A pesar de la buena voluntad de Desiderata, el trabajo se está acumulando, así que el otro día fui a hablar con Salus para que volviera al laboratorio.
- No me gustó nada lo que hiciste el otro día con el catedrático, y espero que no se repita, Salus. Sin embargo, estoy dispuesto a darte otra oportunidad. Creo que tengo la gloria a la vuelta de la esquina, y no sería digno de gente de natural agradecida, como yo, el no reconocer la ayuda de sus ayudantes.
Salus aceptó, como esperaba, a pesar de que le alargué el horario de trabajo. Ahora tendrá que empezar a las siete de la mañana, no como ha hecho hasta ahora, que se levantaba cuando le echaba su mujer de la cama.
- Para que no te duermas, te he traído este Robot-Despertador en el que estoy trabajando. Te explico su funcionamiento. La ventaja que tiene sobre otros despertadores es que al activar la alarma se pone el robot en marcha. Mientras tú duermes, el despertador se da unas cuantas vueltas por la habitación, y cuando suene, tendrás que ir a buscarlo para apagarlo. Eso garantizará que te tengas que levantar y no te quedes dormido, como hasta ahora.
Puedo decir que después de varios días de pruebas, el despertador parece que funciona bien. Yo creo que se lo podré vender a los japoneses, quienes ya mostraron un interés inicial por el parachoques de perros. El mismo Salus está contento con el despertador. Según me dijo, la primera noche no pudo dormir por el ruido del robot andando por la habitación, pero creo que se debe a la falta de costumbre. Él mismo engrasó algunas piezas y acolchó otras para un funcionamiento más silencioso. También me hizo notar que había que cerrar bien la habitación y cambiar el tono de sirena por uno musical. Parece que, sin puertas que lo paren, se marcha a recorrer toda la casa, e igual suena en la cocina que bajo el sofá del salón, despertando con su sirena a todo el vecindario.
Hoy ha sido el único día que Salus ha llegado tarde:
- Mire, jefe. Tenemos que reprogramar al robot para que no salte a la cama. Esta noche se metió en la entrepierna de mi mujer y, sería por asfixia, o por quedarse atrapado entre los muslos y las mantas, el caso es que no sonó, o yo no lo oí. Mi mujer piensa que es mejor dejarlo como está, pero digo yo ¿qué sabrá ella de cómo funciona un robot?
No me preocupan esos pequeños problemas. Ya los arreglaremos. De momento, estoy contento de cómo marchan las investigaciones. Como dije, también estamos desarrollando un sistema de parachoques de perros para una compañía japonesa. La idea es acabar con los miles y miles de atropellos de perros que cada año suceden en nuestras calles y carreteras. El diseño ha sido sencillo y no entiendo cómo no se le había ocurrido a ningún científico antes. Sin entrar en detalles técnicos, el parachoques consiste en un traje de goma, cubierta con veinte centímetros de gomaespuma, velcro para sujetarlo y un pequeño casco perruno muy similar al de los motoristas pero adaptado al cráneo canino. Opcional, armadura metálica acolchada para la cola. Como atractivo de venta, el traje podría salir en un surtido variado de colores, vivos y fuertes para los perros, y de tonos pastel o alunados para las perras. Creo que he dado en el clavo con este invento. Le veo un mercado potencial enorme. En cuestión de pocos años, nadie se atreverá a llevar o dejar el perro en la calle sin su parachoques, casco incluido.
Hoy ha llegado el momento de probarlo. Lo haremos con Sultán, una mezcla de pekinés y cocker que he visto algunas veces por casa, y que por su casi inexistente tamaño, nadie echará en falta si sufriera algún accidente de trabajo.
- Salus, coge a Sultán, el traje de espuma y el Ford Fiesta y os encerráis en el corral para hacer pruebas de atropellos. Presta atención a atropellarlo a distintas velocidades y con ángulos distintos de embestida, y no olvides tomar nota de todo. Si me necesitas, estaré tomando el aperitivo.
Ya por la tarde, he vuelto para comprobar los avances de Salus. Con sorpresa, veo que tiene a Sultán con el traje experimental puesto pero colgando de un árbol, mientras Salus lo atropella a discreción.
- Pero ¿qué hace, Salus? Para. Eso no es lo que te mandé. Tenemos que recrear atropellos reales, no de laboratorio.
- Jefe. Eso dígaselo a Sultán, que no quiere colaborar con el experimento.
- ¿Y porqué llevas esa bolsa de papel tapándote la cabeza?
- Para que no me reconozca, que tengo los tobillos y las manos sangradas de sus mordiscos. Cada vez que salía del coche me atacaba con furia. Ya le he dicho que a este perro le falta actitud.
- ¡Sultán!, ¡Sultán!
Era mi santa esposa Desiderata, llamando desde la puerta del corral.
- Lo acabo de ver por el salón. Ya te acompaño a buscarlo, princesa.