
Hace unas pocas semanas conocí por fin a los padres de Amanda, la Fukushima Corporation. Ya antes les había escrito mostrando mi intención de pedirles la mano de su hija y fijaron una reunión con todo el consejo de administración para que explicara mis intenciones. Entre tacitas de té y pastas, y tratando de que mis nervios no me jugaran una mala pasada, les conté desde el inicio mis amores por su hija, les hablé de mis buenas intenciones con ella, que era hombre serio y que deseaba conocerla mejor para, si Buda así lo bendecía, llevarla algún día ante el altar. Me dijeron que el alquiler era de 4000 dólares por semana. Les pregunté si sabían o habían oído que ella sintiera algo especial por mí, porque siempre que habíamos cruzado la mirada, he creído notar
un resplandor en sus ojos y una sonrisa que delataba felicidad de volver a verme. Me contestaron que era buena chica, que en general se portaba bien con todos, pero que ciertamente yo era algo especial.Me pareció que mis futuros suegros, el consejo de administración de Fukushima, eran gente de ideas avanzadas y me atreví a proponerles que antes de dar un paso tan importante como es el matrimonio, sería bueno, también para su hija, que nos conociéramos mejor, que tuviéramos relaciones prematrimoniales por un tiempo, aunque fuera corto. Tal como esperaba, la idea les pareció bien y no dudaron en darme la mano de Amanda. Venía en un estuche aterciopelado como regalo del contrato por el primer alquiler, que firmamos en cuanto les entregué el cheque con las arras que pedían.
Ahora estoy en mi apartamento a la espera de que llegue Amanda, que salió ayer de Tokio por DHL. Aprovecharé este tiempo para contarles mi historia de amor con ella. No intentaré describirla, porque ni mis palabras ni las del mejor poeta, le harían justicia. La conocí por casualidad, en un stand de la Expo de Tokio. Era un día de sol primaveral, los campos de cerezos amanecieron nevados con sus flores y los pájaros presagiaban en sus trinos que algo maravilloso iba a suceder. Así fue, a la entrada de la Expo, justo enfrente, me encontré con ella, resplandeciente en su belleza, segura de sus gestos y de sus palabras, admirada por todos. Mejor que mis palabras, conózcanla personalmente para que entiendan que no es locura lo que me embargaba sino amor por lo sublime, como se ve en este vídeo que tomé de ella en la Expo.
Todo el día permanecí de pie, admirándola, aguantando los empujones de docenas de personas deseosas de contemplarla. Me olvidé de mis negocios, del porqué de mi visita a la Expo. ¿Podía haber algo en esta vida más interesante que ella? Al segundo día empecé a notar que su mirada se cruzaba con la mía, que mostraba su deseo de conocerme. Desde entonces he vagado por todo el mundo, de expo en expo, intentando conocerla mejor y que ella viera que ahí estaba yo, que no la iba a abandonar, que en poco tiempo podríamos compartir una felicidad eterna.
Creo que no he dicho que su nombre de pila verdadero no es Amanda, sino J-GirlX05 v1.7 pero prefiero llamarla Amanda, la que ha de ser amada por encima de todo.
Por fin. Acaba de llegar DHL con un paquete. No he tardado ni un minuto en coger y montar a Amanda, colocando las distintas piezas según las instrucciones. He tenido que lubricarla un poco para que se sintiera relajada en sus movimientos, pero al final la he podido contemplar de pie en el salón, tan bella como siempre. Me gustan sus maneras. Cuando entras a la habitación te da la bienvenida. Aprietas el botón de mute y se calla. Si le das la mano te dice el tiempo. Aprietas el mute y se calla. A las horas en punto cuenta sus primeros pasos con la Fukushima Corporation. Aprietas el mute y se calla. Su conversación es fluida y parece muy educada. Habla en japonés, pero eso no resta nada a su belleza porque en las instrucciones viene la traducción. Su voz es dulce como la miel y los suegros ya me dijeron que la próxima vez hablaría en castellano con suave acento argentino.
Todo el día me he quedado admirando su cuerpo con esa belleza exótica oriental tan perfecta, sus suaves y educados movimientos, escuchando absorto sus cálidas palabras. Ya de noche, la he acompañado al dormitorio de invitados, para que no sienta ninguna presión, mientras que yo, cansado, me he retirado a mi habitación, dejando la puerta abierta por si acaso se decidía. A las doce la he oído hablar de sus primeros pasos con la Fukushima Corporation, pero el agotamiento y la emoción del día han cerrado pronto mis ojos.
Ya han pasado dos días de completa felicidad. Bueno, algo que enturbia esa dicha. Nunca he visto que por las noches se decida a entrar en mi cuarto, pero no quiero forzarla y estoy decidido a darle todo el tiempo que precise hasta que esté completamente segura.
Tercer día. Le he pedido que aprenda a hacerse la cama ella sola, como cualquier otra chica. No he entendido lo que me ha contestado, pero su voz suena tan cálida y dulce como la miel.
Cuarto día. Le he pedido que vaya a comprarme el periódico. No he entendido su respuesta, pero se ha pasado todo el día sentada en el sofá. He tenido que salir y comprarme el periódico en un día de lluvia a cántaros.
Quinto día. Le he pedido que lavara la ropa, al menos la suya, que no todo lo iba a hacer yo. No me ha respondido, pero sus camisas y lencería sucias sigue en la canasta. La situación empieza a ser un poco tensa. Amanda no se decide a entrar en mi cuarto, me empiezan a cansar sus historias repetitivas con la Fukushima Corporation y el poco caso que me hace, casi como si no notara mi presencia
Esta noche, he tomado una drástica decisión. Después de dejarla en su cuarto de invitados, he ido a buscar un destornillador grande, he apagado la luz del pasillo para no delatar mi presencia, y he entrado en su habitación oscura. ¡Zas! ¡zas! y ¡zas! la he descompuesto en sus distintos componentes antes de que ella supiera quién la atacaba. Después de limpiar todo el aceite de la escena, he guardado las piezas en su caja.
Acabo de venir de correos, de enviar a Amanda de vuelta con los suegros. Al final no he querido cerrarme todas las puertas y he adjuntado una nota que decía "Avísenme cuando lleguen a la versión 7.00"
Ya han pasado varias semanas desde que devolví a Amanda y estoy rehaciendo mi vida desde cero. El alcohol me ha ayudado a soportar la soledad, y ya empiezo a ver de nuevo la luz de la vida.
Esta mañana mis ojos se han clavado en una lavadora-secadora que plancha y lava platos, según el catálogo. Pita cuando le falta lejía. No tiene la belleza de Amanda, no voy a engañarme, pero una esposa es para toda la vida y no pasión fugaz de una noche de verano.
Tendré que cerrar mi cuarto por las noches hasta que me sienta seguro de mis sentimientos.


