Los cinco años que Pedro pasó en la legión cubrían, a lo largo y a lo ancho, sus cincuenta de vida. Los que lo conocemos, poco porque no es muy dado a hablar, sabemos que antes de la legión no existía y el después es un recuerdo prolongado de sus aventuras en el ejército. Cuando nos emborrachamos, en las últimas copas, tenemos que sufrir sus cuentos de siempre: que si una vez le dieron una paliza al sargento, que si otra vez introdujeron a dos putas en el cuartel ocultas en barriles de aceite, ese tipo de historias que hicieron gracia la primera vez, pero ya no. No sabemos de qué vive pero algunos dicen que se vende a quien le pague, sin importar razones, y que por eso pasó tiempo en la trena. En el barrio es conocido por su ropa grasienta y su aspecto desaliñado, pero lo que más me molesta de él es su afición a guardarse en el bolsillo trocitos de migas o de comida. "Para las croquetas" - dice riéndose, pero yo nunca me comería una croqueta suya.
Un martes por la noche estábamos solos en la tasca bebiendo valdepeñas, aburridos hasta el tuétano, mientras los demás mostraban su santa felicidad con gritos y cantos. Le miré a los ojos y le dije "Mira Pedro, siempre..." pero antes de continuar, noté que no me miraba, estaba absorto contemplando la puerta o el techo. Entonces, fijó su vista en mí y me soltó "Tengo que contarte algo que no he dicho a nadie", hizo una pausa mientras se terminaba el vaso de vino. Pedimos otro chato y siguió "Mi vida no es tan vacía como te imaginas, como todos vosotros la imagináis" -nos trajeron unas aceitunas aliñadas, de esas partidas con ladrillo que a mí me gustan tanto. Como sabía que a Pedro también le encantaban, le dije "Sigue, sigue, cuéntame todo" y empecé a picar las gordas con un palillo. A mí no me gusta actuar de confesor, porque a la larga siempre trae problemas con otros, pero, vista su determinación, no había por dónde huir en esta ocasión.
"No vivo solo en la pensión" -cogió una de las mejores aceitunas. "¿No? sigue, sigue contando" -aproveché para pinchar la única aceituna de calibre que quedaba- "En la pensión no lo sabe nadie, de hecho sólo lo sé yo, y ahora - me miró fijamente a los ojos - ahora lo vas a conocer tú también".
Pedro se desabrochó la camisa e introdujo su mano hasta casi la cintura. "Vaya sitio para guardar una foto" pensé, pero Pedro nunca había sido muy limpio. Poco a poco, sacó la mano y en ella algo que no podía distinguir bien. "Míralo" me dijo. Yo al principio no veía nada, así que Pedro, asegurándose de que nadie nos observaba, sacó un poco más la mano de la camisa. "Santo Dios - dije - pero si eso es..." - No me dejó terminar "Chiss, que no te oigan o nos echarán a la calle"
Por suerte estábamos en una mesa del rincón, así que con voz más baja le dije "¡Pero eso es un ratón!." Era un roedor gris, asqueroso, no muy grande, que me miró pero pronto fijó sus ojos en el plato de aceitunas.

Pedro le dio un trocito pequeño de la oliva que había picado antes. "Se llama Yerri y llevamos juntos casi diez años. Lo llevo siempre conmigo, normalmente dentro de la camisa pero también en el bolsillo del pantalón o de la chaqueta. Lo pasamos muy bien juntos, sobre todo cuando estamos solos. Yerri es muy alegre y juguetón, le gusta mordisquearme la oreja, hacerme cosquillas en la espalda, nos divertimos mucho. ¿Te acuerdas que hace un mes estuve enfermo una semana? Pues no era yo el enfermo, era Yerri. Creí que se moría y me tuve que quedar a cuidarlo, los dos solos, en la cama, tapaditos, hasta que un día empezó a jugar de nuevo con mi nariz. Ese fue el día más alegre de mi vida" - Yo miraba a Pedro, miraba al ratón pero no sabía qué decir. "Pero, Pedro, eso no es una familia. Vives con un ratón y no es lo mismo" - La mirada de Pedro no ofrecía lugar a dudas. Indicaba que yo no lo había entendido.
Me habló de Yerri. De sus caricias, sus atenciones, sus miradas, sus silencios. "Sólo con verlo, sé lo que piensa, lo que necesita. Yerri llora cuando estoy triste y salta cuando me siento feliz. Tendrías que verlo bailar" - Pedro miró alrededor y no viendo a nadie me dijo "Mira, convéncete tú mismo, tómalo, juega un poco con él" y me pasó al ratón. Los roedores son unos animales que nunca me han gustado. Su cola larga y lampiña me da repelús. Cogí el ratón y no me mordió. Olisqueó el dorso de la mano y subió rápidamente por el brazo hasta la nuca. Sentí sus cosquillas y eran placenteras. Bajó, o se cayó, por la espalda dentro de la camisa lo que me produzco un pequeño escalofrío. De pronto vi que la gente estaba pendiente de mis risitas provocadas por las caricias de Yerri y mis convulsiones para asentarlo. Como pude, logré quitármelo de encima y devolvérselo a Pedro.
"Pero no te creas que todo es alegría en nuestra relación" -me admitió Pedro- "he tenido que aceptar algún que otro sacrificio, las mujeres por ejemplo. Sus movimientos por el bolsillo cuando estoy sentado me permiten acercarme más fácilmente a ellas, pero por contra, su presencia me cohíbe tanto que nunca puedo terminar" - Me extrañó su sinceridad, pero comprendía que Pedro estaba eufórico por haberse quitado el peso de su secreto. "Cuando llevo a alguna al cuarto, lo escondo y apago la luz, pero Yerri siempre escapa, salta a la mesilla y se queda observándonos, excitándose con los movimientos y queriendo saltar a la cara". El Pedro que tenía enfrente no era el legionario que creía conocer. Le dejé que pagara y nos marchamos.
Esto que he contado ocurrió hace dos meses. Ahora yo también guardo migas de pan, alguna que otra aceituna o sobras de cualquier cosa para Yerri. Creo que me está cogiendo cariño, casi tanto como yo a él, pero Pedro es muy posesivo y celoso. Me parece que terminaremos mal y Yerri tendrá que decidirse.