El precio de la vida humana

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¿Cuánto vale una vida humana?

Una persona saludable puede pasear delante de un hospital sin que su vida corra peligro. Bromas e infecciones aparte, ¿cómo se puede explicar ese aparente desinterés de los médicos por el viandante? El cuerpo de esta persona puede salvar muchas vidas: su corazón es necesario para un trasplante en la segunda planta, su sangre se requiere en urgencias, sus pulmones se necesitan en la tercera planta o alguien morirá en poco tiempo, sus riñones son de vital importancia para otros pacientes. Él, una sola persona, puede librar de la muerte a cinco o más personas del hospital y mejorar la calidad de vida de muchas más, sin embargo nadie va a salir corriendo del hospital, atacarlo y desmembrarlo para aprovechar su cuerpo. Su vida vale más que las de cinco pacientes y puede pasear tranquilo delante del hospital.

¿Cuántas vidas humanas en esta calderilla?"La vida humana no tiene precio" se nos ha dicho insistentemente desde la infancia. Luego hemos descubierto cómo la gente mataba, a veces, por un puñado de monedas aunque estas acciones fueran cometidas por personas socialmente enfermas. En ocasiones, el precio no está fijado en dinero sino algo tan abstracto o nimio como el nacionalismo y la religión y otras en necedades como celos, envidia o poder. Otras veces la sociedad acepta voluntariamente que se pierdan vidas humanas en la realización de algo por el llamado bien común. Estadísticamente todos las grandes obras y muchas otras no tan importantes han causado muertos durante su construcción, luego se sabe, y aun se incluye en los planes y presupuestos, que habrá accidentes mortales en su realización, algo que se acepta con naturalidad y una prima de seguros. Se puede deducir de esto que la vida humana sí tiene un precio: valor bajo para delincuentes, gobiernos en guerra y religiones en algún momento y más alto si es a cambio del bien común.

La vida de los esclavos estaba en venta, y una vez vendidos, su vida dependía del amoA pesar de esos comportamientos y en general, siempre ha habido una ética que valora la vida de otros. En tiempos antiguos y obscuros se creía que esa moral venía de la religión, sin religión, el mundo sería un infierno. Luego apareció la idea de que la ética era fruto de la inteligencia humana, de su capacidad de raciocinio y empatía hacia otros en virtud de su propia autoconciencia y su proyección a otros seres. En estos tiempos, el Dr. De Waal y otros proponen la tesis de que la moral básica está entroncada en nuestros genes y compartida por muchas de las especies similares a la humana. Cualquiera que haya tenido un mínimo contacto con animales, tales como con caballos, perros y gatos sabe que tienen emociones iguales a las nuestras. El Dr. De Waal va más lejos: muchos animales sienten empatía hacia otros de su misma especie e incluso de especies distintas. Hay abundantes casos en que un animal ha salvado la vida de otro animal o de seres humanos, aun a costa de poner la suya propia en peligro. Este comportamiento no se guía ni por instinto ni por las propias leyes básicas de la evolución. Si ese comportamiento no implica ética, habrá que buscar alguna otra palabra para seguir manteniendo y soñando que somos distintos a otros animales.

Ahora bien, si la vida humana puede llegar a tener un valor o precio en alguna moneda de cambio, ¿qué precio tiene al cambio de otras vidas? La ética nos dice que la vida humana es lo más preciado en este mundo, pero ¿quién ha fijado esa moral? porque si el precio lo ha fijado el vendedor, a sabiendas de que no hay comprador que rechiste, es pura ilusión. Hasta ahora, hemos considerado que una sola vida humana tiene más valor que una infinidad de vidas de otros animales. De hecho, la propia existencia del ser humano se sustenta en la muerte de otros animales, de quienes nos servimos como alimento para subsistir. Así nos ha hecho la naturaleza: necesitamos matar a otros para sobrevivir. Somos los depredadores por excelencia. Pero nuestras víctimas tienen también sentimientos, son quizás tan sensibles como nosotros mismos. Solo nos separa nuestro nivel de inteligencia, que nos da una gran capacidad para inventar diferencias, que llamaremos almas o, quizás, unos orígenes y lazos directos con el hacedor, lo que nos permitiría considerarnos totalmente diferentes a nuestros primos los animales y con derecho a aprovecharnos de ellos, como alimento, herramienta o diversión, a placer.



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