. ¿Hay algo más sencillo? Por otra parte, ¿quién lo hubiera sabido? Hubiera podido salvar las apariencias haciendo decir al oficial que se apiadaba de ellos. ¡Para ella eso tenía tan poca importancia! Pero nadie confesaba todavía esos pensamientos.

A la tarde, como se morían de aburrimiento, el conde propuso dar un paseo por los alrededores del pueblo. Cada cual se abrigó con cuidado, y la peque ña compañía partió, a excepción de Cornudet, que prefería permanecer junto al fuego, y de las hermanitas, que pasaban sus días en la iglesia o en casa del cura.

El frío, cada vez más intenso, lastimaba cruel mente la nariz y las orejas; los pies se ponían tan dolorosos que cada paso era un sufrimiento; y cuan do el campo se abrió ante ellos les pareció tan atrozmente lúgubre bajo esa blancura ilimitada que todo el mundo regresó rápidamente con el alma helada y un nudo en el corazón.

Las cuatro mujeres caminaban delante, los tres hombres seguían un poco atrás.

Loiseau, que comprendía la situación, pregun tó de pronto si esa "loca" los haría permanecer por mucho tiempo todavía en un lugar semejante. El conde, siempre cortés, dijo que no se podía exigir de una mujer un sacrificio tan penoso y que debía nacer de ella. El señor Carré-Lamadon hizo notar que si los franceses hacían, como se decía, un regreso ofensivo por Dieppe, el encuentro sólo podía tener lugar en Tótes. Esta reflexión preocupó a los otros.

-¿Si nos escapamos a pie? -dijo Loiseau.

El conde se encogió de hombros.

-Ni pensarlo. ¿Con esta nieve? ¡Con nuestras mujeres? Además, seríamos inmediatamente perseguidos, alcanzados en diez minutos y traídos prisioneros a la merced de los soldados.

Era verdad: callaron.

Las señoras hablaban de vestidos; pero un cierto estiramiento parecía desunirlas.

De pronto, al extremo de la calle, apareció el oficial. Sobre la nieve que cerraba el horizonte perfilaba su gran talle de avispa en uniforme, y caminaba, las rodillas separadas, con ese movimiento parti cular de los militares que se esfuerzan por no ensu ciar sus botas cuidadosamente lustradas.

Se inclinó al pasar junto a las señoras, y miró desdeñosamente a los hombres, que tuvieron, por otra parte, la dignidad de no descubrirse, aunque Loiseau esbozó un ademán para retirar su sombrero.

Bola de Sebo se había puesto roja hasta las orejas; y las tres mujeres casadas sentían una gran humillación al ser vistas por ese soldado en compa ñía de esa mujer a quien había tratado tan libre­mente.

Entonces se habló de él, de su aspecto, de su rostro. La señora Carré-Lamadon, que había conoci do a muchos oficiales y que los juzgaba como exper ta, no lo encontraba nada mal; hasta sentía que no fuera francés, porque sería un lindo húsar por quien todas las mujeres estarían locas.

Una vez de vuelta ya no supieron qué hacer. Hasta cambiaron palabras agrias a propósito de cosas insignificantes. La comida, silenciosa, duró poco, y cada cual subió a acostarse, esperando dormir para matar el tiempo.

Al día siguiente bajaron con el rostro cansado y el corazón exasperado. Las mujeres hablaban apenas con Bola de Sebo.

Una campana repiqueteó. Era para un bautis mo. La muchacha tenía un chico, que vivía con unos campesinos de Yvetot. No lo veía sino una vez al año y nunca pensaba en él; pero la idea de que iban a bautizar le llenó el corazón de una ternura súbita por el suyo, y quiso absolutamente asistir a la cere monia.

En cuanto hubo salido, todo el mundo se miró; luego acercaron las sillas porque sentían que por fin había que decidir algo. Loiseau tuvo una inspiración: su opinión era proponer al oficial que guardara solamente a Bola de Sebo y dejara partir a los demás.    

El señor Follenvie volvió a encargarse del mandado, pero bajó casi en seguida. El alemán, que conocía la naturaleza humana, lo había echado del cuarto. Pretendía retener a todo el mundo mientras su deseo no fuera satisfecho.

Entonces el temperamento vulgar de la señora Loiseau estalló:

-¡Sin embargo, no vamos a morirnos aquí de vejez! ¡Puesto que es el oficio de esa ramera hacer eso con todos los hombres, considero que no tiene derecho a rechazar a uno y no a otro!... ¡Hay que ver! ¡Ha tomado todo lo que ha encontrado en Rouen, hasta los cocheros! ¡Sí, señora, el cochero de la prefectura! Bien lo sé; compra vino en casa. Y hoy, que se trata de sacarnos de apuros, se hace la remilgada, ¡esa mocosa!... Yo creo que hace muy bien el oficial. A lo mejor hace tiempo que se siente privado; y aquí somos tres que él hubiera preferido, sin duda. Pero no, se contenta con la de todo el mundo. Respeta a las mujeres casadas. Pero piensen, pues, que es el amo. Le bastaba decir: "Quiero", y podía tomarnos a la fuerza con sus soldados.

Las dos mujeres tuvieron un pequeño estremecimiento. Los ojos de la bonita señora Carré Lamadon brillaban, y estaba un poco pálida como si ya se sintiera tomada a la fuerza por el oficial.

Los hombres, que discutían un poco apartados, se acercaron. Loiseau, furibundo, quería entregar a esa miserable atada de pies y manos al enemigo. Pero el conde, descendiente de tres generaciones de embajadores y dotado de un físico de diplomático, era partidario de la habilidad.

-Habría que convencerla -dijo.

Entonces conspiraron.

Las mujeres se acercaron, bajaron el tono de las voces y la discusión se hizo general; cada cual daba su opinión. Por otra parte, era muy correcto. Las señoras, sobre todo, encontraban delicadezas de giros, sutilezas de expresión encantadoras, para decir las cosas más escabrosas. Eran tan observadas las precauciones de lenguaje, que un extraño no hubiera comprendido nada. Pero la ligera capa de pudor con la cual está barnizada toda mujer de mundo cubre sólo la superficie, y ellas se encendían en esa aventu ra pícara, se divertían locamente en el fondo, sintiéndose en su elemento, manoseando el amor con la sensualidad de un cocinero goloso que prepara la comida de otro.

Al fin la historia les pareció tan graciosa, que la alegría volvió sola. El conde encontró bromas un poco subidas, pero tan bien dichas, que hacían sonreír. A su vez Loiseau largó algunas picardías más crudas, pero nadie se sintió herido; y el pensa miento, brutalmente expresado por su mujer, dominaba todos los espíritu. "Puesto que es el oficio de esa mujer, ¿porqué va a rechazar a éste y no a otro.'" La gentil señora Carré-Lamadon parecía pensar que en su lugar ella rechazaría menos a este que a otro.         

Prepararon largamente el bloqueo como para una fortaleza defendida. Cada cual eligió el papel que representaría, los argumentos en los cuales se apoyaría, las maniobras que tendría que ejecutar. Se dispuso el plan de los ataques, los ardides a emplear, y las sorpresas del asalto, para forzar a esa ciudadela viviente a recibir al enemigo en la plaza.

Cornudet, no obstante, permanecía apartado, completamente ajeno a ese asunto.

Una atención tan profunda tendía los espíri tus, que no oyeron entrar a Bola de Sebo. Pero el conde sopló un ligero "chut", que hizo alzarse todos los ojos. Ella estaba allí. Callaron bruscamente, y una cierta incomodidad impidió al principio hablar le. La condesa, más ágil que los demás en las dupli cidades de los salones, la interrogó:

-Era divertido ese bautismo'

La muchacha, todavía conmovida, contó todo, las caras, y las actitudes, y hasta el aspecto de la iglesia. Agregó:

-Es bueno rezar a veces.

Sin embargo, hasta la hora del almuerzo las señoras se contentaron con ser amables con ella para aumentar su confianza, y su docilidad para aceptar consejos.

En cuanto estuvieron en la mesa comenzaron las aproximaciones. Primeramente fue una conversación vaga sobre la abnegación. Citaron ejemplos antiguos: Judit y Holofernes; luego, sin razón algu­na, Lucrecia con Sixto; Cleopatra haciendo pasar por su lecho a todos los generales enemigos y reducién dolos a servilismos de esclavos. Entonces se desarro lló una historia fantástica nacida de la imaginación de esos millonarios ignorantes, en que las ciudada nas de Roma iban a Capua a adormecer a Aníbal entre sus brazos, y con él a sus tenientes y a las falanges de sus mercenarios. Citaron a todas las mujeres que han detenido a los conquistadores, que han hecho de su cuerpo un campo de batalla, un medio de dominar, un arma; que han vencido a seres horribles y detestados con sus caricias heroicas y han sacrificado su castidad a la venganza y a la abnega­ción.

Hasta se habló en términos velados de esa inglesa de gran familia que se había dejado inocular una horrible y contagiosa enfermedad para transmi tirla a Bonaparte, salvado milagrosamente por una debilidad súbita, en la hora de la cita fatal.

Y todo esto fue contado de una manera correcta y moderada, en donde estallaba a veces un entusias mo forzado apto para excitar la emulación. Al fin, habría podido creerse que el único papel de la mujer sobre la tierra era un perpetuo sacrificio de su persona, un abandono continuo a los apetitos de las soldadescas.

Las dos hermanitas no parecían oír, perdidas en pensamientos profundos. Bola de Sebo no decía nada.

Durante toda la tarde la dejaron reflexionar. Pero en lugar de llamarla "señora", como habían hecho hasta entonces, le decían simplemente "seño rita", sin que nadie supiera muy bien por qué, como si hubieran querido hacerla bajar un escalón en la estima que había escalado, hacerle sentir su vergonzosa situación.

En el momento en que sirvieron la sopa, el señor Follenvie reapareció repitiendo su frase de la víspera:

-El oficial prusiano manda preguntar a la señorita Elizabeth Rousset si todavía no ha cambiado de opinión.

Bola de Sebo respondió secamente:

-No, señor.

Pero en la comida la coalición se debilitó. Loiseau dijo tres frases desgraciadas. Cada uno se rompía la cabeza por descubrir nuevos ejemplos, y nadie encontraba nada cuando la condesa, sin pre­meditación, quizá, experimentando una vaga nece sidad de rendir homenaje a la religión, interrogó a la mayor de las hermanitas sobre los grandes hechos de la vida de los santos. Muchos habían cometido actos que serían crímenes a nuestros ojos; pero la Iglesia absuelve sin dificultad esos pecados cuando son cometidos por la gloria de Dios o para el bien del prójimo. Era un argumento poderoso; la condesa aprovechó. Entonces, sea por una de esas compren­siones tácitas, de esas complacencias veladas en las que se destacan los que llevan ropas eclesiásticas, sea simplemente por el efecto de una feliz ininteligen cia, de una auxiliadora tontería, la vieja religiosa aportó un formidable apoyo a la conspiración. La creían tímida: se mostró osada, verbosa, violenta. Ella no estaba turbada por los titubeos de la casuísti ca; su doctrina parecía una barra de hierro; su fe nunca dudaba; su conciencia no tenía escrúpulos. Le parecía muy simple el sacrificio de Abrahán, pues ella hubiera dado muerte inmediatamente a su padre y madre por una orden venida de lo alto; y nada a su entender podía disgustar a Dios cuando la intención era loable. La condesa, aprovechando la autoridad sagrada de su inesperada cómplice, le hizo hacer como una paráfrasis edificante de este axioma de moral: "El fin justifica los medios".

La interrogaba:

-Entonces, hermana, ¿usted piensa que Dios acepta todos los caminos y perdona el hecho cuando el motivo es puro?

-¿Quién podría dudarlo, señora? Una acción condenable en sí se vuelve a menudo meritoria por el pensamiento que la inspira.

Y continuaban así desenredando las voluntades de Dios, previendo sus decisiones, haciéndolo inte resarse por cosas que verdaderamente no tenían nada que ver con Él.

 Loiseau se joignit aux deux premiers; mais comme on essayait d'entraîner Cornudet pour donner plus de solennité à leur démarche, il déclara fièrement qu'il entendait n'avoir jamais aucun rapport avec les Allemands; et il se remit dans sa cheminée, demandant une autre canette.

Les trois hommes montèrent et furent introduits dans la plus belle chambre de l'auberge, où l'officier les reçut, étendu dans un fauteuil, les pieds sur la cheminée, fumant une longue pipe de porcelaine, et enveloppé par une robe de chambre flamboyante, dérobée sans doute dans la demeure abandonnée de quelque bourgeois de mauvais goût. Il ne se leva pas, ne les salua pas, ne les regarda pas. Il présentait un magnifique échantillon de la goujaterie naturelle au militaire victorieux.

Au bout de quelques instants il dit enfin:

"Qu'est-ce que fous foulez?"

Le comte prit la parole: "Nous désirons partir, Monsieur.

- Non.

- Oserai-je vous demander la cause de ce refus?

- Parce que che ne feux pas.

- Je vous ferai respectueusement observer, Monsieur, que votre général en chef nous a délivré une permission de départ pour gagner Dieppe, et je ne pense pas que nous ayons rien fait pour mériter vos rigueurs.

- Che ne feux pas... foilà tout... Fous poufez tescentre."

S'étant inclinés tous les trois, ils se retirèrent. L'après-midi fut lamentable. On ne comprenait rien à ce caprice d'Allemand, et les idées les plus singulières troublaient les têtes. Tout le monde se tenait dans la cuisine, et l'on discutait sans fin, imaginant des choses invraisemblables. On voulait peut-être les garder comme otages - mais dans quel but? - ou les emmener prisonniers? ou, plutôt, leur demander une rançon considérable? A cette pensée, une panique les affola. Les plus riches étaient les plus épouvantés, se voyant déjà contraints, pour racheter leur vie, de verser des sacs pleins d'or entre les mains de ce soldat insolent. Ils se creusaient la cervelle pour découvrir des mensonges acceptables, dissimuler leurs richesses, se faire passer pour pauvres, très pauvres. Loiseau enleva sa chaîne de montre et la cacha dans sa poche. La nuit qui tombait augmenta les appréhensions. La lampe fut allumée, et, comme on avait encore deux heures avant le dîner, Mme Loiseau proposa une partie de trente-et-un. Ce serait une distraction. On accepta. Cornudet lui-même, ayant éteint sa pipe par politesse, y prit part.

Le comte battit les cartes - donna, - Boule de suif avait trente et un d'emblée; et bientôt l'intérêt de la partie apaisa la crainte qui hantait les esprits. Mais Cornudet s'aperçut que le ménage Loiseau s'entendait pour tricher.

Comme on allait se mettre à table, M. Follenvie reparut, et, de sa voix graillonnante, il prononça:

"L'officier prussien fait demander à Mlle Elisabeth Rousset si elle n'a pas encore changé d'avis."

Boule de suif resta debout, toute pâle; puis, devenant subitement cramoisie, elle eut un tel étouffement de colère qu'elle ne pouvait plus parler. Enfin elle éclata :

"Vous lui direz à cette crapule, à ce saligaud, à cette charogne de Prussien, que jamais je ne voudrai; vous entendez bien, jamais, jamais, jamais!"

Le gros aubergiste sortit. Alors Boule de suif fut entourée, interrogée, sollicitée par tout le monde de dévoiler le mystère de sa visite. Elle résista d'abord; mais l'exaspération l'emporta bientôt:

"Ce qu'il veut?... ce qu'il veut?... Il veut coucher avec moi!" cria-t-elle.

Personne ne se choqua du mot, tant l'indignation fut vive. Cornudet brisa sa chope en la reposant violemment sur la table. C'était une clameur de réprobation contre ce soudard ignoble, un souffle de colère, une union de tous pour la résistance, comme si l'on eût demandé à chacun une partie du sacrifice exigé d'elle. Le comte déclara avec dégoût que ces gens-là se conduisaient à la façon des anciens barbares. Les femmes surtout témoignèrent à Boule de suif une commisération énergique et caressante. Les bonnes soeurs, qui ne se montraient qu'aux repas, avaient baissé la tête et ne disaient rien.

On dîna néanmoins lorsque la première fureur fut apaisée; mais on parla peu: on songeait.

Les dames se retirèrent de bonne heure, et les hommes, tout en fumant, organisèrent un écarté auquel fut convié M. Follenvie, qu'on avait l'intention d'interroger habilement sur les moyens à employer pour vaincre la résistance de l'officier.

Mais il ne songeait qu'à ses cartes, sans rien écouter, sans rien répondre; et il répétait sans cesse: "Au jeu, Messieurs, au jeu." Son attention était si tendue qu'il en oubliait de cracher, ce qui lui mettait parfois des points d'orgue dans la poitrine. Ses poumons sifflants donnaient toute la gamme de l'asthme, depuis les notes graves et profondes jusqu'aux enrouements aigus des jeunes coqs essayant de chanter.

Il refusa même de monter, quand sa femme, qui tombait de sommeil, vint le chercher. Alors elle partit toute seule, car elle était "du matin", toujours levée avec le soleil, tandis que son homme était "du soir", toujours prêt à passer la nuit avec des amis. Il lui cria:

"Tu placeras mon lait de poule devant le feu", et se remit à sa partie.

Quand on vit bien qu'on n'en pourrait rien tirer, on déclara qu'il était temps de s'en aller, et chacun gagna son lit.

On se leva encore d'assez bonne heure le lendemain avec un espoir indéterminé, un désir plus grand de s'en aller, une terreur du jour à passer dans cette horrible petite auberge.

Hélas! les chevaux restaient à l'écurie, le cocher demeurait invisible. On alla, par désoeuvrement, tourner autour de la voiture.

Le déjeuner fut bien triste; et il s'était produit comme un refroidissement vis-à-vis de Boule de suif, car la nuit, qui porte conseil, avait un peu modifié les jugements. On en voulait presque à cette fille, maintenant, de n'avoir pas été trouver secrètement le Prussien, afin de ménager, au réveil, une bonne surprise à ses compagnons. Quoi de plus simple? Qui l'eût su, d'ailleurs? Elle aurait pu sauver les apparences en faisant dire à l'officier qu'elle prenait en pitié leur détresse. Pour elle, ça avait si peu d'importance!
Mais personne n'avouait encore ces pensées.

Dans l'après-midi, comme on s'ennuyait à périr, le comte proposa de faire une promenade aux alentours du village. Chacun s'enveloppa avec soin et la petite société partit, à l'exception de Cornudet, qui préférait rester près du feu, et des bonnes soeurs, qui passaient leurs journées dans l'église ou chez le curé.

Le froid, plus intense de jour en jour, piquait cruellement le nez et les oreilles; les pieds devenaient si douloureux que chaque pas était une souffrance, et, lorsque la campagne se découvrit, elle leur apparut si effroyablement lugubre sous cette blancheur illimitée que tout le monde aussitôt retourna, l'âme glacée et le coeur serré.

Les quatre femmes marchaient devant, les trois hommes suivaient, un peu derrière.

Loiseau, qui comprenait la situation, demanda tout à coup si cette "garce-là" allait les faire rester longtemps encore dans un pareil endroit. Le comte, toujours courtois, dit qu'on ne pouvait exiger d'une femme un sacrifice aussi pénible, et qu'il devait venir d'elle-même. M. Carré-Lamadon remarqua que, si les Français faisaient, comme il en était question, un retour offensif par Dieppe, la rencontre ne pourrait avoir lieu qu'à Tôtes. Cette réflexion rendit les deux autres soucieux.

"Si l'on se sauvait à pied", dit Loiseau.

Le comte haussa les épaules:

"Y songez-vous, dans cette neige? avec nos femmes? Et puis nous serions tout de suite poursuivis, rattrapés en dix minutes, et ramenés prisonniers à la merci des soldats."

C'était vrai: on se tut.

Les dames parlaient toilette; mais une certaine contrainte semblait les désunir.

Tout à coup, au bout de la rue, l'officier parut. Sur la neige qui fermait l'horizon, il profilait sa grande taille de guêpe en uniforme, et marchait, les genoux écartés, de ce mouvement particulier aux militaires qui s'efforcent de ne point maculer leurs bottes soigneusement cirées.

Il s'inclina en passant près des dames, et regarda dédaigneusement les hommes, qui eurent, du reste, la dignité de ne se point découvrir, bien que Loiseau ébauchât un geste pour retirer sa coiffure.

Boule de suif était devenue rouge jusqu'aux oreilles; et les trois femmes mariées ressentaient une grande humiliation d'être ainsi rencontrées par ce soldat, dans la compagnie de cette fille qu'il avait si cavalièrement traitée.

Alors on parla de lui, de sa tournure, de son visage. Mme Carré-Lamadon, qui avait connu beaucoup d'officiers et qui les jugeait en connaisseur, trouvait celui-là pas mal du tout; elle regrettait même qu'il ne fût pas Français, parce qu'il ferait un fort joli hussard, dont toutes les femmes assurément raffoleraient.

Une fois rentrés, on ne sut plus que faire. Des paroles aigres furent même échangées à propos de choses insignifiantes. Le dîner silencieux dura peu, et chacun monta se coucher, espérant dormir pour tuer le temps.

On descendit le lendemain avec des visages fatigués et des coeurs exaspérés. Les femmes parlaient à peine à Boule de suif.

Une cloche tinta. C'était pour un baptême. La grosse fille avait un enfant élevé chez des paysans d'Yvetot. Elle ne le voyait pas une fois l'an et n'y songeait jamais; mais la pensée de celui qu'on allait baptiser lui jeta au coeur une tendresse subite et violente pour le sien, et elle voulut absolument assister à la cérémonie.

Aussitôt qu'elle fut partie, tout le monde se regarda, puis on rapprocha les chaises, car on sentait bien qu'à la fin il fallait décider quelque chose. Loiseau eut une inspiration: il était d'avis de proposer à l'officier de garder Boule de suif toute seule, et de laisser partir les autres.

M. Follenvie se chargea encore de la commission, mais il redescendit presque aussitôt. L'Allemand, qui connaissait la nature humaine, l'avait mis à la porte. Il prétendait retenir tout le monde tant que son désir ne serait pas satisfait.

Alors le tempérament populacier de Mme Loiseau éclata:     

"Nous n'allons pourtant pas mourir de vieillesse ici. Puisque c'est son métier, à cette gueuse, de faire ça avec tous les hommes, je trouve qu'elle n'a pas le droit de refuser l'un plutôt que l'autre. Je vous demande un peu, ça a pris tout ce qu'elle a trouvé dans Rouen, même des cochers ! oui, Madame, le cocher de la préfecture! Je le sais bien, moi, il achète son vin à la maison. Et aujourd'hui qu'il s'agit de nous tirer d'embarras, elle fait la mijaurée, cette morveuse!... Moi, je trouve qu'il se conduit très bien, cet officier. Il est peut-être privé depuis longtemps; et nous étions là trois qu'il aurait sans doute préférées. Mais non, il se contente de celle à tout le monde. Il respecte les femmes mariées. Songez donc, il est le maître. Il n'avait qu'à dire: "Je veux", et il pouvait nous prendre de force avec ses soldats."

Les deux femmes eurent un petit frisson. Les yeux de la jolie Mme Carré-Lamadon brillaient, et elle était un peu pâle, comme si elle se sentait déjà prise de force par l'officier.

Les hommes, qui discutaient à l'écart, se rapprochèrent. Loiseau, furibond, voulait livrer "cette misérable" pieds et poings liés à l'ennemi. Mais le comte, issu de trois générations d'ambassadeurs, et doué d'un physique de diplomate, était partisan de l'habileté:

"Il faudrait la décider", dit-il.

Alors on conspira.

Les femmes se serrèrent, le ton de la voix fut baissé, et la discussion devint générale, chacun donnant son avis. C'était fort convenable du reste. Ces dames surtout trouvaient des délicatesses de tournures, des subtilités d'expression charmantes, pour dire les choses les plus scabreuses. Un étranger n'aurait rien compris, tant les précautions du langage étaient observées. Mais la légère tranche de pudeur dont est bardée toute femme du monde ne recouvrant que la surface, elles s'épanouissaient dans cette aventure polissonne, s'amusaient follement au fond, se sentant dans leur élément, tripotant de l'amour avec la sensualité d'un cuisinier gourmand qui prépare le souper d'un autre.

La gaieté revenait d'elle-même, tant l'histoire leur semblait drôle à la fin. Le comte trouva des plaisanteries un peu risquées, mais si bien dites qu'elles faisaient sourire. A son tour, Loiseau lâcha quelques grivoiseries plus raides dont on ne se blessa point; et la pensée brutalement exprimée par sa femme dominait tous les esprits: "Puisque c'est son métier à cette fille, pourquoi refuserait-elle celui-là plus qu'un autre?" La gentille Mme Carré-Lamadon semblait même penser qu'à sa place elle refuserait celui-là moins qu'un autre.

On prépara longuement le blocus, comme pour une forteresse investie. Chacun convint du rôle qu'il jouerait, des arguments dont il s'appuierait, des manoeuvres qu'il devrait exécuter. On régla le plan des attaques, les ruses à employer, et les surprises de l'assaut, pour forcer cette citadelle vivante à recevoir l'ennemi dans la place.

Cornudet cependant restait à l'écart, complètement étranger à cette affaire.

Une attention si profonde tendait les esprits, qu'on n'entendit point rentrer Boule de suif. Mais le comte souffla un léger: "Chut" qui fit relever tous les yeux. Elle était là. On se tut brusquement et un certain embarras empêcha d'abord de lui parler. La comtesse, plus assouplie que les autres aux duplicités des salons, l'interrogea :

"Etait-ce amusant, ce baptême?"

La grosse fille, encore émue, raconta tout, et les figures, et les attitudes, et l'aspect même de l'église. Elle ajouta:

"C'est si bon de prier quelquefois."

Cependant, jusqu'au déjeuner, ces dames se contentèrent d'être aimables avec elle, pour augmenter sa confiance et sa docilité à leurs conseils.

Aussitôt à table, on commença les approches. Ce fut d'abord une conversation vague sur le dévouement. On cita des exemples anciens: Judith et Holopherne, puis, sans aucune raison, Lucrèce avec Sextus, Cléopâtre faisant passer par sa couche tous les généraux ennemis, et les y réduisant à des servilités d'esclave. Alors se déroula une histoire fantaisiste, éclose dans l'imagination de ces millionnaires ignorants, où les citoyennes de Rome allaient endormir, à Capoue, Annibal entre leurs bras, et avec lui, ses lieutenants, et les phalanges des mercenaires. On cita toutes les femmes qui ont arrêté des conquérants, fait de leur corps un champ de bataille, un moyen de dominer, une arme, qui ont vaincu par leurs caresses héroïques des êtres hideux ou détestés, et sacrifié leur chasteté à la vengeance et au dévouement.

On parla même en termes voilés de cette Anglaise de grande famille qui s'était laissé inoculer une horrible et contagieuse maladie pour la transmettre à Bonaparte, sauvé miraculeusement par une faiblesse subite, à l'heure du rendez-vous fatal.


Et tout cela était raconté d'une façon convenable et modérée, où parfois éclatait un enthousiasme voulu propre à exciter l'émulation.    On aurait pu croire, à la fin, que le seul rôle de la femme ici-bas était un perpétuel sacrifice de sa personne, un abandon continu aux caprices des soldatesques.

Les deux bonnes soeurs ne semblaient point entendre, perdues en des pensées profondes. Boule de suif ne disait rien.

Pendant tout l'après-midi, on la laissa réfléchir. Mais, au lieu de l'appeler "madame", comme on avait fait jusque-là, on lui disait simplement "mademoiselle", sans que personne sût bien pourquoi, comme si l'on avait voulu la faire descendre d'un degré dans l'estime qu'elle avait escaladée, lui faire sentir sa situation honteuse.

An moment où l'on servit le potage, M. Follenvie reparut, répétant sa phrase de la veille:

"L'officier prussien fait demander à Mlle Elisabeth Rousset si elle n'a point encore changé d'avis."

Boule de suif répondit sèchement :

"Non, Monsieur."

Mais au dîner la coalition faiblit. Loiseau eut trois phrases malheureuses. Chacun se battait les flancs pour découvrir des exemples nouveaux et ne trouvait rien, quand la comtesse sans préméditation peut-être, éprouvant un vague besoin de rendre hommage à la Religion, interrogea la plus âgée des bonnes soeurs sur les grands faits de la vie des saints. Or, beaucoup avaient commis des actes qui seraient des crimes à nos yeux; mais l'Eglise absout sans peine ces forfaits quand ils sont accomplis pour la gloire de Dieu, ou pour le bien du prochain. C'était un argument puissant; la comtesse en profita. Alors, soit par une de ces ententes tacites, de ces complaisances voilées, où excelle quiconque porte un habit ecclésiastique, soit simplement par l'effet d'une inintelligence heureuse, d'une secourable bêtise, la vieille religieuse apporta à la conspiration un formidable appui. On la croyait timide, elle se montra hardie, verbeuse, violente. Celle-là n'était pas troublée par les tâtonnements de la casuistique; sa doctrine semblait une barre de fer; sa foi n'hésitait jamais; sa conscience n'avait point de scrupules. Elle trouvait tout simple le sacrifice d'Abraham, car elle aurait immédiatement tué père et mère sur un ordre venu d'en haut; et rien, à son avis, ne pouvait déplaire au Seigneur quand l'intention était louable. La comtesse, mettant à profit l'autorité sacrée de sa complice inattendue, lui fit faire comme une paraphrase édifiante de cet axiome de morale: "La fin justifie les moyens."

Elle l'interrogeait:

"Alors, ma soeur, vous pensez que Dieu accepte toutes les voies, et pardonne le fait quand le motif est pur?

- Qui pourrait en douter, Madame? Une action blâmable en soi devient souvent méritoire par la pensée qui l'inspire."

Et elles continuaient ainsi, démêlant les volontés de Dieu, prévoyant ses décisions, le faisant s'intéresser à des choses qui, vraiment, ne le regardaient guère.

Todo esto era velado, hábil, discreto. Pero cada palabra de la santa mujer con cofia abría una brecha en la resistencia indignada de la cortesana. Luego la conversación se desvió un poco y la mujer de rosarios colgantes habló de las casas de su Orden, de su superiora, de sí misma, y de su encantadora vecina, la querida hermana San Nicéforo. Habían sido llamadas a El Havre para cuidar, en los hospita les, a centenares de soldados atacados de viruela. Describió a esos miserables, detalló la enfermedad. Y mientras ellas estaban detenidas en su ruta por el capricho de ese prusiano, un gran número de franceses podía morir, cuando quizá hubieran podido salvarlos. Era su especialidad cuidar militares; había estado en Crimea, en Italia, en Austria, y contando sus campañas, se reveló de pronto como una de esas religiosas de armas llevar que parecen hechas para seguir los campamentos, recoger los heridos en los remolinos de las batallas y, mejor que un jefe, domar con una palabra a los soldados indisciplina dos; una verdadera hermana "Rataplán", cuyo ros tro devastado, cribado de agujeros sinnúmeros, pa recía una imagen de los estragos de la guerra.

Nadie dijo nada después de ella, a tal punto parecía excelente el efecto causado. Cuando termi naron de comer subieron a sus cuartos para no bajar hasta el día siguiente bastante entrada la mañana.           

El almuerzo fue tranquilo. Daban a la semilla, sembrada la víspera, tiempo para germinar y dar sus frutos.

La condesa propuso dar un paseo por la tarde. Entonces el conde, como estaba convencido, tomó del brazo a Bola de Sebo y se quedó atrás con ella.

Le habló con ese tono familiar, paternal, un poco desdeñoso que los hombres serios emplean con las rameras; la llamaba "mi hija querida", la trataba desde lo alto de su posición social, de su honorabili dad indiscutida. Entró inmediatamente en lo vivo del asunto:

-Entonces, ¿prefiere dejarnos aquí, expuestos, así como usted, a todas las violencias que resultarían de una derrota de las tropas prusianas, antes que consentir en una de esas complacencias que ha tenido tan a menudo en su vida?

Bola de Sebo no contestó nada.

Trató de convencerla por la dulzura, el razonamiento, por los sentimientos. Supo permanecer el "señor conde" mostrándose asimismo galante cuando fue preciso, piropeador, amable, en fin. Exaltó el servicio que ella les haría, habló de la gratitud de ellos.

-¿Y sabes, querida? Se podrá jactar de haber probado una linda muchacha como no encontrará muchas en su país.

Bola de Sebo no contestó y se unió al resto del grupo.

En cuanto estuvo de regreso subió a su cuarto y no volvió a aparecer. La inquietud era extrema. ¿Qué iba a hacer? Si se resistía, ¡qué complicación!

La hora de la comida sonó; la esperaron en vano. Entonces el señor Follenvie entró anunciando que la señorita Rousset se sentía indispuesta y que podían sentarse a la mesa. Todo el mundo paró la oreja. El conde se acercó al hotelero, y en voz baja:

-¿Ya está?

-Sí.

Por corrección no dijo nada a sus compañeros, pero les hizo solamente una ligera señal con la cabeza. En seguida un gran suspiro de alivio salió de todos los pechos, una viva alegría apareció en los rostros. Loiseau gritó:

-¡Caramba, pago champaña si lo hay en el establecimiento!

Y la señora Loiseau sintió una angustia cuando el patrón volvió con cuatro botellas en las manos. Todos se habían vuelto súbitamente comunicativos y ruidosos; una alegría chispeante llenaba los corazones. El conde pareció notar que la señora Carré Lamadon era encantadora; el manufacturero dijo piropos a la condesa. La conversación fue viva, jo vial, llena de rasgos de ingenio.

De pronto, Loiseau, la faz ansiosa y alzando los brazos, gritó:

-¡Silencio!

Todo el mundo calló, sorprendido, casi asusta do ya. Entonces tendió la oreja haciendo "chist" con las dos manos, alzó los ojos hacia el cielo raso, escuchó de nuevo, y agregó con su voz natural:

-Tranquilícense, todo va bien.

No se atrevían a comprender, pero pronto corrió una sonrisa.

Al cabo de un cuarto de hora hizo la misma broma y la repitió a menudo durante la velada; y fingía interpelar a alguien en el piso de arriba dán dole consejos de doble sentido, con su ingenio de viajante de comercio. A ratos tomaba un aire triste para suspirar: "¡Pobre muchacha!", o bien murmuraba entre dientes con aire rabioso: "¡Prusiano sin vergüenza!" A veces, cuando ya nadie pensaba en eso, lanzaba con una voz vibrante varios: "¡Basta, basta!" Y agregaba como hablándose a sí mismo: "Con tal que volvamos a verla... ¡que no la mate el miserable!

Aunque esas bromas eran de un gusto deplora ble, divertían y no herían a nadie, pues la indignación, como el resto, depende de los ambientes, y la atmósfera que poco a poco se había creado alrededor de ellos estaba cargada de pensamientos maliciosos.

En el postre, hasta las mujeres hicieron alusiones espirituales y discretas. Las miradas brillaban; habían bebido mucho. El conde, que conservaba aún en sus desvíos su gran apariencia de gravedad, encontró una comparación muy apreciada sobre los inviernos en el Polo y la alegría de los náufragos que ven abrirse una ruta hacia el Sur.

Loiseau, lanzado, se levantó con un vaso de champaña en la mano:

-¡Bebo por nuestra liberación!

Todo el mundo se puso de pie; lo aclamaban. Hasta las hermanitas, solicitadas por las señoras, consintieron en mojar sus labios en ese vino espumoso que nunca habían probado. Declararon que se parecía a la limonada gaseosa, pero que, sin embargo, era más fino.

Loiseau resumió la situación:

-Es una lástima no tener piano porque hubié ramos podido bailar una cuadrilla.

Cornudet no había dicho una palabra; no había hecho un gesto; hasta parecía sumido en pensamien tos muy graves; y tiraba a veces con ademán furioso su gran barba como si quisiera alargarla aún más. Por fin, a eso de medianoche, cuando iban a separar se, Loiseau, que tambaleaba, le golpeó de pronto el estómago y le dijo farfullando:

-Esta noche usted no está para bromas. ¿No dice nada ciudadano?

Pero Cornudet alzó bruscamente la cabeza y recorrió al grupo con una mirada brillante y terrible.

-¡Les digo a todos que acaban de cometer una infamia!

Se levantó, llegó a la puerta, repitió una vez más:

-¡Una infamia! Y desapareció.

Primeramente esto produjo una sensación de frío. Loiseau, sorprendido, se quedaba como tonto; pero recobró su aplomo y de golpe se echó a reír, repitiendo:

-Están verdes, mi viejo, están verdes...

Como nadie comprendía, contó los "misterios del corredor". Entonces hubo una repetición de alegría formidable. Las señoras se divertían como locas. El conde y el señor Carré-Lamadon lloraban a fuerza de reír. No podían creer.

-¿Cómo? ¿Está seguro? ¿Quería...?

-Les digo que lo he visto.

-¿Y ella se negó... ?

-Porque el prusiano estaba en el cuarto de al lado.

-¡No es posible!

-Lo juro.

El conde se ahogaba. El industrial se comprimía el estómago con las dos manos, Loiseau continuaba:

-Y ustedes comprenden, esta noche no le parece chistosa, pero ni un poquito.

Y los tres volvían a empezar, enfermos, jadeantes.

Después de eso se separaron. Pero la señora Loiseau, que tenía naturaleza de ortiga, hizo notar a su marido en el momento en que se acostaba que "esa mala pécora", la pequeña Carré-Lamadon, se había reído sin ganas, durante toda la noche.

-¿Sabes? A las mujeres, cuando les gusta el uniforme, que sea francés o prusiano les es igual, te aseguro. ¡Si no es vergonzoso, señor Dios!...

Y durante toda la noche en la obscuridad del corredor corrieron como estremecimientos, ruidos leves, apenas sensibles, semejantes a soplos, rozamientos de pies desnudos, crujidos imperceptibles.

Y seguramente no se durmieron hasta muy tarde, pues hilos de luz se filtraron durante mucho tiempo por debajo de las puertas. El champaña causa esos efectos; según dicen, turba el sueño.

Al día siguiente un claro sol de invierno hacía brillar la nieve. La diligencia, enganchada por fin, esperaba ante la puerta, mientras un ejército de palomas blancas, engalladas en sus espesas plumas, con ojos rosa manchados en el centro por un punto negro, se paseaban gravemente entre las patas de los seis caballos y se buscaban la vida en la bosta hu meante que desparramaban.

El cochero, envuelto en su piel de carnero, encendía una pipa en el pescante, y todos los viajeros, radiantes, hacían empaquetar rápidamente pro visiones para el resto del viaje.

Sólo esperaban a Bola de Sebo. Apareció.     

Parecía un poco turbada, avergonzada; y se adelantó tímidamente hacia sus compañeros, quienes, todos con un mismo movimiento, le volvieron la espalda como si no hubieran reparado en ella. El conde tomó con dignidad el brazo de su mujer y la alejó de ese contacto impuro.

La fornida muchacha se detuvo, estupefacta. Entonces, empleando todo su coraje, abordó a la mujer del manufacturero con un "buenos días, señora", humildemente murmurado. La otra hizo con la cabeza un pequeño saludo impertinente que iba acompañado de una mirada de virtud ultrajada. Todo el mundo parecía ocupado y se mantenía lejos de ella como si hubiera traído una infección en sus faldas. Luego se precipitaron hacia el coche, donde ella llegó sola, la última, y tomó en silencio el lugar que había ocupado durante la primera parte de la ruta.

Parecían no verla, no conocerla. Pero la señora Loiseau, considerándola de lejos con indignación, dijo a media voz a su marido:

-Felizmente, no estoy al lado de ella.

El pesado carruaje se movió y reanudaron el viaje.

Al principio nadie habló, Bola de Sebo no se atrevía a alzar los ojos. Se sentía al mismo tiempo indignada contra todos sus vecinos y humillada por haber cedido, mancillada por los besos de ese prusiano entre cuyos brazos la habían arrojado hipócrita mente.

Pero la condesa, volviéndose hacia la señora Carré-Lamadon, rompió de pronto ese penoso silencio:

-¿Usted conoce, según creo, a la señora de Etrelles?

-Sí, es una de mis amigas.

-¡Qué mujer encantadora!

-¡Maravillosa! Una verdadera naturaleza de élite; muy instruida, por otra parte, y artista hasta la punta de los dedos. Canta espléndidamente y dibuja que es una perfección.

El manufacturero conversaba con el conde, y en medio del estruendo de los vidrios surgía a veces una palabra: "Cupones, vencimientos, prima, a término".

Loiseau, que había substraído el viejo juego de cartas de la posada, grasiento por cinco años de roce sobre las mesas mal secadas, empezó una partida de báciga con su mujer.

Las hermanitas tomaron de sus cinturas el lar go rosario que colgaba, hicieron a un tiempo la señal de la cruz y, pronto, sus labios empezaron a moverse rápidamente, apresurándose cada vez más, precipitando su vago murmullo como para una carrera de oremus: y de cuando en cuando besaban una medalla, se persignaban de nuevo y reanudaban su rápido y continuo susurro.

Cornudet soñaba, inmóvil.

Al cabo de tres horas de viaje, Loiseau recogió sus cartas:

-Tengo apetito -dijo.

Entonces su mujer alcanzó un paquete bien atado del cual hizo salir un pedazo de ternera fría. Lo cortó limpiamente en rebanadas delgadas y firmes, y ambos se pusieron a comer.

-Si hiciéramos otro tanto... -dijo la condesa.

El conde accedió y ella desenvolvió las provisiones preparadas para las dos parejas. Era, en uno de esos potes alargados cuya tapa lleva una liebre de porcelana para indicar que una liebre en pasta yace ahí abajo, un fiambre suculento, en el cual blancas lagunas de panceta atraviesan la carne morena de la presa, mezclada con otras carnes picadas. Un hermoso pedazo de gruyére, envuelto en un diario, conservaba impreso: "Información general", sobre su pasta untuosa.

Las dos hermanitas desenvolvieron un salchi chón que olía a ajo: y Cornudet hundiendo las dos manos en los amplios bolsillos de su sobretodo, sacó de uno cuatro huevos duros y del otro un pedazo de pan. Desprendió la cáscara, la tiró bajo sus pies, en la paja, y se puso a morder los huevos, haciendo caer sobre su vasta barba partículas de amarillo claro que allí adentro parecían estrellas.

Bola de Sebo, en la prisa y en el azoramiento de su despertar, no había podido pensar en nada; y miraba exasperada, sofocada de rabia, a toda esa gente que comía plácidamente. Una ira tumultuosa la crispó al principio y abrió la boca para gritarles la verdad con un borbotón de injurias que le subía a los labios; pero la exasperación la ahogaba tanto que no podía hablar.

Nadie la miraba ni pensaba en ella. Se sentía ahogada en el desprecio de esos honestos canallas que la habían sacrificado primeramente, rechazado luego, como una cosa sucia e inútil. Entonces pensó en su gran cesta llena de cosas buenas que ellos habían devorado golosamente; en sus dos pollos brillantes de gelatina; en sus pasteles, en sus peras, en cuatro botellas de bordeaux; su dolor cayó de pronto como una cuerda demasiado tensa que se rompe, y se sintió a punto de llorar. Hizo esfuerzos terribles, se contrajo, tragó sus sollozos como los chicos, pero el llanto subía, brillaba en el borde de sus párpados, y pronto dos grandes lágrimas, desprendiéndose de sus ojos, rodaron lentamente sobre sus mejillas. Otras las siguieron más rápidas, fluyendo como gotas de agua que se filtran de una roca, y caían regularmente sobre la curva rolliza de su pecho. Ella permanecía erguida, la mirada fija, la faz rígida y pálida, con la esperanza de que no la vieran.

Pero la condesa lo advirtió y enteró con una seña a su marido. Él se encogió de hombros, como para decir: "¿Qué quieres? No es culpa mía". La señora Loiseau tuvo una risa muda de triunfo y murmuró:

-Llora su vergüenza.

Las dos hermanitas habían vuelto a rezar después de haber envuelto en el papel el resto del salchichón.

Entonces Cornudet, que digería sus huevos, extendió sus largas piernas bajo el asiento de enfrente, se echó hacia atrás, cruzó los brazos, sonrió como un hombre que acaba de inventar una buena broma y se puso a silbar la Marsellesa.

Todos los rostros se ensombrecieron. Segura mente, el canto popular no gustaba a sus vecinos. Se sintieron molestos, irritados y parecían listos a au llar como perros que oyen un organito. Él se dio cuenta y ya no se detuvo. A veces hasta tarareaba las palabras:

Amour sacré de la patrie,
Conduis, soutiens, nos tiras vangeurs;
Liberté, liberté chérie,
Combats avec tes défenseur
s.

Huían más rápido, pues la nieve estaba más dura; y hasta Dieppe, durante las largas y tristes horas del viaje, entre el traqueteo del camino en la noche que caía, luego en la oscuridad profunda del coche, continuó con una obstinación feroz su silbido vengador y monótono, obligando a los espíritus cansados y exasperados a seguir el canto de un extremo al otro, a recordar cada palabra que aplica­ban a cada nota.

Y Bola de Sebo lloraba siempre. Y a veces un sollozo que no había podido retener pasaba entre dos estrofas, en las tinieblas.

 Tout cela était enveloppé, habile, discret. Mais chaque parole de la sainte fille en cornette faisait brèche dans la résistance indignée de la courtisane. Puis, la conversation se détournant un peu, la femme aux chapelets pendants parla des maisons de son ordre, de sa supérieure, d'elle-même, et de sa mignonne voisine, la chère soeur Saint-Nicéphore. On les avait demandées au Havre pour soigner dans les hôpitaux des centaines de soldats atteints de la petite vérole. Elle les dépeignit, ces misérables, détailla leur maladie. Et tandis qu'elles étaient arrêtées en route par les caprices de ce Prussien, un grand nombre de Français pouvaient mourir qu'elles auraient sauvés peut-être! C'était sa spécialité, à elle, de soigner les militaires; elle avait été en Crimée, en Italie, en Autriche, et, racontant ses campagnes, elle se révéla tout à coup une de ces religieuses à tambours et à trompettes qui semblent faites pour suivre les camps, ramasser des blessés dans les remous des batailles, et, mieux qu'un chef, dompter d'un mot les grands soudards indisciplinés; une vraie bonne soeur Ran-tan-plan, dont la figure ravagée, crevée de trous sans nombre, paraissait une image des dévastations de la guerre.

Personne ne dit rien après elle, tant l'effet semblait excellent.
Aussitôt le repas terminé, on remonta bien vite dans les chambres pour ne descendre, le lendemain, qu'assez tard dans la matinée.

Le déjeuner fut tranquille. On donnait à la graine semée la veille le temps de germer et de pousser ses fruits.

La comtesse proposa de faire une promenade dans l'après-midi; alors le comte, comme il était convenu, prit le bras de Boule de suif, et demeura derrière les autres, avec elle.

Il lui parla de ce ton familier, paternel, un peu dédaigneux, que les hommes posés emploient avec les filles, l'appelant: "ma chère enfant", la traitant du haut de sa position sociale, de son honorabilité indiscutée. Il pénétra tout de suite au vif de la question:

"Donc, vous préférez nous laisser ici, exposés comme vous-même à toutes les violences qui suivraient un échec des troupes prussiennes, plutôt que de consentir à une de ces complaisances que vous avez eues si souvent en votre vie?"

Boule de suif ne répondit rien.

Il la prit par la douceur, par le raisonnement, par les sentiments. Il sut rester "monsieur le comte", tout en se montrant galant quand il le fallut, complimenteur, aimable enfin. Il exalta le service qu'elle leur rendrait, parla de leur reconnaissance; puis soudain, la tutoyant gaiement:

"Et tu sais, ma chère, il pourrait se vanter d'avoir goûté d'une jolie fille comme il n'en trouvera pas beaucoup dans son pays." 

Boule de suif ne répondit pas et rejoignit la société.

Aussitôt rentrée, elle monta chez elle et ne reparut plus. L'inquiétude était extrême. Qu'allait-elle faire? Si elle résistait, quel embarras!

L'heure du dîner sonna; on l'attendit en vain. M. Follenvie, entrant alors, annonça que Mlle Rousset se sentait indisposée, et qu'on pouvait se mettre à table. Tout le monde dressa l'oreille. Le comte s'approcha de l'aubergiste, et, tout bas:

"Ca y est?

- Oui."

Par convenance. il ne dit rien à ses compagnons, mais il leur fit seulement un léger signe de la tête. Aussitôt un grand soupir de soulagement sortit de toutes les poitrines, une allégresse parut sur les visages. Loiseau cria:

"Saperlipopette! je paye du champagne si l'on en trouve dans l'établissement"

- et Mme Loiseau eut une angoisse lorsque le patron revint avec quatre bouteilles aux mains. Chacun était devenu subitement communicatif et bruyant; une joie égrillarde emplissait les coeurs. Le comte parut s'apercevoir que Mme Carré-Lamadon était charmante, le manufacturier fit des compliments à la comtesse. La conversation fut vive, enjouée, pleine de traits.

Tout à coup, Loiseau, la face anxieuse et levant les bras, hurla:

"Silence!"

Tout le monde se tut, surpris, presque effrayé déjà. Alors il tendit l'oreille en faisant "Chut!" des deux mains, leva les yeux vers le plafond, écouta de nouveau, et reprit, de sa voix naturelle: 

"Rassurez-vous, tout va bien."

On hésitait à comprendre, mais bientôt un sourire passa.    

Au bout d'un quart d'heure il recommença la même farce, la renouvela souvent dans la soirée; et il faisait semblant d'interpeller quelqu'un à l'étage au-dessus, en lui donnant des conseils à double sens puisés dans son esprit de commis voyageur. Par moments il prenait un air triste pour soupirer: "Pauvre fille!" ou bien il murmurait entre ses dents d'un air rageur : "Gueux de Prussien, va!" Quelquefois, au moment où l'on n'y songeait plus, il poussait, d'une voix vibrante, plusieurs: "Assez! assez!" et ajoutait, comme se parlant à lui-même: "Pourvu que nous la revoyions; qu'il ne l'en fasse pas mourir, le misérable!"

Bien que ces plaisanteries fussent d'un goût déplorable, elles amusaient et ne blessaient personne, car l'indignation dépend des milieux comme le reste, et l'atmosphère qui s'était peu à peu créée autour d'eux était chargée de pensées grivoises.

Au dessert, les femmes elles-mêmes firent des allusions spirituelles et discrètes. Les regards luisaient; on avait bu beaucoup. Le comte, qui conservait, même en ses écarts, sa grande apparence de gravité, trouva une comparaison fort goûtée sur la fin des hivernages au pôle et la joie des naufragés qui voient s'ouvrir une route vers le sud.     

Loiseau, lancé, se leva, un verre de champagne à la main:

"Je bois à notre délivrance!"

Tout le monde fut debout : on l'acclamait. Les deux bonnes soeurs, elles-mêmes, sollicitées par ces dames, consentirent à tremper leurs lèvres dans ce vin mousseux dont elles n'avaient jamais goûté. Elles déclarèrent que cela ressemblait à la limonade gazeuse, mais que c'était plus fin cependant.

Loiseau résuma la situation.

"C'est malheureux de ne pas avoir de piano parce qu'on pourrait pincer un quadrille."

Cornudet n'avait pas dit un mot, pas fait un geste; il paraissait même plongé dans des pensées très graves, et tirait parfois, d'un geste furieux, sa grande barbe qu'il semblait vouloir allonger encore. Enfin, vers minuit, comme on allait se séparer, Loiseau qui titubait, lui tapa soudain sur le ventre et lui dit en bredouillant:

"Vous n'êtes pas farce, vous, ce soir; vous ne dites rien, citoyen?"

Mais Cornudet releva brusquement la tête, et, parcourant la société d'un regard luisant et terrible:

"Je vous dis à tous que vous venez de faire une infamie!"

Il se leva, gagna la porte, répéta encore une fois:

"Une infamie!" et disparut.

Cela jeta un froid d'abord. Loiseau, interloqué, restait bête; mais il reprit son aplomb, puis, tout à coup, se tordit en répétant:

"Ils sont trop verts mon vieux, ils sont trop verts."

Comme on ne comprenait pas, il raconta les "mystères du corridor". Alors il y eut une reprise de gaieté formidable. Ces dames s'amusaient comme des folles. Le comte et M. Carré-Lamadon pleuraient à force de rire. Ils ne pouvaient croire.

"Comment! vous êtes sûr! Il voulait...

- Je vous dis que je l'ai vu.

- Et, elle a refusé...

- Parce que le Prussien était dans la chambre à côté.

- Pas possible?

- Je vous le jure."

Le comte étouffait. L'industriel se comprimait le ventre à deux mains. Loiseau continuait:

"Et, vous comprenez, ce soir, il ne la trouve pas drôle, mais pas du tout."

Et tous les trois repartaient, malades, essoufflés, toussant.

On se sépara là-dessus. Mais Mme Loiseau, qui était de la nature des orties, fit remarquer à son mari, au moment où ils se couchaient, que "cette chipie" de petite Carré-Lamadon avait ri jaune toute la soirée:

"Tu sais, les femmes, quand ça en tient pour l'uniforme, qu'il soit français ou bien prussien, ça leur est, ma foi, bien égal. Si ce n'est pas une pitié, Seigneur Dieu!"

Et toute la nuit, dans l'obscurité du corridor coururent comme des frémissements, des bruits légers, à peine sensibles, pareils à des souffles, des effleurements de pieds nus, d'imperceptibles craquements.

Et l'on ne dormit que très tard, assurément, car des filets de lumière glissèrent longtemps sous les portes. Le champagne a de ces effets-là; il trouble, dit-on, le sommeil.

Le lendemain, un clair soleil d'hiver rendait la neige éblouissante. La diligence, attelée enfin, attendait devant la porte, tandis qu'une armée de pigeons blancs, rengorgés dans leurs plumes épaisses, avec un oeil rose, taché, au milieu, d'un point noir, se promenaient gravement entre les jambes des six chevaux, et cherchaient leur vie dans le crottin fumant qu'ils éparpillaient.

Le cocher, enveloppé dans sa peau de mouton, grillait une pipe sur le siège, et tous les voyageurs radieux faisaient rapidement empaqueter des provisions pour le reste du voyage.

On n'attendait plus que Boule de suif. Elle parut.

Elle semblait un peu troublée, honteuse, et elle s'avança timidement vers ses compagnons, qui, tous, d'un même mouvement, se détournèrent comme s'ils ne l'avaient pas aperçue. Le comte prit avec dignité le bras de sa femme et l'éloigna de ce contact impur.

La grosse fille s'arrêta, stupéfaite; alors, ramassant tout son courage, elle aborda la femme du manufacturier d'un "bonjour, Madame" humblement murmuré. L'autre fit de la tête seule un petit salut impertinent qu'elle accompagna d'un regard de vertu outragée. Tout le monde semblait affairé, et l'on se tenait loin d'elle comme si elle eût apporté une infection dans ses jupes. Puis on se précipita vers la voiture où elle arriva seule, la dernière, et reprit en silence la place qu'elle avait occupée pendant la première partie de la route.

On semblait ne pas la voir, ne pas la connaître; mais Mme Loiseau, la considérant de loin avec indignation, dit à mi-voix à son mari:

"Heureusement que je ne suis pas à côté d'elle."

La lourde voiture s'ébranla, et le voyage recommença.

On ne parla point d'abord. Boule de suif n'osait pas lever les yeux. Elle se sentait en même temps indignée contre tous ses voisins, et humiliée d'avoir cédé, souillée par les baisers de ce Prussien entre les bras duquel on l'avait hypocritement jetée.

Mme la comtesse, se tournant vers Mme Carré-Lamadon, rompit bientôt ce pénible silence.

"Vous connaissez, je crois, Mme d'Etrelles?

- Oui, c'est une de mes amies.

- Quelle charmante femme!

- Ravissante! Une vraie nature d'élite, fort instruite d'ailleurs, et artiste jusqu'au bout des doigts: elle chante à ravir et dessine dans la perfection!"

Le manufacturier causait avec le comte, et au milieu du fracas des vitres un mot parfois jaillissait : "Coupon - échéance - prime - à terme."

Loiseau, qui avait chipé le vieux jeu de cartes de l'auberge, engraissé par cinq ans de frottement sur les tables mal essuyées, attaqua un bésigue avec sa femme.

Les bonnes soeurs prirent à leur ceinture le long rosaire qui pendait, firent ensemble le signe de la croix, et tout à coup leurs lèvres se mirent à remuer vivement, se hâtant de plus en plus, précipitant leur vague murmure comme pour une course d'oremus ; et de temps en temps elles baisaient une médaille, se signaient de nouveau, puis recommençaient leur marmottement rapide et continu.

Cornudet songeait, immobile.

Au bout de trois heures de route, Loiseau ramassa ses cartes:

"Il fait faim", dit-il.

Alors sa femme atteignit un paquet ficelé d'où elle fit sortir un morceau de veau froid. Elle le découpa proprement par tranches minces et fermes, et tous deux se mirent à manger.     

"Si nous en faisions autant", dit la comtesse.

On y consentit et elle déballa les provisions préparées pour les deux ménages. C'était, dans un de ces vases allongés dont le couvercle porte un lièvre en faïence, pour indiquer qu'un lièvre en pâté gît au-dessous, une charcuterie succulente, où de blanches rivières de lard traversaient la chair brune du gibier, mêlée à d'autres viandes hachées fin. Un beau carré de gruyère, apporté dans un journal, gardait imprimé: "faits divers" sur sa pâte onctueuse.

Les deux bonnes soeurs développèrent un rond de saucisson qui sentait l'ail; et Cornudet, plongeant les deux mains en même temps dans les vastes poches de son paletot-sac, tira de l'une quatre oeufs durs et de l'autre le croûton d'un pain. Il détacha la coque, la jeta sous ses pieds dans la paille et se mit à mordre à même les oeufs, faisant tomber sur sa vaste barbe des parcelles de jaune clair qui semblaient, là-dedans, des étoiles.

Boule de suif, dans la hâte et l'effarement de son lever, n'avait pu songer à rien; et elle regardait, exaspérée, suffoquant de rage, tous ces gens qui mangeaient placidement. Une colère tumultueuse la crispa d'abord, et elle ouvrit la bouche pour leur crier leur fait avec un flot d'injures qui lui montait aux lèvres; mais elle ne pouvait pas parler tant l'exaspération l'étranglait.

Personne ne la regardait, ne songeait à elle. Elle se sentait noyée dans le mépris de ces gredins honnêtes qui l'avaient sacrifiée d'abord, rejetée ensuite, comme une chose malpropre et inutile. Alors elle songea à son grand panier tout plein de bonnes choses qu'ils avaient goulûment dévorées, à ses deux poulets luisants de gelée, à ses pâtés, à ses poires, à ses quatre bouteilles de bordeaux; et sa fureur tombant soudain, comme une corde trop tendue qui casse, elle se sentit prête à pleurer. Elle fit des efforts terribles, se raidit, avala ses sanglots comme les enfants; mais les pleurs montaient, luisaient au bord de ses paupières, et bientôt deux grosses larmes, se détachant des yeux, roulèrent lentement sur ses joues. D'autres les suivirent plus rapides coulant comme les gouttes d'eau qui filtrent d'une roche, et tombant régulièrement sur la courbe rebondie de sa poitrine. Elle restait droite, le regard fixe, la face rigide et pâle, espérant qu'on ne la verrait pas.

Mais la comtesse s'en aperçut et prévint son mari d'un signe. Il haussa les épaules comme pour dire: "Que voulez-vous? ce n'est pas ma faute." Mme Loiseau eut un rire muet de triomphe, et murmura:

"Elle pleure sa honte."

Les deux bonnes soeurs s'étaient remises à prier, après avoir roulé dans un papier le reste de leur saucisson.

Alors Cornudet, qui digérait ses oeufs, étendit ses longues jambes sous la banquette d'en face, se renversa, croisa ses bras, sourit comme un homme qui vient de trouver une bonne farce, et se mit à siffloter la Marseillaise .

Toutes les figures se rembrunirent. Le chant populaire, assurément, ne plaisait point à ses voisins. Ils devinrent nerveux, agacés, et avaient l'air prêts à hurler comme des chiens qui entendent un orgue de barbarie.

Il s'en aperçut, ne s'arrêta plus. Parfois même il fredonnait lesparoles:

 

Amour sacré de la patrie, 
Conduis, soutiens, nos bras vengeurs, 
Liberté, liberté chérie, 
Combats avec tes défenseurs!

 

On fuyait plus vite, la neige étant plus dure; et jusqu'à Dieppe, pendant les longues heures mornes du voyage, à travers les cahots du chemin, par la nuit tombante, puis dans l'obscurité profonde de la voiture, il continua, avec une obstination féroce, son sifflement vengeur et monotone, contraignant les esprits las et exaspérés à suivre le chant d'un bout à l'autre, à se rappeler chaque parole qu'ils appliquaient sur chaque mesure.

Et Boule de suif pleurait toujours; et parfois un sanglot, qu'elle n'avait pu retenir, passait, entre deux couplets, dans les ténèbres.


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