Nkruma nació en Malí hace veinte años y llegó a Tenerife hace casi tres. Este mes está viviendo en un chalet de La Moraleja. La casa es enorme, con jardín y piscina, pero su residencia está en un rincón que se ha preparado en un cajón del closet del dormitorio principal, aquel donde se guardan los edredones.
Por las mañanas, después de que el joven matrimonio propietario de la casa haya salido a trabajar, Nkruma sale del cuchitril y estira las piernas. Aprovecha también para comer algo del frigorífico e ir al baño. Si le gusta alguna prenda de vestir, simplemente se la pone. Ya al tardecer, un poco antes de que el matrimonio llegue a casa, se retira de nuevo a su refugio en el cajón. Nkruma es ocupa de profesión.
Una vez vivió quince días y catorce noches debajo de una mesa, en la parte opuesta a donde comía la pareja de jubilados que habitaba el pequeño piso. Entonces vivía en el barrio de Salamanca. Se marchó porque la comida era escasa y no le gustaba. Nkruma tiene mucho tiempo para pensar y soñar. Cuando está sola, le gusta pensar que es la reina de la casa, baila saltando de habitación en habitación, se prueba los vestidos más caros que pueda haber en la vivienda y disfruta viéndose en esos enormes espejos.
Hasta hoy, solo una vez estuvo a punto de ser descubierta. Vivía en un armario, escondida detrás de innumerables trajes de caballero. Nkruma notó cómo la mano de él, la tocó mientras rebuscaba entre los trajes, pero cuando él volvió a tantear para comprobar, Nkruma ya se había retirado unos centímetros al fondo.

Hoy ha salido de su escondite cuando notó que él empezó a golpear a su mujer. Le recordó otros tiempos en su casa, en su pueblo, y salió a defenderla. Ahora está en una celda de la comisaría. Tiene mucho espacio, una orden de expulsión y una denuncia por robo y allanamiento de vivienda. Se siente mal porque teme tener que dejar esta vida de lujo, volver atrás.