En uno de los viajes a Malabo fui acompañado de un inglés, Graham B. Ford, que nunca antes había visitado ese país. A nuestra llegada, busqué un coche para alquilar como hacía habitualmente en todos los viajes. Por aquella época, a principios de los ochenta, no existían compañías de alquiler de coches, ni tan siquiera taxis en Guinea. Cualquiera de los pocos vehículos que circulaban por la ciudad se convertía en taxi cuando se ofrecía suficiente dinero al conductor.

El precio por día dependía de las condiciones: con el dueño del auto como taxista era más barato que alquilarlo sin conductor, ya que la suerte del coche dejaba de estar bajo el control de su dueño. Yo prefería conducirlo personalmente, aun pagando algo más, y evitar así los retrasos de hasta dos o tres horas que había sufrido cada mañana anteriormente por la impuntualidad del conductor. Ese día alquilamos un Seta Panda.
- Graham, este Panda no quiere ponerse en marcha. Baja y empuja, a ver si logro que funcione en segunda.
Graham terminó empujando el coche, pero no solo en esa ocasión, sino cada vez que lo usábamos. Como era domingo, aproveché para enseñarle la ciudad y como parte de la visita turística, le llevé a la zona presidencial, donde se encuentra el palacio del Excelentísimo Jefe de Estado Obiang Nguema. Era un recorrido que había hecho frecuentemente en otros viajes, pero algo en esta ocasión no funcionaba igual. Veía a soldados que me hacían señales con las manos. Graham me comentó que ya llevábamos un buen trecho con soldados haciéndonos señales. De pronto, apareció un pelotón de la guardia guineana, capitaneados por un marroquí, enfrente de nuestro coche. Nada más parar nos vimos rodeados por los soldados con sus subfusiles apuntándonos.
— Bajen despacio y con las manos en alto.
En vano intenté explicarles que sólo estábamos de gira turística. Nadie prestó la mínima atención a lo que decía. Nos condujeron al cuerpo de guardia y nos dejaron en un calabozo sin luz que había bajando unas escaleras. Algunas veces he buscado respuestas al porqué no se avinieron a razones, a discutir lo ocurrido, a entender que había sido un simple despiste. La razón, creo yo, fue la imagen de mi compañero, Graham, de apariencia similar a Sean Connery, pero más serio y flemático, y que puede dar el pego como espía del M16. Los guineanos, como los demás países pobres, prestan mucha atención a las apariencias. El jefe de la policía secreta del aeropuerto de Malabo, por ejemplo, siempre lleva una gabardina clara con el cuello levantado, no importa el calor que haga. Su apariencia de Humphrey Bogart en el papel de detective Spade negro, es perfecta. Todo el mundo que baja del avión se da cuenta enseguida de que ese señor tan abrigado en clima tropical pertenece a la policía secreta.
Cuando notaron que yo era español la situación se complicó un poco más. Unos años antes, el gobierno de España había auspiciado un golpe de estado contra Macías, el predecesor de Obiang. Con la destreza que nos caracteriza, el Ministerio de Asuntos Exteriores quiso ser en aquella ocasión el primero en felicitar al nuevo presidente, y envió un telegrama congratulándose por el éxito de la operación. Por desgracia, el telegrama llegó al Palacio Presidencial, a manos de Macías, antes de iniciarse el golpe. La puntualidad guineana deja que desear y en este caso el golpista pagó su retraso con su vida.
La novela de Frederick Forsythe, Perros de la Guerra, ambientada precisamente en un golpe de estado en Guinea Ecuatorial por una docena de mercenarios ingleses, no nos respaldaba precisamente. Por las razones que fueren, el caso es que permanecíamos en el calabozo mientras un comandante de la guardia intentaba aclarar si formábamos parte de algún tipo de conspiración, o si todo se debía a un simple despiste. Al poco rato, decidió verificar nuestras identidades.
— Lo siento, comandante, pero nuestros pasaportes han quedado en el hotel. Si quiere, podemos ir a recogerlos y se los traemos a continuación.
El comandante dudó por un momento, pero finalmente dijo:
— Usted -refiriéndose a mi- irá al hotel, acompañado por la guardia, a recoger los dos pasaportes. Mientras el inglés permanecerá aquí.
La guardia empujó esta vez el Panda, y un soldado con un subfusil ametrallador, se colocó junto a mi, en el asiento del pasajero, para acompañarme hasta el hotel. Su presencia fue suficiente para convencer al de recepción de que también necesitaría la llave de la habitación del Sr. Ford. Ya con los dos pasaportes en la mano, salimos del hotel. El soldado empujó el Panda. El coche se puso en marcha. Por un momento, pensé que podía escapar, pero tuve una idea mejor
— Soldado, ¿te gustaría conducir el Panda? - Sabía que esa oferta, en la Guinea de aquellos tiempos, no podía ser rechazada. El soldado aceptó con una sonrisa que mostraba su ilusión y felicidad.
Subió al asiento del conductor. Me dio el subfusil ametrallador y salimos hacia el Palacio Presidencial. Por las calles, notaba la cara de incredulidad de la gente cuando veían a un blanco con un subfusil apuntando a la cabeza de un soldado. Ese día, conduciendo un Panda, tuvo que ser el más feliz de la vida de ese soldado.

Un poco antes de llegar, volvimos a nuestros papeles respectivos. El soldado puso cara de duro y yo de preso acojonado. En el cuerpo de guardia, en media hora y después de verificar nuestras identidades, nos dejaron marchar. Graham me contó que tuvo que explicarles todas las razones de nuestro viaje, pero que al final se convencieron. Por mi parte, ese día aprendí que mi apariencia no era la de un hombre peligroso.