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 Algunos de los padres de Amanda
Hace unas pocas semanas conocí por fin a los padres de Amanda, la Fukushima Corporation. Ya antes les había escrito mostrando mi intención de pedirles la mano de su hija y fijaron una reunión con todo el consejo de administración para que explicara mis intenciones. Entre tacitas de té y pastas, y tratando de que mis nervios no me jugaran una mala pasada, les conté desde el inicio mis amores por su hija, les hablé de mis buenas intenciones con ella, que era hombre serio y que deseaba conocerla mejor para, si Buda así lo bendecía, llevarla algún día ante el altar. Me dijeron que el alquiler era de 4000 dólares por semana. Les pregunté si sabían o habían oído que ella sintiera algo especial por mí, porque siempre que habíamos cruzado la mirada, he creído notar
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Leer más: Amanda v.1.1
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Encuentro muy instructivos los escritos que nos hablan del conocimiento que los antiguos tenían de nuestro mundo. He estado leyendo la Historia Natural, un compendio enciclopédico de todo el saber de los romanos, escrito por Plinio el Viejo, quien murió en la erupción del Vesubio en Pompeya. Basa su escrito en sus propias deducciones y libros anteriores, principalmente griegos y, como es de esperar, muchas de sus descripciones e historias son fantásticas, algo que el mismo Plinio resalta algunas veces, pero nos ayudan a comprender los vacíos del conocimiento de la época y cómo se las ingeniaban para buscar respuesta donde no había explicación.
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Leer más: Los leones hace 2000 años
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 El amigo Yerri Los cinco años que Pedro pasó en la legión cubrían, a lo largo y a lo ancho, sus cincuenta de vida. Los que lo conocemos, poco porque no es muy dado a hablar, sabemos que antes de la legión no existía y el después es un recuerdo prolongado de sus aventuras en el ejército. Cuando nos emborrachamos, en las últimas copas, tenemos que sufrir sus cuentos de siempre: que si una vez le dieron una paliza al sargento, que si otra vez introdujeron a dos putas en el cuartel ocultas en barriles de aceite, ese tipo de historias que hicieron gracia la primera vez, pero ya no. No sabemos de qué vive pero algunos dicen que se vende a quien le pague, sin importar razones, y que por eso pasó tiempo en la trena. En el barrio es conocido por su ropa grasienta y su aspecto desaliñado, pero lo que más me molesta de él es su afición a guardarse en el bolsillo trocitos de migas o de comida. "Para las croquetas" - dice riéndose, pero yo nunca me comería una croqueta suya.
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Antonio estaba plantando patatas en el cerrado. Alex, su hijo mayor se le acercó y le dijo.
 Trabajando en el campo
- Mira, papá, desde que nuestra madre murió, has cuidado de nosotros, nos has alimentado, nos has enseñado lo que sabías y todos te queremos por todo lo que has hecho por nosotros, pero yo ya soy mayor, tengo trece años, y me doy cuenta de que este pequeño huerto no da suficiente para mantenernos a toda la familia. Con tu permiso, he decidido salir al mundo y ganarme la vida sin ser un estorbo para el resto de la familia.
Durante un largo minuto, Antonio se quedó pensativo y cabizbajo, sin pestañear. Luego, subió la mirada a su hijo mayor, sacó un pequeño libro negro que siempre llevaba en el bolsillo de su camisa, y le contestó
- Alex, me duele que nos separemos, pero te entiendo. No tengo ni dinero ni joyas que puedan ayudarte a empezar tu nueva vida. Conoces lo pobres que somos, solo puedo darte esto - y abriendo el libro
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Leer más: El librito de tapas negras
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 Pedro, de camarero en su pueblo A sus quince años Pedro ya trabajaba de aprendiz de camarero en un bar de su pueblo donde no tardó mucho en mostrar sus extrañas habilidades adquiridas ya desde la infancia, jugando en casa.
Según me contaban en el pueblo, todo empezó cuando un día, un cliente le recriminó a gritos que le hubiera traído un café con leche en vez de café solo, como dijo haber pedido. Pedro ni se molestó en contestarle. Tomó el café con leche y con rapidísimos movimientos de muñeca consiguió separar el café de la leche, volcando la leche que permanecía arriba, en una taza vacía y devolviéndole el café al cliente. Todo el mundo, atento a lo que sucedía, le aplaudió cuando el cliente dio su consentimiento al café solo que Pedro había preparado.
Ya en la capital, consiguió un buen empleo bien pagado en la mejor cafetería de la Avenida del Generalísimo. Ya no tenía que separar la leche en aquellos contados casos en que los camareros se habían confundido, ya no, los clientes ordenaban café con leche y esperaban a que Pedro separara la leche. Había clientes que pedían docenas de cafés con leche solo para observar asombrados cómo Pedro separaba
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Leer más: Pedro el Separador
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