Luis había hecho fortuna durante la época colonial de Guinea con el contrabando de tabaco y bebidas, principalmente con Camerún y Nigeria. ¡Qué buenos tiempos! En sus viajes a Madrid, en la época de los cincuenta y sesenta, era el rey de la noche. Se acordaba de sus vueltas por el Paseo del Generalísimo en su flamante Mercedes-Benz, recién comprado y que pensaba embarcar para Malabo.
El auto y la compañía femenina eran la envidia de todos los transeúntes en el Madrid de aquella época. Lo sabía y disfrutaba. Ni los ministros de Franco vivían mejor que él. Ahora había vuelto a la antigua colonia a rehacer su fortuna. Era de Almería, calvo, pequeño y rechoncho. Sólo él conocía su edad, aunque su rostro y cuerpo reflejaban nostalgia de otros tiempos mejores.
- Empujad el coche, a ver si con suerte lo ponemos en marcha.
El Mercedes tampoco quería arrancar esa mañana. Luis era previsor, y todas las noches lo aparcaba en la cuesta que une el centro de Malabo con el puerto. Empujar cuesta abajo es menos empujar. En 1969 vio claro que la política de Macías contra los europeos era algo más que una bravuconada juvenil y decidió volver a España, pero antes de abandonar el país, escondió el Mercedes en el bosque.
- Cuando volví, se puso en marcha a la primera -mentía- Más de diez años oculto en la selva y mi Mercedes arrancó a la primera.

El MB estaba peor que éste porque llevaba doce años en la selva oculto bajo la vegetación.
Había tenido suerte en poder recuperarlo. El Mercedes-Benz, con casi treinta años, era el único lujo que le quedaba. A su vuelta a España los negocios fueron mal. Perdió todo, y sólo el impago de deudas y otras trampas le permitieron malvivir. Se alegró y vio el fin de sus penas cuando supo que los españoles podían volver a Guinea.
Tras varios intentos, el coche arrancó. Se dirigió al almacén que tenía alquilado en Malabo para sus nuevos negocios de comerciante mayorista. La nave tendría cerca de mil metros cuadrados, pero sólo un metro cuadrado, en un rincón al fondo, estaba ocupado con un par de cajas de conservas; el resto era un desierto. "Hoy tengo que vender al menos una de estas dos cajas de sardinas". Sabía que tenía que buscar un socio capitalista que le permitiera volver a los grandes negocios. Socios, había encontrado, pero capitalistas, ninguno. Bueno, sí. A alguno, pequeño, había engañado con promesas de grandes beneficios que, luego, por culpa de la mala suerte y lo escaso del capital, según decía, no se cumplían.
Luis no sabía qué era lo que fallaba en su vuelta al antiguo país de las maravillas. Él era, y había sido siempre, un comerciante. Conocía a gente importante en el gobierno. Personas que habían sido sus amigos y, lo más importante, era amigo íntimo de la segunda esposa del presidente Obiang. Hablaba algo de francés y, desde sus tiempos de contrabandista, se comunicaba perfectamente en pidgin-english, la "lingua franca" de la zona. "Saldré de este agujero en cuanto vuelva al contrabando de tabaco y bebidas" pensaba. Sabía que eso no iba a ocurrir. Los tiempos, las personas y, sobre todo, él mismo, no eran los de antes.
- Entonces, estamos de acuerdo. Puedes empezar a trabajar mañana mismo.
Michel y Luis se dieron la mano. A Luis no le había quedado otra solución que buscar un trabajo y Michel acababa de contratarlo. "Sólo será por unas semanas o meses", pensaba, "hasta que encuentre a alguien que me preste dinero".
Michel era el joven director general de la filial francesa encargada de la distribución de gasolina en el país. La empresa llevaba pocos meses de operaciones, y Michel ya se enfrentaba a un problema. La gasolina desaparecía misteriosamente. Esto ocurría en todas las gasolineras. Se llenaba el depósito de la gasolinera, se vendían unos pocos litros, y ya no quedaba gasolina.
Había decidido contratar a un europeo para averiguar lo que ocurría y Luis, por su conocimiento del país, parecía la persona idónea. Como primer trabajo, Michel decidió enviar a Luis a una gasolinera cerca del poblado de Evinayong, en medio de la jungla tropical del continente. Habían transcurrido más de dos meses desde la última vez que alguien había visitado esa gasolinera, llevando una carga de diez mil litros. Era tiempo de saber si se habían vendido y cuántos.

Carretera actual a Evinayong, ya muy mejorada.
Luis llegó a Evinayong situado a medio kilómetro de la carretera, era un poblado de unas veinte o treinta cabañas ubicadas alrededor de una plaza central. Después de presentarse al encargado de la gasolinera, midió, con la vara especial que Michel le había dado, las existencias del tanque. Quedaban unos mil litros y, por tanto, se habían vendido nueve mil. El encargado de la gasolinera era también el jefe del poblado y accedía, muy cortésmente, a todo lo que Luis solicitaba. Luis le explicó brevemente sus cuentas y pidió la recaudación de estos dos meses antes de enviarle un nuevo tanque.
Pocas veces llegaba un europeo a estas tierras y, menos aún, alguien tan importante como para llevarse la recaudación de la gasolinera, que era el nexo de unión del poblado con el resto del mundo. El encargado aprovechó la ocasión para agasajar al recién llegado. La gasolinera, una bomba accionada manualmente, no tenía ningún cobijo, y ninguna de las chozas sería lo suficientemente cómoda para el europeo. Decidió, por tanto, sacar una pequeña mesa y una vieja silla de una de las cabañas y colocarlas en medio de la plaza, indicando a Luis que tomara asiento para terminar las cuentas.
Luis se sentó en su nuevo despacho improvisado al aire libre. La cabaña más próxima distaba, al menos, diez metros de su mesa. Muy pronto, de la selva y de las cabañas, fueron apareciendo decenas de personas, hombres y mujeres, viejos y niños, que se congregaron, formando un círculo, alrededor de él. El encargado se introdujo en una cabaña y volvió con un fajo de billetes. Luis los contó. Eran cien mil francos, una pequeña parte del total. El encargado fue a otra cabaña y volvió con más billetes. Cincuenta mil. Todavía faltaba mucho. Realizó varios viajes más a otras chozas distintas volviendo, siempre, con más dinero. Luis lo contaba pausadamente, sabiendo que todo el poblado estaba pendiente de lo que hacía.
El miedo se fue apoderando de él. Notaba enemistad en los ojos que lo miraban. "Me estoy llevando todo el dinero del poblado y la gente empieza a cabrearse". Cuando el encargado le dijo que ya no había más dinero, se alegró. Había juntado muchos billetes, pero la mayoría eran de pequeño importe y el total no cubría ni un tercio de lo que se debía, pero prefirió dar por terminada la representación. Se había olvidado la gorra, y en las tres horas que había permanecido allí, el sol había calentado su calvicie. "Es mejor marcharse pronto"
Mientras se dirigía al coche con el encargado, intentó averiguar las razones del faltante de dinero. Las respuestas del encargado: "El medidor no funciona muy bien" o "aquí vienen soldados y otra gente armada que no quieren pagar después de llenarles el depósito" eran excusas que esperaba, pero que no le convencían. Sabía lo que había ocurrido. La recaudación de la gasolinera se utilizaba para el poblado, pero nunca nadie lo dirá. Es el lazo de hermandad que unía a todo el poblado. Más aún, a toda la tribu. Si una familia necesitaba algo, el poblado le ayudaba. La gasolinera, y su recaudación, era un regalo que alguien les había dejado.
Al encargado, su responsabilidad como jefe de poblado, no le ayudaba a distinguir entre la fidelidad a su pueblo y costumbres, y la que debía a la empresa que le pagaba. El nuevo país estaba cambiando y él no lo sabía. Se parecía a Luis.