D. Salomón Sevilla Madrid no es de Bioko. Sus apellidos delatan su procedencia, la isla de Annobón, a seiscientos kilómetros de Malabo. Hace tiempo que compró su tercera esposa, una bubi y, desde entonces, vive aquí con sus otras dos esposas e hijos en Malabo.
- Tres esposas es lo ideal -me dijo al poco de conocernos- Alterno cada noche con una de ellas y el domingo, día del Señor, lo dedico a descansar. Las desgracias de las familias siempre se originan cuando una esposa recibe más atención que otra.
Nadie cuestionaba esta afirmación, así que la doy por cierta. D. Salomón es juez, bien conocido por sus sentencias ponderadas, alabadas tanto por los demandantes como por los demandados.
Por casualidad y fortuna, la demanda que yo tenía en el juzgado de Malabo fue a parar a su despacho. Pasaron muy pocos meses hasta que llegó el día en que D. Salomón nos llamó para oír sentencia.
Recopilaré brevemente los hechos. Era una demanda de oficio, no presentada por otros o que yo hubiera presentado contra otros. Tenía su origen en los hechos que ocurrieron un domingo en un viaje a Luba, la antigua San Carlos. En su puerto, Thérèse la camerunesa, mujer todavía joven, de piel tersa y brillante, regentaba un pequeño restaurante donde se comían unos deliciosos pescados asados, además del mejor puerco espín que yo haya probado. Thérèse estaba casada con un escocés viejo, al que nunca llegué a conocer.
— John está durmiendo arriba. Beber y dormir es lo único que hace.
Y luego, como disculpándose, añadía
— Sé que mi obligación, como su mujer, es darle de comer y beber. Pero eso es todo. Nadie espera que además le sea fiel.
Conducía mi todoterreno por la carretera a Luba con el pensamiento absorto en la exuberancia de la vegetación, el mal estado de la carretera y la comida que me esperaba.
— A la vuelta pararemos a visitar a los portugueses - dije a Matilde, la chica que me acompañaba.
Estos portugueses eran dos hijos de un antiguo colono al que el dictador Macías había expropiado su finca de cacao. Ahora, casi quince años después, los hermanos habían recuperado la finca, pero su nueva vida colonial no era lo que habían soñado y recordado durante tantos años de ausencia en el exilio. Habían conseguido adecentar un poco la antigua mansión, pero los trabajos de recuperación de la finca habían cobrado un alto precio a estos jóvenes no acostumbrados al rigor tropical. Uno de los hermanos padecía una extraña enfermedad, con granos que supuraban por todo su cuerpo y que lo había debilitado mucho. Sabía que pasaban por malos momentos, ya que los había visto en alguno de sus viajes de negocios por Malabo, durmiendo en la calle y con una lata de sardinas como todo alimento del día. En otros momentos me habían invitado a visitar su finca, y suponía que les alegraría poder conversar con alguien.
En ese pensamiento estaba, cuando un viejo Land-Rover sale de una curva enfrente de nosotros. Parece que va muy rápido. El volantazo que da para no salirse de la carretera lo dirige al otro extremo. Nuevo volantazo. El coche ya no sigue las instrucciones del conductor y viene directo hacia nosotros. Freno y me salgo del camino, a la derecha. Es inútil. El Land-Rover golpea el lateral izquierdo de mi coche, continúa unos metros haciendo eses, cae por una pequeña pendiente y termina volcando. Oigo cacareos, fuertes gruñidos, chillidos y gritos. Media docena de gallinas salen volando asustadas del coche. Les siguen un chanchito negro y siete u ocho personas arrastrándose por el suelo. Parecía imposible que ese trasto viejo escondiera tanta vida. Afortunadamente, tanto los animales como las personas estaban bien.
En la Guinea de esos tiempos no había ninguna compañía de seguros y los accidentes pasaban a resolución del juzgado y, en este caso, a manos de D. Salomón. La reparación de mi Toyota había ascendido a más de un millón de francos cfa que esperaba recuperar.
— Vistos los antecedentes -dictó D. Salomón - declaro culpable por imprudencia al conductor del Land Rover. -y dirigiéndose a mí añadió- Vd. tiene el derecho a resarcirse de todos los costos que le causó el accidente.
D. Salomón estaba haciendo honor a su fama de juez justo e imparcial.
— El dueño del Land Rover responsable del accidente -añadió- es persona muy pobre y no puedo, en justicia, obligarle a que pague una reparación que llevaría la ruina a su familia. Declaro, por tanto, inimputable al causante del accidente.

Así habló D. Salomón. Se había impartido justicia. Nunca supe si su sentencia tenía base legal en derecho, aunque sospechaba que la gente sabia, que las sentencias de D. Salomón se encontraban por encima de esas nimiedades. Si yo estaba eufórico por haber ganado el juicio, creo que el del Land-Rover lo estaba más, por haberlo perdido con tal sentencia y hacía que que yo no me sintiera culpable de haber desgraciado a toda una familia.
A raíz del juicio, fui conociendo mejor al juez hasta llegar a ser amigos. Poco tiempo después, y por amistad, me pidió un favor. Resultaba que se casaba su hija mayor y quería hacerle un gran regalo. Había visto que, en algunas bodas, las novias llevaban un vestido especial, que resaltaba aun más su belleza, y me pidió que le trajera un vestido de esos en mi próximo viaje a Europa.
— Lo haré con mucho gusto, Salomón -dije- Pero necesito saber qué color prefieres y de qué talla o tamaño estamos hablando.
— El color no importa y la altura y cuerpo de mi hija son parecidos a los tuyos, excepto en el culo, más grande el de ella, claro.
No la conocía, ni tampoco sus palabras fueron ningún acicate para conocerla. Yo soy muy tímido y pasé verdadera vergüenza haciéndome pruebas de vestidos de novia en Madrid, pero finalmente opté por un vestido precioso color hueso roto, que se dice ahora. Sabía que cualquier vestido hubiera sido más que suficiente, pero quería hacer un regalo suntuoso a D. Salomón.
La boda de su hija fue motivo de orgullo, y su traje envidia de todas las mujeres de Malabo. Nunca hablé del precio, porque, entre amigos, los favores, si se pagan, se hacen con otros favores. No tardé mucho en recibir un regalo de D. Salomón. Mi amigo se dedicaba a la pesca submarina, oficio que había aprendido en Annobón donde es la única forma de supervivencia. Su dedicación a la pesca, todas las tardes, no era un hobby, sino una forma de mantener a la familia, ya que su escaso sueldo como funcionario se lo llevaba el arroz y, adelantado socialmente como era, nunca consideró justo que fueran sus mujeres quienes lo mantuvieran.
Me regaló el caparazón de una tortuga tropical gigante, con un tamaño nunca visto antes por esos sitios. Hace tiempo que no sé dónde la dejé.