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Política
La riqueza escondida de los países pobres Imprimir E-mail
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Cuando un país es muy pobre, el gobernante es multimillonario.

Riqueza a costa de la pobreza ajena

Riqueza a costa de la pobreza ajena

Hay una relación muy directa entre la pobreza de un país y el nivel de corrupción de sus gobernantes. Transparency International, la organización independiente que vigila los niveles de corrupción en el mundo así lo muestra año tras año. Cuando hay corrupción generalizada, aquel que está al mando se lleva la mayor tajada. 

Imelda Marcos, aquella que en su apresurado exilio dejó tres mil pares de zapatos en su palacio, dijo en los setenta, que su marido, el dictador filipino Ferdinand Marcos, tenía 7.500 toneladas de oro Al precio actual, esa montaña de oro ascendería a más de 275 mil millones de dólares, varias veces más que todo el valor de Bill Gates. No se llegó a probar tal fortuna, aunque hay voces que apuntan como su origen al oro que los japoneses robaron antes y durante la segunda guerra mundial en China y demás países del sureste asiático. Ese oro quedó almacenado en las Filipinas para su traslado al Japón, pero para entonces, la guerra ya no era tan favorable al país nipón y quedó oculto en algún sitio de las Filipinas, a la espera de mejores tiempos. Esos depósitos de oro son conocidos como del General Yamashita por ser quien estaba al cargo de su transporte al Japón, y siguen todavía llenando la ilusión de buscadores de fortunas rápidas, algo que los filipinos han aprendido. Por unos dólares, cualquier filipino te vende el mapa verdadero al tesoro de Yamashita.

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La migración, cuestión de egoísmo Imprimir E-mail
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Migrar es intrínseco a la humanidad

Migrar es intrínseco a la humanidad

Siempre ha habido migraciones. Si las personas no hubieran emigrado desde el amanecer de los tiempos, todos los humanos viviríamos todavía en África, donde nacieron nuestros ancestros. Afortunadamente, al menos para nosotros los humanos y no tanto para otras especies, nuestros antepasados salieron de África y se extendieron por todo el mundo. En esa época no había fronteras ni pasaportes: llegaban a un lugar y si les gustaba se quedaban, si no, recogían sus trastos y se dirigían a otro sitio.

Esa forma de vida fue bonita mientras duró. Más tarde, llegaron los estados e imperios con otro tipo de migraciones: esclavos arrancados de sus lugares y trasladados forzosamente a otros sitios o también nuevos asentamientos y colonias conquistados a la fuerza y donde los vencedores traían a sus compatriotas para aprovechar los recursos. Pero seguía coexistiendo la emigración voluntaria, sin cortapisas, solo requería la voluntad de una persona o grupo, normalmente familiar, para

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